domingo, 30 de junio de 2013

CUENTOS REALES Y FICTICIOS



La respiración artificial boca a boca los poetas la han asumido como el beso de la vida, de igual manera bien pudiera asumirse el cuento literario, de manera cardinal  el que conlleva abundosa imaginación.  El cuento, un buen cuento, salva, no una, sino muchas vidas, y las rescata para la plácida serenidad del mundo espiritual.


El beso de la vida
Un gato siamés, llamado Milungo, fue el único heredero  de una fortuna de 50.000 dólares dejada al morir por una anciana, viuda de un norteamericano que vivió en Angostura en tiempos de Mene Grande Oil Company.
La señora Mara falleció un día de abril dejando en Florida su casa y sus acciones al gato, el cual quedó al cuidado de su gran amiga la señora Genoveva, quien recibió alquiler gratis mientras vivió Milungo. Después de morir el gato -eso decía el testamento- la fortuna debía pasar a ella o a sus hijos si los llegara a tener. Pero la señora Genoveva nunca tuvo hijos ni se interesó en casarse, pues todo su tiempo y su amor los dedicaba al gato.
Milungo rebasó el promedió de vida de los gatos. Vivió un poco más de quince años. Murió de viejo y después que su nueva ama lo llevó al restaurante “Animal Gourmet”, único de su tipo, donde solía degustar sabrosos platos el día de su cumpleaños.
La señora Genoveva se había encariñado tanto con el gato que después de muerto no podía vivir sin él por lo que para llenar el vació, un vecino, también amigo de los gatos, le aconsejó se buscara un sustituto de la misma raza.
Un día de marzo, leyendo la prensa, se interesó por “Squeak”, un gato siamés, que había hecho cinco cruces trasatlánticos en dos días. Estaba siendo embarcado desde Londres a Chicago cuando se perdió en el departamento de carga. Squeak no fue encontrado hasta que el avión regresó a Londres, luego a Montreal, más tarde a Londres. El gato fue alimentado y enviado por quinta vez a través del Atlántico y se reunió con su propietario en Chicago, a donde viajo la señora Genoveva para comprarlo con parte de la herencia que a esa altura ya se había multiplicado por efecto de los dividendos.
Squeak era lo que se conoce como un gato real de Siam, con cabeza, cola y patas color chocolate oscuro, y el resto del cuerpo más claro. Pero según el veterinario que periódicamente lo chequeaba, le hacía falta un compañero, por lo que Genoveva no vaciló he hizo traer  de la tienda de animales de Roy Tutt, un gato de vello extremadamente largo y suave llamado “Match” con el cual Squeak parecía llevársela bien. Match era una gata de Angora, vale decir, originario de Ankara, capital de Turquía, y la cogió por treparse en el tejado, atraído por una gata cartuja del vecino, con la cual a la larga tuvo dos lindos gatitos. El vecino, quien al parecer sabía mucho de gatos, sorprendió a la señora Genoveva con la novedad manifestándole su contento, pues loa gatitos eran persa en razón del cruce de razas y le prometió uno tan pronto la madre dejara de amamantarlos. Así ocurrió y la señora Genoveva llegó a tener una familia de tres gatos que llegó a aumentar a cuatro con “Minino” un venezolano de color atigrado que le mandó de regaló el señor Hoyt  Sherman desde Guayana, al enterarse de la muerte de Milungo, de la esposa de su antiguo amigo de la Mene Grande.
El criollo felino tenía unos ojos de color naranja que deslumbraban en la oscuridad y unos bigotes que parecían antenas. Era buen cazador, y desde los gruesos muros y azoteas de las viejas casa angostureñas por donde se la pasaba día y noche a disgustos de su amo, mantenía a raya a los roedores de los predios cercanos. Pero, ahora en Florida, era distinto. Aquí disfrutaba una vida moderna de consentimiento, bien alimentado, y sin necesidad de andar corriendo detrás de las ratas que llegaban de Europa en los barcos de la Real Holandesa.
Los cuatro animales que habrían sido cinco si no hubiese muerto Milungo, disponían de un cuarto exclusivo para ellos en la casa de Florida. La habitación, decorada a lo Walt Disney, tenía una puerta gatera por donde entraban y salían a su antojo, y en cada rincón un almohadón que hacía las veces de cama. En otro lugar afuera se les servía la comida a base de carne y pescados alternos dos veces al día y agua continuamente limpia y fresca. Eran gatos inteligentes que se habituaron rápidamente a las costumbres de la señora Genoveva, quien los sacaba a pasear y el día de su cumpleaños, pues cada cual tenía su pedegree, los llevaba al “Animal Gourmet” donde la vida perruna y gatuna se veía muy bien gratificada, pues allí ofrecían para ellos bistés, quiso de riñón, pasta de hígado, cóctel de langostinos, filet de pescado hervido, comidas fría y la infaltable torta individual de cumpleaños a base de hígado y alimento concentrado, nevada con leche en polvo y decorada con artísticos acanalados en azul o rosa, y el nombre del cumpleañero.
Cada día la señora Genoveva amaba más a su familia gatuna e interesada por el origen,  raza, costumbres, mitos y leyendas de esta menuda familia de los felinos, procuró literatura especializada que la remontaron hasta la época del Diluvio cuando según la leyenda hebrea el patriarca Noé, desesperado por las ratas y ratones que consumían sus provisiones, rogó protección divina y Dios le envió al León.  El Rey de la selva estornudó y de su nariz salieron pequeños gatitos que enseguida comenzaron a cazar.
Otra versión más próxima a la realidad le decía a la señora Genoveva que el gato de nuestros días, proviene del gato enguantado al que los egipcios adoraban como divinidad.  Este félido era objeto de culto, especialmente en Bubasti, ciudad consagrada a la diosa Bastet, que tenía cabeza de gato.  Según el historiador Heródoto, cuando en Egipto estallaba un incendio, o había una catástrofe, lo primero que hacían era salvar a los gatos.  Inclusive, si algún habitante mataba uno de estos felinos, se le condenaba a muerte.  Los cadáveres de los gatos eran embalsamados  y enterrados con gran pompa.
Este singular hermano menor del Tigre, de la Pantera, del Puma y del León, se conoce en Europa desde antes de Cristo.  Griegos y romanos lo criaban con finalidades prácticas: cazar los ratones que infectaban a sus ciudades y producían grandes epidemias.
La señora Genoveva, además de querer mucho a los menudos felinos, se afligía hasta el extremo de enfermarse cuando ocurrían en cualquier parte del mundo problemas de salud física o espiritual que tuvieran que ver con los gatos.  Una vez demandó a una Bruja que los utilizaba en ritos satánicos e interesó a la Fundación Purina, una de las organizaciones privadas más importantes de España dedicada al respeto y cuidado de los animales domésticos y con la cual tenía comunicación permanente, para que emprendiera una cruzada contra unos camuflados restaurantes de Hong Kong, especializados en manjares a base de carne de gato, perro y serpiente, con propaganda según a cual, el estofado de perro, la serpiente frita o la sopa de gato, protege contra los resfríos y aumenta la potencia sexual.
Cunado en Bolivia la temible fiebre hemorrágica trasmitida por ratones, diezmaba a los habitantes de pequeñas localidades en las selvas del noreste, la señora Genoveva pensó seriamente en darle a su vida y a sus gatos una orientación menos apegada a la molicie, más altruista y humanitaria.  Así que se comunicó con la Embajada de Bolivia y puso a disposición sus gatos para que fueran enrolados en el ejército gatuno que, según la prensa, estaban preparando en el altiplano para aerotransportarlo a las zonas afectadas y darle la batalla a los ratones.  Estos roedores portaban el virus causante del ”Machupo” como los lugareños llamaban a la temible enfermedad que mataba en quince días.
La Embajada boliviana no vaciló y hizo todos los preparativos para enrolar al cuarteto gatuno, el cual fue aclimatado a la temperatura tropical donde el mal se hacía presente al tiempo que adiestrado para enseñarlos a cazar roedores.    Allí mismo el cuarteo fue usado como semental para aumentar la población felina toda vez que se necesitaba un gato por cada vivienda.
            Los gatos cumplieron su misión como soldados de primera línea  en esta guerra raticida que a la postre resultó tan efectiva como una vacuna.  Luego, con distinciones que la señora Genoveva fue a recibir a La Paz, el cuarteto gatuno regresó a su anterior y sosegada vida de molicie en Florida hasta que la señora Genoveva, optimista por el buen papel que habían hecho sus gatos en Bolivia, muy destacadamente el gato Minino de Angostura, decidió enviarlo a Venecia, la tierra natal de su testadora donde por falta de gatos cazadores, 600 policías municipales habían sido movilizados para combatir una invasión de ratas.
La señora Genoveva tenían pensado enviarlos luego a Brasil, donde según las estadísticas del Ministerio de Salud existían 270 millones de ratas, un promedio de tres por habitantes, pero sus gatos de buena raza transformados por obra y necesidad de los bolivianos en hábiles cazadores, no tuvieron suerte, pues las ratas venecianas eran demasiado grandes y con dientes tan afilados que terminaron por devorarlos a ellos.  Sólo Minino, como se llamaba el gato atigrado de Angostura pudo salvarse al correr velozmente y treparse en a cúpula más alta de la Catedral de San Marcos, de donde no se atrevía a bajar.
Una brigada de bomberos luchó durante una hora por rescatarlo, pero tuvo que abandonar la tarea debido a que su escalera de incendio no alcanzaba y a otras dificultades propias de la hermosa cúpula de estilo oriental que hacía imposible la operación salvadora.
Pero un trapecista de circo trepó hasta cierto punto y logró enlazar al gato luego de tres intentos, pero con tan mala suerte que el lazo quedó estrangulando el cuello del Minino.
Actuando rápidamente un activista de la Sociedad de Prevención de Crueldad para con los animales, se hizo cargo del caso.  Cuando falló el masaje del corazón, aplicó a Minino el llamado “beso de la vida” y quedó salvado para disfrutar con su putativa madre Genoveva, de las vidas que le quedaban.

El Burro de Candelario
Candelario tenía un burro, tal vez el más singular de los asnos. Se llamaba Matusalén porque según su decir le sirvió al patriarca durante los 969 años de su vida y estaba destinado a no morir toda vez que en él habría de montar el Mesías cuando volviese a la tierra.
Ese burro, según solía contar el viejo Candelario a sus vecinos de La Alameda de Ciudad Bolívar, era el mismo creado por Dios al sexto día de la creación; el mismo salvado por Noé, abuelo de Matusalén, a bordo de la sobreviviente barca del Diluvio y el mismo utilizado por Cristo para hacer su entrada en Jerusalén. Aseguraba el viejo Candelario,  que cuando Jesús llegó a la antigua capital de Judea, lo hizo en un burro y no  en una burra como muchos especulan.
Es el mismo burro en que Sileno acompañaba a Dioniso en sus largos viajes.  Un burro inteligente, nada torpe. Rechazaba Candelario la especie tan creída y difundida que coloca al jumento entre los animales torpes de los solípedos, aduciendo que ese cuento lo inventaron los romanos para enaltecer hasta el extremo la nobleza del caballo.
Por otra parte, Candelario atribuía a este burro el descubrimiento de la Primavera Eterna que les había prometido  Dios a los romanos.  Al parecer fue el burro de Sileno el que descubrió en Guayana la eterna primavera, pues el burro del sátiro Sileno, protegido de Dioniso, cometió la equivocación cuando luego de un largo viaje, acaso por cansancio o borrachera, hizo escala en Guayana y se dejo tentar por las  aguas oscuras del Caroní creyendo que era vino lo que corría como torrentera hasta agotarse en el Orinoco.
Sileno fue rescatado por Midas quien también  había llegado a Guayana en busca de fortuna. Sabedor Dioniso de lo bien que se había portado Midas con Sileno quiso recompensarlo y le pidió que eligiera un deseo.  “Que todo cuanto toque se convierta en oro”, eligió Midas y así le fue concedido, pero pronto se arrepintió pues hasta el agua y la comida se le transformaban en oro.  Para librarse del encanto, Dioniso atendió su súplica y le dijo que se bañara en las aguas del Yuruari con lo cual quedó liberado.  Se decía después que debido a ello, las arenas del Yuruari quedaron saturadas de oro.
Desde entonces, el burro Matusalén comenzó a trotar estas tierras septentrionales del continente hasta llegar a manos de Candelario, quien lo heredó como un precioso e inextinguible bien a su vez heredado en consecutivas sucesiones por sus antepasados remotos.  Se decía que las orejas del burro eran las propias de Midas, castigo de Apolo por no haber apreciado las tonalidades de su lira.
El burro de Candelario, no obstante su estirpe y alucinantes leyendas, prestó importantes servicios a la ciudad.  Llegó a cargar agua y arena de la  Cocuyera muchos antes de que Georges Underhill instalara el acueducto de la ciudad, así como leña para la Planta Eléctrica de vapor que sustituyó los románticos faroles de Angostura. Pero el burro de Candelario tenía un defecto que molestaba a las damas y mozas encopetadas y era que ensuciaba las calles y de vez en cuando destapaba su estuche para mostrar sin vergüenza los más tangible y rotundo de su ser.
El Alcalde, vista la circunstancia del animal, obligó a Candelario colocarle pañales cada vez que saliera con su jumento. Candelario resistió la orden y confinó a Matusalén hasta mejor ocasión en los predios de la Laguna El Porvenir, justo en los pastizales de Paravisini
Un cambio de gobierno permitió a Candelario rescatar su burro para por lo menos pasear los domingos y trasladarse a la ciudad pues vivía en Los Morichales. Pero el borrico durante su tiempo de confinamiento se había hecho aficionado a la música  de tanto que le llegaba el rumboso sonido desde la Ciudad Perdida de suerte que cada vez que escuchaba música grabada o en vivo venida de algún lugar, se negaba a reanudar la marcha hasta que terminara. Un día,  Candelario decidió llevar a su Platero a disfrutar la retreta y éste, no satisfecho con escucharla como todos los demás, entró a la Plaza Pública y se puso con su batuta a dirigir la orquesta.
Al día siguiente, Candelario que había decidido  trabajar la tierra, se vino al Casco Histórico por un crédito que le había otorgado el Instituto Agrícola y Pecuario. Después de cobrarlo se relajó dando vueltas por la ciudad. De pronto sintió ganas de animarse y entró a la Cantina La Isla. Ya de regreso y con el Sol transfigurado en crepúsculo no aguantó el trote del burro y se puso a descansar bajo la exuberancia de una Ceiba. Cuando el Astro Rey reapareció encandilando su rostro, sintió un cosquilleo en el lado de la faltriquera. Entonces vio cómo el burro tenía pedazos de billetes en el hocico y rebuznaba con deleite.
Candelario se sintió sumamente enojado y murió de la frustración y no se supo más del garañón hasta que se corrió la noticia según la cual un guayanés que estudiaba en México dijo a su regreso que lo había visto en el mexicano pueblo de Otumba, donde los asnos ocupan un lugar distinguido. Los angostureños no supieron jamás cómo y por obra y gracia de quién, Matusalén llegó hasta allá después que Candelario falleciera a la edad de 120 años.   


La culebra del mal
En mayo de 1970 cuando el arquitecto Manuel Garrido Mendoza se posesionó de la Gobernación del Estado Bolívar, los bolivarenses se sintieron atraídos por aquella figura alta y magra luciendo en la parte superior de los labios unos bigotes largos, abundantes  y poblados.
            Todo el mundo tenía que ver y para diferenciarlo del común de los bigotes empleaban el vocablo italiano mostaccio (mostacho) recordando tal vez al venado de matacán o aquel personaje, Bartell D´Árcy,  de la novela Los Muertos, del escritor y poeta irlandés James Joyce, que cantaba ópera en el Theatre Royal.
            Se me ocurre que este personaje de Joycee ha debido parecerse a nuestro paisano bolivarense  José Sambrano Ruiz, un ex gerente de la CANTV, a quien los citadinos preferían reconocer como “Bigote Eléctrico”, cognomento que creo le habría venido más acertadamente a Mario Moreno Cantinflas.
            Lo cierto de todo esto es que a una de las bombas diamantíferas del Guaniamo los mineros la bautizaron con el nombre “Los Bigotes del Gobernador”.  El diario El Nacional se ocupó del asunto y hasta el doctor Márquez Bustillos fue recordado a propósito, sólo que este funcionario de confianza del General Juan Vicente Gómez tenía los bigotes puntiagudos o vibrisas como un morsa del Pacífico.
            Muchos bolivarenses siguieron la moda del Gobernador, entre ellos, el Presidente de la Asociación de Ejecutivos, doctor Ramón Castro Mata, aclarando cuando un periodista le preguntó, que “antes que imitar al Gobernador, yo diría que imito más bien a mi abuelo que los usó antes que él”.  Por supuesto, eso de dejarse crecer el bigote viene desde muy lejos y las formas y estilo varían. Por ejemplo el bigote de Salvador Dalí, era fino y entorchado en sus extremos.  Rubén Hugo Ratón Ayala, jugador argentino de fútbol, se distinguía por su melena y enorme bigote.
            También mi abuelo José de la Cruz Tillero, muerto en Puerto Rico a la edad de 80 años, se distinguía por sus bigotes bien tupidos y cuidados. Lo mismo que Goyo Suárez, carpintero y carenador de barcos, acostumbrado a desayunarse con el majarete que vendía la vecina. Para lo cual utilizaba un pocillo de peltre, tan grande,  que llevó a un paisano a preguntarle porque tanto?  A lo que respondió. “una parte para mi y otra para los bigotes” Era el problema de los bigotudos como Balbino Paiba, mayordomo de los Luzardo y amante de Doña Bárbara en la novela de Gallegos: “Balbino con sorna y mientras se enjugaba a manotadas los gruesos bigotes impregnados de caldo grasiento de las sopas…”
También, la manera como el hombre se manotea el bigote, si lo tiene, revela a otros su grado de reflexión o preocupación. En “Doña Bárbara”: “Balbino se manotea el bigote, no para limpiárselo, sino como maquinalmente  hacía cuando algo lo contrariaba”.
El más conocido de los dadaístas, el pintor francés Marcel Duchamp (con obras en el Museo Soto), que expresó su desaprobación por el “arte agradable y atractivo” cometió la irreverencia de añadir bigote y barba a una reproducción de la Mona Lisa de Leonardo da Vinci. Lo iconoclasta de Duchamp encontró también expresión en lo que llamaba “ready-made”, los objetos cotidianos que él presentaba como obras de arte.
Y volviendo al arquitecto Garrido Mendoza, debemos decir que anduvo de boca en boca durante los años 1970-74 no solo por su peculiar estilo de gobernar y de ocuparse de obras simples como las plazas de bolsillo, sino por su figura alta y delgada y su atractivo mostacho que llevaron a muchos bolivarenses a imitarlo y a recordar, no sólo  a un tradicional mago prestidigitador del Circo de Blacamán que por temporadas llegaba a Ciudad Bolívar y levantaba su carpa con bailarinas, payasos, trapecistas, domadores y animales en la plaza Centurión, sino a un septuagenario que siempre decía, siguiendo una vieja tradición, que mientras más largo los bigotes más respetados sería. De manera que se los cuidó y dejó crecer tanto que para sostenerlos debió enrollarlos alrededor de las orejas y otras veces ataba sus puntas detrás de la nuca; pero de noche los bigotes le resultaban un problema: soñaba que era una culebra tratando de estrangularlo, por lo que terminó siendo insomne por temor a las pesadillas. Sus amigos más cercanos, incluyendo a un psicólogo, le dijeron que el remedio estaba en sus manos y que no era otro que eliminarse los bigotes, pero el septuagenario se resistía alegando que modificaría su personalidad y que se sentiría como un militar que le quitan el uniforme, el revólver y las charreteras, además que un brujo le había dicho que mientras más largo el bigote, más larga la vida terrenal.  Entonces, siguió otro consejo, más divertido, más erótico, más sensual: contrató a una bailarina desnudista para que lo recreara en sus noches de insomnio. Remedio perverso, pues cuando la danza llegó al punto de la última prenda, el buen hombre se quedo dormido para siempre.



La Laguna de los Caimanes
Eran tres lagunas, juntas y muy próximas una de las otras, grandes, difícilmente accesibles, a la margen derecha del Orinoco, cobijadas periféricamente por una alfombra de Boras desde que perdieron su comunicación en tiempos de aguas altas con el río.
            Su único nutriente o surtidor eran las aguas de lluvia que drenaba la ciudad a través del canal de cintura, de una ciudad que fue creciendo sin dejarle más espacio y respiro que el cielo y sus predios orilleros.
            Eran tres, pero sólo una, la del Medio, era la laguna de los caimanes porque la gente llegó a creer que allí moraba más de un caimán, pero un solo ejemplar habitaba el cuerpo de agua, un ejemplar casi domesticado por un niño que vivía en uno de los barrios de los alrededores.
            El niño se llamaba Chispito, diligente, curioso, avispado, que se apretaba con índice y pulgar el labio inferior y emitía un silbido largo y agudo que se extendía sobre la superficie de la Laguna y casi rielaba y llegaba a producir acentuadas ondas.
            El caimán percibía este silbido y respondía por reflejo deslizando su pesado, oscuro y costroso  cuerpo hasta la orilla donde se hallaba Chispito con quien había establecido una cotidiana relación de inteligencia de forma tal que el niño podía sin temor atraer y acariciar el hocico del extraño saurio.
            La aspiración de Chispito era poder algún día montar al caimán como  jinete a su caballo y cabalgar sin rienda por todos los espacios abiertos de la laguna, asombrando de emoción a vecinos y turistas; mientras tanto, se conformaba con invitar a sus amigos de la escuela para que vieran mediante apuesta cómo el caimán respondía su silbido.  Chispito se hizo millonario en centavitos, realitos y golosinas hasta que intervino el cuerpo policial del estado y previno a los padres del peligro que corrían sus hijos al acercarse a un reptil tan voraz como el caimán del que se contaban tantas historias.    
            Del Caimán del Orinoco se contaban muchas historias. Muy raro que pasara el año sin la noticia de un ser humano devorado en tiempos de inundación.  Si el caimán llegaba a probar carne humana se quedaba cebado en el sitio por largo tiempo, pues debido a su astucia y a lo invulnerable de su piel, resultaba difícil eliminarlo. Para liquidarlo había que dispararle con arma de fuego a las fauces o en la fosa axilar.  Los indios tenían su propio método. Lo capturaban con poderoso anzuelo de hierro puntiagudo, cebado con carne y atado a una cadena que luego aseguraban en un árbol. Tras su captura terminaban con él atacándolo con lanzas.
            Era evidente la desventaja del caimán frente a los recursos depredadores del hombre y mucho más se acentuaba cuando circunstancialmente se engullía a un infortunado. Para muestra bastaría citar entre numerosos casos, el de Francisco Castillo, septiembre de 1900. Este mayordomo de uno de los hatos del Torno, propiedad del general Ernesto García, fue devorado por un caimán contra el cual luego se desató una persecución implacable hasta que fue capturado.
            Para asegurarse asimismo los vengadores de que se trataba del caimán que andaban buscando y no otro, le abrieron el vientre y quedaron convencidos, pues encontraron restos del mayordomo que el caimán se había engullido.
            Un Jueves Santo de 1914, en isla Platero del Paso del Infierno, sucumbió víctima de la voracidad de un caimán el marinero de la piragua “Amazonas”, Amador Pérez, de 39 años y natural de Tucacas.
            El infortunado fue cogido por la cabeza y arrastrado violentamente por el saurio, sin permitir que los compañeros de la embarcación pudieran auxiliar al desgraciado, al que vieron aparecer a lo lejos, por tres veces, debatiéndose entre las mandíbulas del animal, hasta desaparecer del todo, sin dejar más rastros que el sombrero de la víctima.
            En Ciudad Bolívar devoró a una lavandera del sector de Los Corrales. Este fue perseguido por Santos Rodulfo, empleado de la lancha de Andrés Juan Pietrantoni, quien le dio muerte y luego lo exhibió durante varios días en la playa del Paseo.
            Frente al Resguardo de Ciudad Bolívar,  Samuel Gutiérrez, de un solo tiro de máuser, acabó con la amenaza de un caimán, de 3 metros, que merodeaba por esos lados en el año 1931.
            Había otro por la zona de Orocopiche que no dejaba en paz a las tradicionales lavanderas del sector. Este fue capturado el 3 de julio de 1950, entre la Boca del San Rafael y La Toma.
Se creía que el  último caimán que moraba por estos predios lo había matado el  capitán José León Medina, en agosto de 1951 cuando el Orinoco se metió hasta algunas calles de la ciudad y hubo la alarma de un hidrosaurio que veían asomar sus fauces por el muelle de la Aduana, dispuesto a tragarse al primer caletero que cayera al río.  Pero no fue así, el último caimán apareció confinado en la Laguna del Medio en plena camaradería con Chispito, quien burlando la vigilancia policial se fue un día a la laguna. Emitió un silbido. El hocico y los ojos del saurio emergieron del agua y enseguida se dirigió a la orilla. El niño entonces se sentó en el lomo, agarro la parte delantera de su temible cabeza y comenzó a cabalgar como todo un señor jinete.

El padre ciego y el niño anciano
Omer ya podía ver de un modo científicamente muy particular. Pero no eran sus ojos perdidos en un accidente lo que realmente le permitía ver, sino los 300 electrodos de titanio que un genio de la medicina electrónica le había instalado en su cerebro y aquella minúscula antena bajo su piel. En su pequeña cámara de televisión manual podía ver con ojos electrónicos a su pequeño Omerto hecho un guiñapo de anciano a pesar de sus siete años de edad. Habría preferido seguir en tinieblas, pero no quiso defraudar al científico que se había interesado por su invidencia. Ahora parecía inevitable tener que sufrir el placer de poder percibir el mundo a través de la ventana de los ojos.
Lo del síndrome Hutchinson-Gilford que tanto le afectaba, apareció mucho después de su operación. Ocurrió cuando Omerto tenía apenas año y medio. Había nacido aparentemente normal y al quinto mes de gestado, su madre sabía que era varón. Fue una novedad de la más radiante alegría. Para saberlo, la madre sólo tuvo que esputar sobre un papel especial del laboratorio vaticinador del sexo fetal. La desgracia sobrevino como a los dos años de saberse que no sería hembra. Omerto se fue poniendo calvo y su piel sin tejidos, débil y transparente. El médico ha dicho ahora que el niño envejece prematuramente ocho por cada año. A los diez, tendrá la misma edad de su padre y estará al borde de la muerte. Omer lo sabe y llena con su llanto de titanio el día y la noche de su desgracia.

Un fígaro de película
Dalilo estaba pensativo, sentado al borde de una litera, tras la pesada reja del calabozo que un día antes le habían asignado para pagar la falta que a él siempre lo había hecho feliz. ¿Qué haría ahora, defenderse?  ¿Qué podía esgrimir en su descargo si todo cuanto le imputaban era cierto? La penumbra del cine. Los cabellos de las damas seguidas por su rara patología. Las cajitas que él sólo podía distinguir a la onírica hora de excitarse con el cabello de ellas. Le atraían las mujeres de caballera libre, abundosa y ondulante: la dorada, castaña, negra pura, taheña, pero por nada lo atraía la de pelo afro o ensortijado. Era selectivo y las fijaba en algún punto de la ciudad, luego las seguía con sigilosa pasión detectivesca. Las averiguaba y llegaba un día en que podía capturarlas en el cine. Siempre sucedía cuando la pantalla se poblaba de imágenes luminosas y la atención del espectador era absorbida por la trama. Con toda naturalidad se sentaba detrás de la elegida y desde su butaca le tomaba y tijereaba el pelo sin que se diese cuenta. No había que cortar sino lo suficiente para llenar una cajita como las utilizadas antiguamente para los fósforos, pero concebida artísticamente y coloreada con el mismo color del cabello. Habría podido distinguir cada muestra con el nombre de la elegida, pero le bastaba con tocarla, percibir su olor y color a la hora propicia de rito que lo envolvía en vaporosa nube de amor y sexo.


Muerte a la carta
Paúl tenía diecinueve años cuando lo atropello un automóvil. Después no se supo más de su vida. Sólo su madre podía dar cuenta de ella durante noches eternas. También las enfermeras y los médicos del Hospital, impotentes ante aquel prolongado estado de coma. Paúl dormía su sueño más largo. No hablaba, no olía, no veía, no pensaba. Permanecía inmóvil, si acaso respiraba y aceptaba alimentos líquidos a través de sondas y en forma inoculada. Paralizado todo su cuerpo horizontal sobre una cama, respiraba no obstante lentamente y su corazón marchaba despacio. Cinco años en aquel silencio de estupor era demasiado para un hospital que no aguantaba mucha carga. De manera que Paúl, con su madre de vigilia al lado, debió regresar a su domicilio bajo aquel profundo sopor de inconsciencia y de impávida horizontalidad. Pero quienes viven en ese estado también enferman aunque ya de por sí lo estén y no tardó en tener dificultades pulmonares. Paúl volvió a ser hospitalizado y una vez curado de la bronquitis, fue trasladado de nuevo a su hogar. Paúl ahora tiene 42 años, de los cuales 23 en coma. Su madre, por supuesto, ya es muy mayor. Pasa de los sesenta y cada día es para ellos una oportunidad menos de vida. Sin embargo, la madre, fiel a los principios naturales, se niega adelantar para ningún penitente, la fecha de la muerte. Por eso, cuando se enteró de la posibilidad de una ley sobre la eutanasia, exclamó valiente y mirando fijamente a Paúl: “Estoy en contra de esa muerte a la carta”.


Esquizofrenia de amor
Delia era excepcionalmente bella, pero no podía disfrutar de sus encantadores atributos. Se lo impedía una personalidad complicada  que la intranquilizaba desde lo más recóndito de su ser. Tenia diecisiete años y sus padres decidieron los servicios de un anciano psiquiatra que dirigía una clínica privada de orientación juvenil.
A muchas sesiones, sentada cómodamente en un sillón y otras tendida horizontalmente sobre un diván, asistió con esmerada puntualidad la hermosa joven. La voz suave del anciano le recorría por su cuerpo. Su sexo vibraba  y cada vez las sesiones eran más felices.
Cuando Delia tenía recesos prolongados, recibía amorosas cartas con descripciones gráficas de actos sexuales que la hacían paladear un amor al que al fin no pudo resistirse. Una vez, no sabemos en que sitio ni de que forma, el anciano la habría poseído; pero luego, la muchacha no podía tranquilizarse. Su problema derivó en una esquizofrenia de terribles visiones que la sustraían de su mundo real. Después no soportó más al viejo, quien también tuvo que ser tratado en una Clínica para enfermos mentales. No obstante, Delia en su mejor momento de lucidez, se sintió perjudicada y demandó los reparos consiguientes ante un Tribunal. El anciano fue al estrado de la justicia y negó haber tenido relaciones sexuales con su paciente; sin embargo, admitió haberle escrito sesenta cartas de amor, alegando que eran parte de la terapia.

Extraño hallazgo
Un día impreciso, Serafín desplazaba su automóvil por la carretera a unos 120 kilómetros por hora cuando comenzó a surgir ante sus ojos el espejismo luminoso de una zaranda gigantesca. Sorprendido y nervioso por lo que veía, sus pies reaccionaron automáticamente dejando sobre el asfalto la estela rechinante de los frenos. Intentando despejar cualquier duda, cerró y abrió los ojos repetidas veces hasta que con un buen resultado la visión del objeto se deshizo, pero apareció corriendo menudamente en dirección al auto un animalito con las características de un perro. Serafín sintió que un gran temor lo invadía, pero decidió abordar al cachorro. Lo examinó cuidadosamente, lo acarició y terminó llevándolo consigo. Su automóvil de nuevo rodaba por la vía, pero no con la velocidad de antes, pues iba escudriñando palmo a palmo el cielo, el horizonte y el ambiente. Así iba hasta que decidió estacionarse y pensar seriamente en lo que le ocurría. Volvió a mirar al animal de ojos ávidos y pelaje gris. Por largo rato estuvo contemplándolo, dudando sobre si proseguir o regresar al cachorro a su lugar de origen. Se decidió por lo último, pero caminando de regreso, un lobo furioso le salió al encuentro. Largó el cachorro y corrió, corrió a esconderse hasta hallar un lugar emergente que para mayor sorpresa y muerte, era la guarida del lobo.

Un ovni en los bifocales
Él esta allí, mirando fijamente un punto en el firmamento en actitud contemplativa y con las manos casi hundidas en los bolsillos. Lo veo de arriba abajo y me detengo en sus pronunciadas entradas anunciado una calvicie incipiente. Es un hombre delgado, de piel cetrina y bigote entrecanos. Hurgo alguna señal en los ojos, pero sus lentes me lo impiden. Es mediodía y las calles están desiertas. El parece no sentir el refulgente Sol que me tuesta la piel. Me aproximo y al fin sale de su ensimismamiento.
Esbozó una tímida sonrisa después que lo enteré del tiempo largo que llevaba observándolo. Me dijo que lo absorbía un punto luminoso que yo no alcanzaba a ver tras su índice apuntando hacia más arriba del horizonte. Estaba convencido de que era un Ovni y no fue posible hacerlo desistir de su percepción hasta que una hora después escuchamos el ruido de un avión. Entonces me contó que hacía tres días le había ocurrido lo mismo y me preguntó si acaso no estaría alienándose con tanta literatura y películas de viajes interplanetarios. Esto me lo decía al tiempo que volvía la vista y miraba de nuevo el punto luminoso. No era el avión, pues para él, allí más arriba del horizonte buscando en dirección Norte, seguía el Ovni virtualmente plantado con su aura de luz. Entonces amablemente le quité los lentes. Los limpié con mi pañuelo y luego se los colocó. Volvió a mirar, pero ya el Ovni pulcramente había regresado a su base.

Maullido gatuno
Rebeca escasamente sabía del sol y del amor paternal. Sólo de las sombras y del aire viciado del escaparate. Para ella, los juguetes de la infancia no existían mientras permanecía allí en el escaparate períodos largos en cuclillas, padeciendo el silencio de la espera y los simples latidos de sus vísceras.
Tenía Rebeca apenas nueve años y desde que sus padres descubrieron que no era desenvuelta, parlanchina, alegre y traviesa como el común de los niños, se avergonzaron de ella y para que no denunciara su retardo la ocultaban dentro de aquel armario cada vez que debían salir o llegaba alguien de visita.
Rebeca, mientras permanecía encerrada, lloraba y su llanto era un lamento que un día imprevisto su prima Dolores, quien llegaba de lejos por sorpresa, percibió como el maullido de un gato. Cuando abrió la puerta del armario, el gato o la rana o la niña, con todos sus olores, se le metió como un huracán por los ojos y le batió el alma. Dolores sudó fría cuando vio que la niña, sentada en sus propios excrementos, procuraba salir moviéndose como una rana. Desde entonces, Rebeca no perturba a las buenas visitas ni maúlla ni salta como un anuro. Se recupera. Ha crecido y aumentado algunos kilos. Un Juez de menores ejerce su custodia mientras sus padres pagan una fuerte condena.


Vida milagrosa
Cirujanos obstetras extrajeron a Lazarina del vientre de su Madre en un parto nada normal. Había sido gestada ella fuera del útero. Los médicos explicaron entonces que el óvulo después de haber sido fecundado retrocedió a la trompa de Falopio y dejó el sistema reproductivo a través de una apertura entre la trompa y el ovario. Fue indudablemente un extraño caso como extraña igualmente fue su virtual muerte y resurrección. Tenía 25 años cuando Lazarina visitaba el Cementerio invitada por su Padre y éste le disparó con un arma de fuego al tiempo que la acusaba de haber deshonrado el nombre de la familia al tener relaciones amorosas nada convencionales. Del suelo, desplomada, el Padre la tomó. La arrojó al fondo de una tumba recién abierta muy cercana y la cubrió creyendo que estaba muerta. Varias horas después, un aterrado Celador comunicó a la Policía que había visto moverse la tierra de una tumba. Lazarina había recuperado el conocimiento y pugnaba por salir de aquel infierno.

El Muchacho aquél
Hace unos cuantos lustros que vivo buscando en la niebla del recuerdo un forastero que vivía en mi patria ensangrentada y me salvó la vida. La República sucumbía bajo la carcoma de las guerras fraticidas. Apenas tenía once años. Era un lugar pintoresco de la ciudad y una torre con un tanque de agua donde había refugiados de las explosiones mortíferas. Al fin sucedió lo que entre rezos y llantos todos temíamos. La torre se desplomó de un cañonazo con su inmensa ola y una corriente me arrastró hasta un río cercano. Un hombre largo y blanco, con un gordo morral y un fusil, me rescató de la corriente. Mis piernas las sentía y veía desechas entre sus brazos robustos y velludos. Al fin llegamos a un lugar seguro y no recuerdo en que lenguaje me dijo que era de un país remoto. Cuatro décadas han pasado. Hoy me he encontrado con un viejo soldado de la célebre Batalla de Ciudad Bolívar y él me ha puesto en contacto telefónico con otro viejo camarada que conoció la historia y me habló de de ese soldado extraño que me recató llamado José Garibaldi, descendiente de Giuseppe Garibaldi, revolucionario nacionalista italiano y líder de la lucha por la unificación e independencia de Italia.  El encuentro a distancia me ha hecho feliz. Recordamos. Precisamos detalles. Lo visitaré algún día. Quiero darle las gracias a esta edad. Le llevaré un regalo. El quizás tiene –ya me lo anunció- otro regalo para mi. Se llama “El Muchacho aquél”, un capítulo de su libro sobre la Revolución Libertadora.

Cithya, la hija de la Guaricha
Citya, -así creo que se llamaba –era de Casanare, un pueblo de los llanos colombianos cercanos al Orinoco. Su madre, al parecer, era una guaricha que la tuvo con placer de ocasión en mala hora. Citya, por lo tanto, nació en miseria y a disgusto. Su vida retozando en el seno de la madre apenas si duró siete meses, es decir, hasta que por esos predios pasó una pareja estéril que dijo ser de Massachussets y la adoptó con facilidad increíble.
En su nuevo hogar, Citya experimentaba la bondad de otro clima y todo parecía ir bien hasta que sintió la necesidad de la leche materna a la cual la tenía habituada su madre guaricha. Aquel biberón de farmacia y el seno en estación de estío de su madre adoptiva no la engañaba y Citya entonces comenzó a morirse. Los médicos que la observaron imploraron un SOS y todo el condado salió en auxilio. Mil madres dejaron por un rato de amamantar a sus hijos y un millar de biberones de leche materna congelada llegó a la casa de la niña desganada y triste. A Citya, por supuesto, le volvió el alma al cuerpo y sus padres de adopción respiraron contentos. Citya ahora evoluciona sin problemas y desde su cuna contempla con aire filosofal la enorme cava que guarda su gran provisión de leche.


Sorpresa de cumpleaños
Rodar, volar, pedalear un biciclo como el que tiene su vecinito que nunca se salta una tarde restregando su sillín. Eso era lo que el chico anhelaba porque ya estaba aburrido de esa patineta cojitranca y desgastada. De buena gana la metería en el aljibe del patio de aquella casa abandonada y cuando mamá le preguntara podría variar el cuento con el cual lo han tenido siempre engatusado: Seguro que se la llevó San Nicolás para traer de vuelta la bicicleta. Y siempre sería lo mismo: No te quejes David que Dios tarda pero llega. Y mira que un día de verdad llegó la bicicleta y su madre la guardó en la casa vecina para que de allí emergiera como sorpresa de cumpleaños. Pero la familia vecina se fue de viaje el día en que la casa de David estaba sola, por lo que no le quedó más remedio que dejar la bicicleta recostada de la puerta de la calle. Cuando David regresó de la escuela, llamó, como un buen chico, a la policía y esta de inmediato se llevo un accidentado y rodante regalo de cumpleaños.


La playa de coral
La madre se había quedado rezagada recogiendo fósiles marinos, conchas y caracoles sin vida que luego echaba en una cesta. La niña Aror se había adelantado y se hallaba distante, maravillada y detenida. Sorpresivamente se había encontrado con un banco de caracoles, algo así como un sueño de su infancia. Se imaginaba  una hawaiana ataviada de collares, brazaletes y pendientes con todos los colores de aquellos celentéreos: rosa, pardo, oro, púrpura. ¡Qué bello era el mar crepuscular sobre los arrecifes! Pero lo que más la ensimismaba era la anémona enraizada sobre el lomo limoso del caracol que a la vez servía de cueva a un cangrejo solitario. Su iluminación comenzó a volar. El mar, azul e inmenso como el cielo. La anémona como una rosa, el caracol como un asteroide y el cangrejo, diminuto ermitaño.
La madre, cuando se le acercó con toda la piel teñida de sol, no encontró semejanza alguna entre El Principito de Saint Exupery y el caracol de los arrecifes e inquirió sonriente: El Principito ¿con tenazas? Y la niña respondió con otra interrogante: pues bien, ¿con que se va a defender? Y la madre reflexionó: ¡Ah, la espada! y se acostó sobre la arena tibia mientras las olas se deshacían en espuma contra la plantas de sus pies. Entonces recordó las clases de biología y trató de explicarle lo que era el mutualismo y la simbiosis, pero la niña no escuchaba la rara terminología profesional sino el silencio de la anémona navegando con remos de crustáceo sobre el rielar de sinuosos arrecifes.

Suicida otoñal
Ese mal que ahora lo atormenta atenazándole un pedazo de cerebro podría ser psicosomático, como dicen los médicos que nunca le encuentran nada; pero lo cierto es que está allí como tumor maligno enervando su existencia.
Ahora que ha vivido setenta traslaciones, todo le parece sin sentido, de suerte que para él no hay otra alternativa que acortar la distancia entre la vida y la muerte. Allí esta el revólver que heredó su padre. Conserva sus proyectiles intactos y la lubricación que jamás le ha faltado.  Seguro que no lo hará fallar en el preciso instante tantas veces deseado bajo la impotencia de su edad.
Entregaría el sobre cerrado a la recepcionista dirigido al director de la funeraria explicándole los motivos de su determinación y anexándole un cheque por el valor de los funerales, de suerte que nadie pudiera condolerse de él en ese sentido, ni siquiera con un cortejo de familiares y allegados que pudiera originar una luctuosa tarjeta de invitación, pues no la había incluido en la cuenta. No deseaba una compañía que sólo fue solícita mientras gozó de juventud y comodidad.
No obstante que la amistad le fue virtualmente profusa, nunca de veras la necesitó como no la necesita ahora que ha abreviado la distancia y se encuentra frente a esa amable recepcionista de la funeraria, a quien ha resuelto entregarle también las llaves de su automóvil. Ella nada entiende y se apresura a llamar al Administrador. Justo en ese instante saca el arma y se dispara.

El bebé, el mono y la mona
El niño de tres años de edad, 15 kilos de peso y 35 centímetros de altura, vivía en un hotel de la ciudad, propiedad de sus padres y sorprendentemente tomaba aguardiente desde los ocho meses de edad, cuando sus padres comenzaron a darle en un algodón para que no llorase. Todo empezó un día cuando el bebé paseaba con su madre, vio una llamativa botella de ron y comenzó a llorar desesperadamente. Su madre empapó un algodón en el licor y se lo pasó por los labios. Entonces cesó de llorar y jamás dejó de tomar sus tragos diarios, escuchando su canción preferida: “yo bebo si, estoy viviendo, quien no está bebiendo está muriendo, yo bebo si”. Pero un día se le complicaron las cosas cuando al mono que domesticaba la familia, el niño le frotó alcohol en la boca y el cuadrumano despertó en una “nueva personalidad” o, como se dice en buen criollo, con “una mona” terrible. Los chillidos del mono que mordía las patas de mesas y sillas alarmaron a los huéspedes y transeúntes, quienes llamaron a la policía. Abiertas las averiguaciones sólo el mono fue detenido porque el responsable, obviamente, resultó ser menor de edad.

El enano más enano
El enano, a los ojos de quien lo veía, podía ser el enano más enano del mundo pues apenas medía sesenta centímetros de estatura. Había llegado al Orinoco a bordo de un barco de chapaleta como parte del elenco de un circo. Era de Budapest y había traído en su equipaje un buen abastecimiento de páprika y cebolla húngara, condimentos favoritos que lo hacían sentir bien a la hora de actuar. Asimismo una caña de pescar pues la pesca era su deporte favorito. De manera que con sus 34 años a cuesta que decía tener y luego de haber comprado ropa ligera en una tienda para niños, se fue con sus anzuelos a descubrir la fauna orinoqueña, pero tan pronto tiró su cordel se le pego un pez tan grande que lo arrastró con aparejo y todo. Su desaparición causó honda consternación en la ciudad cuyos habitantes se movilizaron a un rescate que parecía infructuoso, pero poco después un pescador de La Encaramada capturó un Lan-lau gigante y al abrirlo encontró en sus tripas al enano, quien al verse en los ojos abismados del pescador, exclamó sonriente: ¡Hola, casi me asfixio!

Ámbar se tragó a su guardián
Por su llamativo color ámbar lo distinguían en el Zoológico. Hacia veinte años que lo habían traído del África Oriental. Su cola era descomunal. Medía aproximadamente cien centímetros y terminaba en una borla. Un día ingrato, después de solearse sobre una roca, se oyó su estentórea voz y cuando los visitantes se acercaron a la reja, el león doblaba con una garra la cabeza del Guardián al tiempo que lo engullía con su innata ferocidad. Más  allá un elefante, una jirafa, un antílope y una cebra contemplaban la macabra escena y constataban una vez más la resistencia de la cerca.


Cosas de la guerra
Un soldado de la V División de Selva tras pasar la noche en un campamento se reintegró al pelotón en un sitio estratégico del combate durante El Carupanazo contra los enemigos del gobierno. Hasta cierto tiempo estuvo disparando con el fusil sostenido en sus brazos. Luego para no continuar soportando un arma que pesaba más de cuatro kilos, desplegó culata y bípode y comenzó de nuevo a disparar balas 5.56 a razón de 650 por minuto. Al final de la primera ronda se hartó de tanto fuego y se tendió en la arena. Vinieron los camilleros de la Cruz Roja y se lo llevaron. Horas después resucitó entre vivos y muertos.

El Niño prodigio
Waruma, a la edad de tres años, dominaba el inglés, el alemán y, por supuesto, su propio idioma. Resolvía complicados problemas de cálculo diferencial e integral sin ninguna dificultad y era además un excelente calígrafo que llevaba un diario donde contaba todo cuanto le acontecía. Pero Waruma tenía un problema: no le gustaba bañarse ni cortarse el pelo y creía que las nubes eran realmente de algodón y que se podía hilar ropa con ellas para vestir a los desarrapados que tanto lo deprimían. Un día para comprobarlo se fue a un Tepuy de la Gran Sabana coronado de nubes, y no volvió jamás. Su padre, un profesor de la Universidad de Oriente, al darse cuenta de la increíble aventura de su niño, se compró un telescopio y desde entonces lo busca desde la despejada azotea de su casa.


El hombre alcancía
El hombre, desconcertado por lo que leía diariamente en los periódicos, terminó desconfiando de los bancos y cajas de seguridad que la propaganda comercial ofrecía como invulnerables. De manera que, para mayor tranquilidad, según suponía, se fue tragando sus ahorros moneda tras moneda hasta llegar a una cifra que al final sirvió para pagar la clínica y al cirujano.


Burro travieso
El campesino no trabajó la tierra ese día sino que montó en su burro y se vino al pueblo a cobrar un crédito que le había otorgado el Instituto Agrícola y Pecuario del Estado. Después de cobrarlo se relajó dando vueltas por la ciudad. De pronto sintió ganas de animarse y entró a una Cervecería del Paseo Orinoco. Ya de regreso y con el Sol transfigurado en crepúsculo no aguantó el trote del burro y se puso a descansar bajo la exuberancia de una Ceiba. Cuando el Astro Rey reapareció encandilando su rostro, sintió un cosquilleo en el lado de la faltriquera. Entonces vio cómo el burro tenía pedazos de billetes en el hocico y rebuznaba con deleite.


Afición borrica
Mi abuelo tenía un burro que montaba los domingos para ir de paseo. Pero el borrico cada vez que escuchaba música grabada o en vivo venida de algún lugar, se estacionaba y negaba a reanudar la marcha hasta que la música terminara. Un día mi abuelo decidió llevar a su Platero a disfrutar la retreta y éste, no satisfecho con escucharla como todos los demás, entró a la Plaza Pública y se puso con su batuta a dirigir la orquesta.

Genocidio
Una vaca descarriada pasó casualmente por el Matadero y vio cómo su raza era víctima del genocidio más espantoso. Horrorizada por lo que había visto se reintegró de nuevo a su rebaño y por la noche se produjo una consternada conferencia que culminó con la ruina del hacendado, pues todas las del rebaño se refugiaron en la Embajada de la India.


El loro de oro
El dueño de un bar, desesperado por la cuenta telefónica, se compró un Loro que enseñó a gritar como charro tapatío mientras lo alimentaba con cerezas de los cócteles que dejaban sus clientes. Cuando a uno de ellos se le ocurría usar el teléfono el papagayo se le ponía eufórico y la comunicación se interrumpía. Más tarde se descubrió que el tono del grito del loro ebrio se ponía en la misma frecuencia de instruir a la Computadora para que desconecte la línea, registre el tiempo y haga el cálculo para la cuenta.


Problema de cerrajería
Inocencio, para asunto muy particular, logró una audiencia con el Prelado de la ciudad y observó, lleno de curiosidad, colgando en una de las paredes del Palacio Arzobispal que el Escudo del Papa exhibía dos llaves cruzadas con idénticos dientes. ¿Cómo pueden ser idénticas las llaves del Paraíso y del Infierno? Se preguntó y preocupado abandonó el Palacio. Se fue a la Biblioteca e identificó las llaves como las mismas. Volvió a pedir otra audiencia, esta vez para discutir con el Arzobispo el asunto, pero un sacerdote oportuno apaciguó su agobio: “No habrá equivocación cuando mueras porque ambas llaves son del Paraíso”.


Libre por amor
No era mortal su pecado, pero la castigaron con cárcel y presa quedó con todos sus seductores atributos. Tenía unos ojos mágicos y eróticos y una piel de ámbar que sacaban al Guardia Civil de juicio. Una noche de connivencia y para mayor emoción, Día de San Valentín, ambos salieron furtivos a desafiar los lugares nocturnos de la ciudad abierta, pero cuando él se quedo dormido en la cama del Motel, ella irremisiblemente se volvió golondrina.

El fantasma del riñón
Nunca antes había alcanzado a saber de la importancia funcional del riñón ni de lo que se podía padecer por una falla renal, hasta que aquellos dolores acompañados de fiebre obligaron al Nefrólogo a practicarle diálisis por algún tiempo y finalmente a sustituirle su víscera por la de un donante muerto. Lo que jamás pudo corregir después el eficiente Nefrólogo fueron las alucinaciones del paciente en las que se sentía atacado por el fantasma del donante.


El contador de estrellas
Harto del Acreedor que persistentemente lo conminaba a pagar, el Deudor decidió cancelar su cuenta acumulada, pero de manera que pasara trabajo contando lo que tenía que pagarle. Así que se las arregló para convertir 14 mil bolívares en centavitos que distribuyó en manejables talegas. Luego se presentó a la casa del implacable cobrador y éste al ver los pesados bolsones se sorprendió, pero luego esbozó una sonrisa placentera porque, pensándolo bien, contar monedas hasta cierto punto, venía a ser casi lo mismo que su insólito hobby de contar estrellas.


La tentación de amar
El Sacerdote inició la lectura del Evangelio, luego terció la cinta roja sobre el libro abierto y se dirigió a los fieles con voz pausada que gradualmente fue tomando calor hasta resonar en el sagrado recinto. Los fieles escuchaban, de pie unos y sentados otros, el sermón de aquella mañana fría que enfatizaba constantemente: ¡No te me declares! ¡No te me declares! Repetía el sacerdote y los feligreses persignándose se miraban entre sí como tratando de percibir un gesto delator, algo así como una mano temblorosa, una lágrima de aflicción, hasta que una candorosa niña cayó desvanecida en este pasaje del sermón: “…y aunque las frases epistolares de la joven son de buen trazo, mucha limpieza y pureza de sentimientos, no me dejaré seducir por esas tentaciones”.

Jueces sin sesos
Su intuición le advirtió que perdería la custodia de sus dos hijos, por eso, el día de la audiencia, se presentó ante los jueces que habrían de sentenciar y cuando éstos se pronunciaron, se levantó impulsivamente, desenfundó un cuchillo de carnicero de 230 milímetros, lo clavó dramáticamente sobre una mesa frente a los dos jueces y luego le lanzó trozos de sesos gritando: “un poco del cerebro que les falta”.




Matrimonio luctuoso
El padre no quería perder a su hija ni siquiera en matrimonio.  Separarse de ella por cualquier motivo equivalía a la muerte, de manera que cuando supo que su hija eligió casase con el pescador que había conocido en un festival de la Universidad, se puso furioso y publicó una nota necrológica en el periódico local invitando a sus amigos a los funerales. Ella, ni corta ni perezosa, tras casarse en la ciudad  donde estudiaba, retornó a su pueblo a pasar la luna de miel e igualmente publicó otra nota luctuosa agradeciendo a quienes habían asistido a sus “funerales”.


El Pájaro de siete colores
Juan se levantó muy temprano.  Se fue a pescar a la orilla del río Orinoco y capturó un pez bonito, pero extraño.  Tenía el dorso verdoso y los flancos más claros y con una banda irisada que recorría todo su cuerpo. Presentaba numerosas manchas negras en el dorso, los flancos y sobre las aletas. Su tamaño era de unos 30 centímetros aproximadamente.  Un pescador que pasaba cerca, lo vio y también quedó sorprendido pues tenía todas las características de una trucha coloreada que sólo se encuentran en algunos lagos y arroyos de regiones frías.  ¿Cómo pudo llegar o penetrar hasta el Orinoco? Se preguntó el pescador ribereño y continuó meditabundo su camino.
Juan, un poco confundido,  devolvió su presa al río pues no valía la pena sacrificar un pez tan bonito y se fue caminando hasta un conuco ribereño donde la siembra de patillas estaba a punto de cosecha.  Quiso apaciguar su sed y tomó una de ellas aprovechando la soledad de una naturaleza apenas habitada aquella mañana por espantapájaros.  ¡Qué deliciosa estaba aquella sandía cuyos colores asociaba con los de la extraña trucha pescada en el Orinoco!
Prosiguió su aventura matinal río arriba, se internó por un recodo que conduce a una laguna circundada por piedras gigantes.  Trepó una de ellas y desde lo alto casi se cae del susto al ver una culebra Boa, mayor de dos metros, con el dorso de color anaranjado, irisaciones color perla y  grandes anillos irregulares de color pardo. La cabeza grande, los ojos pequeños y las escamas que cubren el cuerpo, lisas y brillantes.
-Hoy es el día de las cosas más extrañas! -pensó para sí y aguardó que la serpiente desapareciera para él hacer lo mismo: desaparecer de aquel lugar enmarañado y pedregoso.  Tan pronto descendió de la piedra, corrió y se extravió por un pequeño bosque perturbado por la algarabía de una bandada de loritos australianos que se habían escapado de la casa de un hacendado de la ciudad.  Que coincidencia, los loritos tendían a parecerse por sus colores a la trucha y a la serpiente pues sus colores eran muy llamativos.  El pico y el pecho amarillo rojizo, el dorso verde y la cabeza y el abdomen azul cobalto.  Quiso cazar uno con su gomera, pero no fue posible.  Los loritos raudos emprendieron el vuelo y dejaron atrás una estela de hojas secas desprendidas de los árboles.
De vuelta a casa, Juan contó a su Madre la aventura mañanera y por la noche tuvo un sueño muy largo y también lleno de sorpresas.  Soñó con un pájaro de siete colores surcando con su cola la mitad del cielo
-¡Un pájaro de siete colores! ¿Cómo es eso, Juan? -exclamó la madre tan pronto terminó de oír el cuento del muchacho recién levantado y todavía soñoliento.
-Y ¿cómo eran los colores?
-Rojo, anaranjado, amarillo, verde, azul, índigo y violeta.
-Caramba, qué maravilla. Y hacia dónde volaba ese pájaro multicolor y tan enorme, hijo mío?
-No volaba, madre, estaba como estático cubriendo buena parte del firmamento.
El diálogo no pasó de allí y por la noche, Juan volvió a soñar con el pájaro de siete colores.  Esta vez no comentó nada, se puso su franela, también su gorra, su gomera de cazar pájaros e iguanas y muy temprano se fue subiendo hasta la cumbre del Cerro La Esperanza.  Comenzaba el mes de mayo y en la madrugada había llovido, signo de que ya comenzaba la estación lluviosa.  El Sol muy cerca del horizonte por el naciente penetraba sus rayos en las gotas de lluvia en suspenso y una banda policroma como la Boa que  comenzó a extenderse en el cielo sorprendió a  Juan, quien  abrió los brazos y exclamó:
-         ¡Oh, Madre,  aquí está.  Aquí está mi pájaro.  El pájaro de siete colores!
En ese momento su Madre no podía oírlo, pero más tarde el le reveló la realidad del sueño y la Madre le contó el cuento de sus abuelos.  Un cuento alado que viene de los griegos, según el cual esa banda policroma que él había confundido con un pájaro era el “Arco iris”, mensajera del Olimpo para transmitir los divinos mandatos a la humanidad, por lo que los griegos  la consideraban una consejera y una guía. Viajando a la velocidad del viento, podía ir de un extremo al otro de la tierra y también al fondo del mar. Iris aparecía entonces representada como una hermosa joven, con alas y con ropa de colores brillantes y un halo de luz sobre su cabeza, atravesando el cielo con un arco luminoso.

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