sábado, 6 de julio de 2013

El Muerto de la Carata (I)

Un espanto que tiene la humorada de aparecer a ciertas horas nocturnas en el viejo Tumeremo para molestar a los dueños de fincas arriándoles el ganado. Asimismo, llega hasta las puertas de las casas e insulta a sus habitantes, o se mete en ellas y se apodera de las mecedoras donde comienza a moverse violentamente sin que desde luego se vea otra cosa, sino el mueble agitado por la atormentada y singular ánima en pena.
Así, y como una conseja, lo cuenta Rómulo Gallegos en su novela Canaima, en la que también refiere la leyenda de Agustín Parasco, paciente y perenne carrero de un convoy invisible que viajaba de noche dejando por los malos pasos de los barrizales el carril bueno a seguir.
En cierta ocasión, intrigado por lo que leí en la novela, le pregunté al poeta Argenis Daza Guevara, nativo de Tumeremo, y me recomendó hablar preferiblemente con su madrina Sobella Cárdenas de Salazar. Ella me dijo que muchas veces ostentó de valiente y se fue a La Carata en busca del muerto que salía, para retratarlo con su 6x9, una cámara alemana Zeiss Ikom, pero, nunca apareció, tal vez como ocurría con el profeta Enoc, le temía a los fotógrafos.
El Profeta Enoc, misterioso personaje que estuvo peregrinando por Guayana en tiempo de la humareda (1926), no pudo ser retratado por Isidro E. Rebolledo, uno de los mejores fotógrafos de la primera mitad del siglo veinte. Por más fotos que le tomaba nunca salía. El único que lo aprehendió sobre un lienzo, dibujándolo a creyón, fue el Juez de Tumeremo, Francisco Daza Carmona, el padre de Argenis. A la imagen delineada comenzó a venerarla después la gente de El Manteco, en una capilla que le construyeron.
De manera que Sobella, la primera en establecer un estudio fotográfico en Tumeremo y quien aseguraba haberse curado un cáncer con infusiones de llantén, concluyó sus visitas a La Carata, muy desilusionada y casi convencida de que el Hermano Penitente, como entonces le decían al muerto, era una patraña inventada por alguien para divertirse con la ingenuidad de la gente.
Pero patraña o no, lo cierto es que Fray Inocencio de las Antiguas, párroco de Tumeremo, se aprovechaba de la conseja para obligar a cumplir los sacramento de la Iglesia a quienes temían o alguna vez sintieron o vieron al espectro, tal como ocurrió con el llanero Manuel Serrano y que el escritor Ángel González Rivas recoge como anécdota en su libro “Tumeremo, embrujo guayanés”.
Manuel Serrano, quien vivía y trabajaba como llanero, se dirigía a la finca una noche de truenos y relámpagos, cuando otro jinete de procedencia desconocida lo alcanzó para trotar a su lado. Montaba un caballo fogoso como el suyo. Su porte era inquietante, catire, alto, de cara redonda, nariz aguileña, sombrero alón, vestido de liquiliqui y luciendo polainas de charol.
-Buenas noches, compadre –se presentó y con la misma frase le respondió Manuel Serrano.
-¿Qué rumbo lleva, compadre? – Preguntó el Catire y Manuel contestó:
-Voy rumbo a La Carata...siempre con Dios y la Virgen
Bien le valió el complemento invocatorio de Dios y la Virgen, pues el jinete desconocido se estremeció y desapareció en medio de la tempestad como alma que lleva el diablo, mientras Serrano, avasallado por el pánico, espoleó su cabalgadura y desesperado arrebató al tiempo el freno de la distancia.
Mudo y temblando llegó Manuel a su casa e intuyendo lo ocurrido, su mujer  enteró y llamó a Petra, su vecina inmediata, y ésta le respondió: “Voy para allá, pero no prenda la luz comadre, mire que está espantao”, Petra llegó al instante con un Crucifijo que colocó sobre el pecho del paciente. Luego rezó el Padre Nuestro y otra oración que se estila para estos casos. Entonces Manuel reaccionó y contó detalladamente lo que le había pasado.
---¡Si no es por Dios y la Virgen me lleva el Muerto de La Carata, Comadre!
Al día siguiente muy temprano visitó al padre Inocencio de las Antiguas, quien le sugirió terminar el concubinato casándose por la iglesia, lo cual hizo y, sobre la marcha recogió sus  cosas y se mudó de la finca.
La escritora Lucila Palacios, en su libro “Espejo Rodante” cuenta entre las leyendas que impresionaron su infancia ésta la del Muerto de La Carata. El fantasma le asustó una noche en que su padre Timoteo Carvajal hablaba del asunto con el historiador Bartolomé Tavera Acosta y el poeta Martín Matos Arvelo. De esta manera se enteró de la casa de campo en el interior de Guayana donde “se empezaron a sentir cosas raras: un rumor de pasos, silbidos, movimiento de las puertas y muebles, caballos relinchando muy cerca del sitio en donde los viajantes permanecían reunidos para ser testigos del fenómeno”.
Según la versión recogida por la escritora, el personaje se sentía que llegaba y dejaba su corcel en la caballeriza de la finca, luego entraba al corredor de la casa, pasaba junto a los visitantes, hacía balancear un viejo mecedor de esterilla, fumaba, el  mecedor se detenía y se escuchaban de nuevo unos pasos en dirección a la caballeriza. Y de nuevo era el trote, pero en sentido inverso, pues se alejaba de La Carata.




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