lunes, 29 de julio de 2013

La guillotina costó a Raleigh la ilusión de El Dorado

Sir Walter Raleigh, durante los ocho años que estuvo preso en las normandas Torres de Londres, escribió un libro sobre el hermoso y rico imperio de Guayana en el cual, entre otros afirmaciones, señala que “me han asegurado aquellos españoles que han visto y conocido a Manoa, la ciudad imperial de Guayana que ellos llaman El Dorado, que por la magnitud de sus riquezas y por su asiento excelente sobrepasa cualquier otra ciudad del mundo, por lo menos del mundo que conocen los de la nación española.  Está fundada sobre un lago de agua salada de 200 leguas de largo y a manera del Mar Caspio”

         Ese libro conmovió y convenció a casi todo el imperio y logró con él lo que buscaba atraído por la añagaza de El Dorado. El 12 de junio de 1616 Sir Walter Raleigh obtuvo permiso del gobierno de Inglaterra para una nueva expedición hasta el nuevo mundo al encuentro promisorio de tierras y riquezas para su Rey.
         Sobre la marcha y emocionado por su idea de otra aventura acariciada al calor de las noticias que del nuevo mundo tenía y llegaban al viejo continente, organizó una expedición de catorce buques con mil doscientas quince toneladas y unos mil hombres.
         Comandando la expedición iba él a bordo del buque “Destiny”, rumbo a las Bocas del Orinoco, por donde decían se podía entrar hacia la dorada Manoa.  Su viaje hasta Trinidad fue expedito pues ya el 6 de febrero de 1595 había arribado, quemado a San José de Oruña y hecho preso al gobernador Antonio de  Berrío.
         Al llegar a Trinidad donde tuvo que combatir para posesionarse nuevamente de la isla, enfermó gravemente y adelantó hacia Santo Tomás de la Guayana a su hijo Wat y al Capitán Keymes con una fuerza de 600 hombres y cinco navíos.
         Diego Palomeque de Acuña, gobernador de la provincia de Guayana, con sólo 57 hombres, enfrentó a los corsarios, pero murió en el combate al igual que la totalidad de los defensores de la ciudad.  También del lado de los corsarios murieron el hijo de Walter Raleigh y cuatro oficiales.  El capitán Keymes se suicidaría después por la muerte del hijo más querido de su jefe. 
Sir Walter Raleigh, como se ve, fracasó en esta segunda expedición y su comportamiento deterioró las relaciones de su país con España, causando serios disgustos al rey  Jacobo Primero y a la reina Isabel, su protectora.  Por lo tanto, en aras de la paz entre ambas naciones.  Raleigh fue preso y decapitado al regresar a su país.  Antes de ir a la guillotina escribió este su epitafio:  “Tal es el tiempo depositario de nuestra juventud, dicha y demás/ y no devuelve sino tierra y polvo/ el que en la tumba muda y triste/ cuando terminó nuestro camino/ la historia encierra de la vida nuestra/ de esta tumba, polvo y tierra/ me librará nuestro señor, según confío”.
         El fraile Antonio Caulin, cronista de las Misiones y uno de los tres capellanes de la Expedición de Límites, parecía ser el único que no creía en la realidad de El Dorado  ¨ Si fuera cierto esta magnífica ciudad y sus decantados tesoros –decía- ya estuviera descubierta, y quizás poseída por los holandeses de Surinam, para quienes no hay rincón accesible donde no pretendan instalar su comercio, como lo hacen frecuentemente en las riberas del Orinoco y otros parajes más distantes, que penetran guiados por los mismos indios que para ellos no tienen secreto oculto ¨.
         Tanto para Caulin, como para los demás expedicionarios de límites, El Dorado era otra cosa que no alcanzaban  ver los ilusos, vale decir, la realidad de los ingentes recursos naturales de Guayana que debían explotarse con la ciencia, la tecnología adecuada y el trabajo productivo.
         Sin embargo, la fábula de El Dorado sirvió para fundar muchos pueblos y descifrar la complicada geografía continental. Es más, como mito prodigioso y perdurable ha servido de alimento permanente a las artes literarias y al ensayo histórico.  Bastaría, citar lo más próximo: Los Pasos Perdidos, de Alejo Carpentier y El Dorado Revisitado, de Catherunbe Ales, del Centro National de la Recher che Scientifique, Paris, y Michel Pouyllau, del Centro National de la Recherche Scientifiquye de Bourdeux, traducido por Jacqueline Clarac.
         Este último trabajo es realmente muy interesante, pues a través del mito del Dorado que se perpetúa bajo diversas formas,  Ales y Pouyllau, lo analizan  en referencia a la historia de las ideas, al avance de la cartografía y a la permanencia literaria de sus geografías imaginarias.  Por cierto, que Jacqueline Clarac, la traductora del trabajo, lo dedica a un bolivarense ya olvidado, Vicente Pupio, antropólogo, a quien su colega Jorge Armand quiso homenajear fundando un Museo Etnográfico con su nombre, pero la UDO, donde prestaba servicio, no le dio jamás el apoyo que tanto le demandaba.  Frustrado en su aspiración, aprovechó una coyuntura internacional y se fue a la India a poner en práctica cuando había aprendido en la Escuela de Antropología de la Universidad Central de Venezuela.  Se fue en busca de un dorado distinto al que deslumbró a Walter Raleigh: el dorado del hombre y su origen.


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