jueves, 4 de julio de 2013

El Tamarindo de la Casa de San Isidro


El 11 de junio de 1992 cayó el Tamarindo de la Casa de San Isidro.  Cayó  para no levantarse sino temporalmente en sus ramas, en sus elípticas hojuelas, en sus flores amarillas, en fin, en las semillas de sus frutos  pulposos.  Ese día  ingrato y bajo una lluvia tenue quedó irremisiblemente desplomado el tronco añoso y como  un  anciano horizontal continuó por escaso tiempo  resistido a la muerte.

         La ciudad creció, coetánea con ese Tamarindo nacido en la brecha de una inmensa laja sobre la cual se levantó la  que fue casa principal de la hacienda de San Isidro y luego morada del Libertador.
         Bajo la augusta sombra de ese Tamarindo dice la historia, o la leyenda, que el Jefe Supremo de la naciente República amarraba su brioso y altivo corcel, pues el Libertador solía cabalgar muy de  mañana  y su caballo preparado siempre estaba  allí a la espera.  De manera que el árbol añejo podría contar la historia de aquel ejemplar  enlazado en la mesa de Angostura y que seguro no tuvo el  mismo destino trágico del que montaba  el derrotado Brigadier Miguel de la Torre en 1817 cuando los patriotas sitiaron Angostura.
         Entonces, el noble Tamarindo podría testimoniar también  el paso por esos  predios pétreos de aquel hombre de tez curtida y ojos destellantes que planificaba victorias, dictaba cartas tras cartas, proclamas tras proclamas, decretos y discursos  tras  discursos a sus incansables amanuenses.
         Podría contar la historia de Angostura o de la propia casa colonial desde el día  en que aquel Rafael  Vélez, funcionario del gobierno de Manuel Centurión Guerrero de Torres, la levantó como centro granero de una ciudad que apenas daba pasitos por la orilla pedregosa del río.
         Pues bien, el Tamarindo resplandeciente en su verdor saludaba la tenue lluvia de aquel  día  de junio cuando sus raíces quedaron vencidas por la implacable dureza de la roca y un brocal mal construido.  Estaban agotadas de tanto luchar contra la aridez de  la piedra y los brocales adyacentes.  El Tamarindo de San Isidro ya anciano y arrugado se ve allí recostado sobre una piedra amurallada de concreto, aguardando irremisiblemente la muerte, pero al borde de su pie, donde sus raíces transpiran la gelatina de su savia nutriente, se plantó  un hijo que estará grande cuando ya amarillas sus  elípticas hojuelas, hayan sido recogidas por el viento.  Viento de fronda.  Como el que un día sacudió al Samán de Güere hasta  quebrar el  tronco de su ingente envergadura, pero queda el aliento esperanzador de unas simientes que, como ayer en el mismo lugar de su caída, brotarán  en otros surcos como ha brotado y crecido en una esquina del Parque Leonardo Ruiz Pineda desde el primero de mayo de 1982 que lo sembraron allí José Luis Candiales y Paúl  Von Buren.  Más tarde Leandro Aristeguieta  plantó  otro en la Escuela que lleva el nombre de su pariente José Luis  Aristeguieta en el Paseo Orinoco.
         Tres de las últimas semillas germinaron en el área de Horticultura del Jardín Botánico y la idea era que uno de  esos descendientes fuese a la plaza del héroe que probó el fruto agridulce de su gloria.  Nos lo imaginamos a la luz de esta poética leyenda grabada en un mármol de la Casa de San Isidro por el romancero bolivarense Héctor Guillermo Villalobos: “Noble mármol, recuerda al pasajero / que  incansable se acogió a la sombra / de este árbol fiel cuyo rumor lo nombra / en azulejo y viento mañanero / Cante sobre la piedra  el aguacero / pinte el sol  guayanés  su verde alfombra / y repose el viandante que se asombra / del cielo vegetal, fresco y casero / estuvo aquí su rápida escritura / trazaba aquí mensaje de  Angostura /  que era ya clara página de historia / Tal vez el labio el fruto probaría / y  acaso en su sabor presentaría / el regusto agridulce de la gloria.”
         El Tamarindo aflojó sus raíces y cayó bajo el peso de la historia optando a la otra vida de lo abstracto que lo desfigura de la realidad objetiva para dar lugar al mito individual del colectivo.
         Cada quien le da ahora al Tamarindo una vida recreada de mil maneras en la memoria donde nunca deja de faltar la figura del héroe que se pasea con las botas de montar sobre las piedras y se inclina para ceder a la provocación del fruto de cáscara quebradiza esparcida en la esfera de su sombra.
         El héroe otea el horizonte verde de la quebrada fluida y cantarina del Morichal donde las madrugadoras lavanderas del vecindario azotan los vestidos, entonces aguza el oído y lo sorprende su frustración de no haber podido silenciar el pecado del amor furtivo.
         Y es que el amor carnal lo persigue por todos los caminos de la guerra y de la paz y no podía ser este de Angostura la excepción. Aquí estaba bajo la fronda del Tamarindo y frente a la quebrada de esta logia de mujeres que golpea contra la piedra su martillo de sentencia obligándolo a escapar en su cabalgadura por otros caminos arenosos, húmedos, llenos de guijarros, pero suavizado por la aurora y el canto glorioso de los pájaros.


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