martes, 9 de julio de 2013

El Cerro de Tomasote en Upata

Serranía de Tomasote Carretera Upata Guasipati
El nombre Tomasote responde al de un personaje de leyenda, pero con una historia que la curiosidad literaria del general de la Guerra Federal, Miguel Figuera Montes de Oca, aproxima a la realidad en su “Miscelánea Histórica” que el ingeniero Ennio Rodríguez puso en nuestras manos.

El valle de San Antonio de Upata está rodeado de numerosos cerros. El doctor Eduardo Oxford contó ochenta y dos, todos con sus respectivos nombres, incluyendo el Guacarapo, donde se encuentra un manantial que antes servía al acueducto del pueblo; Chirica, con una profunda cueva escalonada y galerías; Algarrobo, en el que existe una piedra como cortada a bisel con una entrada de gradas naturales que conduce hacia una antigua mina fraileña, y el Cerro de Tomasote.
Tomás Caurina, llamado “Tomasote” por su estampa dominante de hombre alto y fornido, era indio guayano nacido en San Lorenzo, en las faldas del cerro El Corozo,  donde son realmente espectaculares las noches de Luna llena.  Yo pasé unas cuantas allí en compañía de una gran amiga, Damelis Valdés, candidata a Reina del Bicentenario de Upata.
La historia de este personaje se sitúa en los años finales del gobernador de la Provincia de Guayana, Felipe Iniciarte, quien se frustró en su ensayo de secularizar las misiones capuchinas catalanas de la cuenca del Caroní.
San Lorenzo estaba adscrito a la Misión de San José de Capapui, fundada en 1733. Los indios de acuerdo con el sistema de vida y catequesis establecido por los misioneros, trabajaban tres días a la semana y durante cuatro horas por la mañana en las siembras o hato de la comunidad, devengando su salario. Por la tarde, y en los restantes días, se ocupaban de sus propias siembras y pastorear algún ganado si lo tenían.
La custodia de las misiones estaba a cargo de una guarnición de 400 soldados y oficiales aproximadamente, dependiente de los comandos de Angostura y los Castillos de Guayana, aparte de los corregidores y jueces de paz.
Tomasote, casado por la iglesia con la india Ana Cari, estaba adaptado a este sistema de vida como pareja cristianamente adoctrinada aunque últimamente más era el tiempo que pasaba en el hato de la misión debido a que se había adiestrado como llanero y exhibía fuerza y habilidad para lidiar con las bestias y el ganado. Por esa condición la autoridad misional lo procuraba, aunque jamás pudo evitar el drama desencadenado después de las fiestas patronales de San Lorenzo.
El día de San Lorenzo es el 10 de agosto y los pariagotos del Corozo y Capapuy lo celebraban juntos con sus hermanos venidos de las misiones de San Francisco de Altagracia y Santa María. También venían españoles de la Villa de Upata y no podían faltar los hombres de uniforme, entre ellos el capitán Fernán Yánez, siempre atraído por las indias buena-mozas de las que no escapaba Ana Cari, la mujer de Tomasote, a quien nunca había podido abordar debido al celo de su esposo y de los frailes.
Tampoco en aquella festividad comunitaria del 10 de agosto de 1812 había podido acercarse a la joven compañera del indio Tomasote por lo que encontró en su detención policial caprichosa la manera de hacerlo y así un día, en la propia villa de Upata, cuando Ana Cari vino a indagar lo que pasaba, entre maniobras y engaños, el Capitán la hizo forzadamente suya.
Tomasote, después, libre por gestión del Padre Gaspar, no tardó en saberlo de los propios labios de su mujer como tampoco, a través de su indignante protesta, la autoridad misional, quién elevó quejas y logró, si no un castigo ejemplar, por lo menos, la orden para que el Capitán denunciado retornara a su guarnición de origen. Pero, antes de que la transferencia se materializara, Tomasote se armó de bríos afilando su mejor arma y siguiéndole pacientemente su huella nocturnal al Capitán, lo emboscó en un paraje de recuas donde al día siguiente lo encontró un grupo de labriegos, yaciente sobre un manto de sangre opacando la lozanía de la yerba.
Tomasote no abrigaba la intención de cobrar de esa manera el agravio pues gravitaba sobre su moral religiosa la prédica constante del fraile permanente de la misión. Lo indujo a hacerse justicia por su propia mano el suicidio de su mujer a causa de una ingestión del yare que había sido extraído de una yuca amarga destinada para el casabe y contra el cual no pudo, a manera de antídoto, el guarapo de papelón en abundantes dosis.
Pero si la Misión de San José de Capapui comenzaba a padecer el drama de Tomasote, la Misión de los Dolores de Puedpa hacía meses que venía sufriendo al mulato Patricio Alcocer, quién había reunido en torno suyo a una banda de saqueadores de haciendas particulares y de las misiones.  A esta banda se incorporó más tarde el Indio Tomasote, pero la banda fue liquidada en el hato El Platanal de don José Odremán. Tomasote y Patricio escaparon y fueron a refugiarse después de cabalgar durante toda la noche del 7 al 8 de febrero de 1813, en la gruta de los Chaguaramos conocida hoy como el Cerro de Tomasote.


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