sábado, 13 de julio de 2013

El Lago Parima

¿Existió el Lago Parima a cuya orilla había crecido Manoa, capital del fabuloso dorado que hasta el sacrificio, penalidades, extenuación y muerte buscaron inútilmente los europeos?

         Todo parece apuntar hacia la ilusión, hacia lo mitológico, arquetipo que desde los tiempos del Vellocino de Oro viene bullendo en nuestro inconsciente.  Sin embargo, el escritor Horacio Cabrera Sifontes realizó una investigación un tanto especulativa para demostrar que existió, muy cerca de Ciudad Bolívar.
         “El Lago Parima existió” escribió Don Horacio, pero no era ningún Dorado. Lo ubica en lo que es hoy el Hato La Vergareña, donde pastan miles de cabezas de ganado.  Este valle o depresión de 50 mil hectáreas, corresponde al punto geográfico señalado por Humboldt y ofrece características geológicas de un lago que se vació por un fenómeno muy espontáneo y natural.  La leyenda de El Dorado pudo haber sido confundida con ese lago al que se aproxima en el siglo dieciocho don Manuel Centurión.
         El Lago Parima lo encontró sin saberlo el ingeniero naval Daniel K. Ludwing cuando con Horacio Cabrera Sifontes sobrevolaba en su avioneta particular el Hato La Vergareña que este último quería venderle.  Antes del vuelo había llovido copiosamente y la inundación impresionaba.  Horacio Cabrera cuenta en un libro sobre el tema que ante tanta agua invadiendo las tierras ganaderas que pretendía ofrecer en venta al interesado, se sentía un tanto atropellado y quiso apaciguar  la situación diciéndole a mister Ludwing “aquí  tiene agua usted para todo el verano”.
         -Eso lo veo lo que no he podido ver es la tierra ¡esto es un lago! --respondió y la respuesta se le quedó como aguijón a Horacio Cabrera que al igual que muchos vivía intrigado desde su niñez por la leyenda del lago Parima.
         Un día temprano preparó su cabalgadura, escaló la serranía y comenzó a contemplar el valle. Allí estaba la hondonada de lo que fue seguramente el misterioso lago.
         Se convenció más cuando comenzó a estudiar y a profundizar sobre el tema y llevó al sitio a expertos geólogos que robustecieron su creencia de que allí en el valle de La Vergareña existió el lago Parima que nadie nunca antes pudo encontrar, posiblemente por sus inconcebibles peculiaridades.
         Del Lago Parima sólo quedaría hoy lo que habría sido su fondo, prácticamente un valle de 50 mil hectáreas.  Sus aguas, las que permanecieron allí estancadas por efecto de las lluvias y sus manantiales naturales, se vaciaron y todavía prosiguen en  correntías sobre las raíces de los Morichales hacia el río  Aro.  Allí comenzó a llevárselas  un día en que Caño Azul pudo terminar de horadar su camino a través de las alturas de “La Coroba”.  Caño Azul desde entonces se convirtió en una continua y abundosa corriente que recoge las aguas de todos los Morichales o manantiales del valle para  tributarlos al río Aro.
         En un mapa de John Ogilby, Londres 1671, ilustrado con viñetas alusivas al Viejo y Nuevo Mundo, se aprecia, como vemos arriba en esta columna, el Lago Parima, además de otras invenciones geográficas que localizamos en el libro d Walter Raleigh.  Aquí se ve el Lago Parima entre el Orinoco y el Amazonas ya al final de sus cursos.  En otras publicaciones se afirma que el Lago Parima se suponía en la región cabecera del Orinoco; sin embargo, las exploraciones palmo a palmo nunca lo hallaron.
         El único lago, o laguna diríamos mejor, por esa región es la Laguna del río  Cuao, afluente del Sipapo, a su vez afluente del Orinoco.  Esta laguna tiene 400 metros de longitud y 270 de anchura dentro de un relieve irregular sin viso alguno de ese famoso mito del siglo XVI.
        


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