viernes, 28 de junio de 2013

SERES EXTRAÑOS QUE DIVAGAN Y CAMINAN


En la Ciudad Bolívar de hoy y de ayer hay y hubo seres que con su comportamiento fuera de lo racional y convencional mantienen alerta una memoria colectiva que se cuida en cada trance, hasta con el recurso de la jocosidad, de no dejar caer las máscaras de sus egos.


Wito, pelotero y radioescucha
Toribio Antonio Guerrero (Wito) fue siempre de color oscuro  y de pelo corto ensortijado. Nunca pudo desteñir su piel como Michael  Jackson porque sus únicos ingresos los determinaba el “martillo” y porque en sus interminables caminatas por calles y avenidas de la ciudad, jamás quiso nada con la umbrella que se añeja en el baúl de los Guerreros, ni siquiera con su gorra de L. fielder.  De esa gorra se desprendió aquel día de estudiante de la escuela Félix Montes en que al lanzador Cachimbo le salió la curva tan alta y adentro que le tocó en lo más sensible de la testa y lo dejó desprovisto de  conciencia o para seguir a Khalid Gibran, de sus egos o de algunos de sus egos. Quisiéramos creer en Khalil Gibran y suponer que a Wito le faltaba una de sus siete mascaras de cuerdo porque ordinariamente, aunque jamás lo vimos ni tan siquiera con un radio transistor, estaba al día con los programas de las emisoras, especialmente de farándula y deporte y de ello puede dar fe un consumado hombre de radio llamado el Chino León. De todas maneras, el 21 de agosto de 1953, Wito cumplió su primera hora de edad con un solo llanto que le ha valido por todos los llantos que deparan los sinsabores y reveses de la vida porque, Wito, desde entonces, no lloraba. Nunca más lloró aunque tampoco reía, simplemente hablaba con espontánea locuacidad al comentar algún espectáculo del día. Wito conocía y lo conocían y nadie le era indiferente. La ciudad era suya y de sus pies alpargatados. Pensini Fleury le habría pronosticado larga vida porque  según el farmaceuta “correr es vivir” y aunque Wito no corría como en sus viejos tiempos de pelotero, caminaba tanto y tanto que para él caminar era correr pues tan pronto estaba en Rondinela como unas cuantas leguas más allá donde fuese posible encontrar un amigo, un conocido o un personaje popular con el cual entablar una conversación muy breve y suigéneris pues consistía en preguntar e informar sobre temas que estaba seguro interesaban al interlocutor que conmovido lo retribuía.
Pero quien en realidad ganaba a Wito devorando caminos era Pecheche.  “Caminante no hay caminos, se hace caminos al andar”  Pecheche hacía caminos porque adoraba las distancias, ida y vuelta sin cesar podía ir de Ciudad Bolívar a Upata tomando la vía de Caruachi casi sepultada hoy por la represa.
Carretera polvorienta durante la canícula del verano y fangosa durante la estación lluviosa, el incansable Pecheche la cubría a paso raudo con un abultado guayare minero tercio en la espalda, divirtiéndose con los cocuyos y aguaitacaminos de la noche y los pájaros cantores de la aurora.
Pecheche apenas descansaba de su interminable jornada y cuando lo hacía era debajo de la anchurosa sombra de alguna Ceiba del camino. Luego reanudaba su paso apresurado, cuando quien iba por algo que siempre estaba infinitamente fuera de su alcance.
Estos personajes de la picaresca angostureña, eran muy pacíficos y decentes.  Nunca se les oyó una grosería y tampoco los muchachos lo molestaban. Distinto era “Vorágine” que las soltaba como un remolino impetuoso. Jamás en esta  ciudad hubo tantas groserías juntas.  Sus labios eran la boca de un volcán dormido bajo las sombras de los portales y, por allí, cuando lo jorungaban y despertaba, salía la violenta tufarada restregando humo y ceniza ardientes sobre la piel de culpables y desprevenidos.
De alguna parte oculta gritaban !Vorágine! y el torbellino de malas palabras alcanzaba hasta las Madres querían hacerles ver a sus hijos incorregible que Vorágine era “El Coco” y, en definitiva, a quien el vulgo creía loco hasta el punto de esgrimir con frecuencia la burlona admonición de “ese esta más loco que Vorágine”.

Carlos Argenis Durán  y Baduel Parra
 “El camino más largo comienza con el primer paso”, solía decir el increíble Kaliman.  Faltaría saber en el caso de Carlos Argenis Durán y Baduel Parra cuándo dieron el primer paso en ese largo camino que no los deja o dejaba en paz consigo mismo ni con sus semejantes. Argenis caminaba y caminaba, aunque no tanto como Baduel, pero si apresurado, tal vez porque era más liviano y más joven.
Argenis se disparaba un tanto eufórico desde el sector Amores y Amoríos mostrando sus dibujos enrevesados y un tanto caricaturescos, hasta el casco urbano de la ciudad, donde terminaba regalándolos y ostentando las profesiones más relevantes y diversas, desde diputado hasta docente de la medicina psiquiátrica de cuyos conocimientos según confesaba se habían nutrido expertos como Iván Augusto Cividanes y el mismito ex decano del núcleo de la UDO, Miguel Grau, incluía también a José Luis Cestari y a los psicólogos César Avendaño y Rómulo Gipson. 
El primero de diciembre, día de su cumpleaños, doña Rosario y Diógenes Troncone Sánchez, sus protectores en cierto modo, lo obsequiaban con una torta de chocolate, precisamente cuando iba por su almuerzo generoso de todos los días.
Argenis quien ordinariamente anda o andaba de paltó y en días muy especiales luciendo una corbata que según advertía le regaló Jaime Lusinchi, comentaba  haber sido alumno de Juan Bautista Farreras aunque este había muerto ante que él naciera y haber intentado su bachillerato en un Liceo de Caicara donde cada 28 de diciembre formaba parte de la comparsa de los locos, decidiendo un día quedarse allí, aunque muy solo, para poder olvidar a sus 50 mujeres y seis mil hijos que ya no podía sostener con todas las profesiones recibidas.
            Pero caminando, caminando, Baduel Parra se los ganaba a todos en fuerza, palanca, velocidad y larga distancia. Tan pronto lo veíamos en el Mercado Periférico de Ciudad Bolívar como en Guarataro y Maripa buscando por los lados de la familia de Brisne  Parras con la que hacía buenas migas.
Baduel,  por los año sesenta, era alto, joven, elegante y estudioso, redactaba y escribía a maquina como todo un experto mecanógrafo, hasta el punto que su compañero de Partido Roger González, cuando era Presidente de la Asamblea Legislativa, lo puso de Secretario. 
De repente nadie más supo de Baduel y una noche de luna llena alguien que preguntó, encontró esta repuesta: “Esta en Bárbula haciendo un curso”. Bárbula ¡Por Dios! Donde queda eso. Estás raspado en historia. Piensa bruto, piensa, piensa con el corazón de Girardot!.. Pues bien, Baduel Parra un día se apareció hablando hasta por los codos y citando a connotados intelectuales y políticos de la talla de Unamuno, Uslar Pietri, Jorge Luis Borges y Rómulo Betancourt. El sastre Víctor Inojosa era uno de los que desde entonces le soportaba sus interminables erudiciones mezcladas con asuntos menores de la vida cotidiana.  Pero antes de instalarse en el sitio  donde podía dar rienda suelta a sus conocimientos literarios, hacía escala en la Legislatura para chequear el monto de su jubilación; después en la Casa del Partido, donde reprendía a más de uno, y en el despacho del Vicario General de la Catedral, monseñor Samuel Pinto Gómez, a quien saludaba en términos de realeza !Hola Príncipe! Y a la secretaria Iris Aristeguieta  !Hola Princesa! Al día siguiente podía elevarlos: !Hola Rey! !Hola Reina! Y el día más perturbado: !Hola Loco!” !Hola Loca! De todas maneras, Monseñor le alargaba su mesada y él abandonaba la Sacristía persignándose en vez de hacerlo antes de entrar como es costumbre.

Kalimán y el Jeque
Por las calles de esta ciudad dejaron de ser transeúntes de la picaresca angostureña, Kalimán y el Jeque, nadie sabe si fue que se murieron o se los llevaron los caravaneros, aunque el actor de teatro Gustavo Basanta nos dijo que a Kalimán lo vio sorpresivamente en una esquina de Caracas luciendo su muy peculiar vestimenta en la que destaca su informe corona de emperador que más bien parecía una tiara pontificia tachonada de zunchos  y desechos. Del Jeque, si de verdad que nadie da razón, ni sus propios paisanos aunque hay quienes dicen que fue la propia colonia árabe que lo sacó de circulación por el extraño comportamiento del personaje que tendía a lastimar el orgullo de la gran familia musulmana. Pero, ¿cuál el comportamiento extraño del Jeque? Simplemente que usaba indumentaria un tanto maltrecha, pava margariteña que lo protegía del recio sol angostureño, un repujado bolso de cuero, larga-vista blanco y una pequeña silla de extensión en el cual se acomodaba para descansar y leer el periódico.        Este Jeque trae a la memoria del colectivo la historia de un negro inglés de nombre Óscar que se lo pasaba con un tubo a guisa de telescopio sondeando el firmamento en busca del Cometa Halley aparecido en 1910.
El diario El Luchador que junto con el Bachiller Ernesto Sifontes, seguía día a día la llegada del cometa, insertaba en sus páginas todas las especulaciones de investigadores como Flanmarión y Ambrosio Paré que presagiaban calamidades que llenaban de pánico a la población.  Aquí en Ciudad Bolívar causó sus efectos y el periódicos vespertino da cuenta de lo ocurrido al negro ingles: “Así lejano como está el Halley, comienza hacer sus estragos en el cerebro y sistema nervioso de los débiles.  Tal acaba de suceder con un negro inglés de nombre Óscar, a quien una obsesión por el cometa lo ha dejado en completo estado de enajenación y con la monomanía de estar fabricando con cartón tubos en forma de cilindro para buscar con ellos a guisa de telescopio al errante viajero causante de su locura. Es preciso que la idea que tenemos de estas atrocidades  pregonada por los escritores  no ocupen en nuestras mentes sitios de importancia porque así lo débiles serán los que vengan siendo perjudicados por el visitante siderio,  que quizás no nos traiga otra cosa que momentos de distracción”.
Kalimán era otro alienado, no por el cometa Helley que nos visita cada 76 años, sino por las historietas del super héroe que durante un tiempo cautivaron a los lectores por sus aventuras épicas, misteriosas y emocionantes, aunque inverosímiles.
Según las historietas mexicanas que causaron estragos en la mente del  Kalimán guayanés, Kalimán era el séptimo hombre de la dinastía de la diosa Kalí. Hombre justo que dedica su vida en cuerpo y alma a combatir las fuerzas del mal siempre acompañado de un niño egipcio, descendiente de Faraones llamado Solín.
Los orígenes de Kaliman son ambiguos, existe un mito referente a que sería descendiente de una antigua civilización que habitaría las profundidades de la Tierra conocida como Agharta. Por otra parte, y por motivos aún desconocidos, siendo apenas un recién nacido, fue encontrado flotando en una cesta por un príncipe llamado Abul Pasha, quien lo habría adoptado como su hijo y heredero del reino de Kalimantán, ubicado en un ficticio punto de la India.
El problema del Kalimán guayanés era que en vez de un turbante con un medallón frontal usado por el verdadero Kailimán de las historietas mexicanas e incluso el de la película “Kalimán, el  hombre increíble”, usaba una corona de emperador o de pontífice tachonada de cachivaches que ponía de buen humor al más cascarrabioso de la comarca.

Antolina
Era Anna Eleanor  la esposa del Presidente de los Estados Unidos, Franklin Delano Roosvelt, pero la morena y rolliza Antolina, colmada de collares y abalorios, juraba y perjuraba que era ella y para que ninguno entrometido lo dudara, sacaba de su seno la “partida de matrimonio” y los telegramas de los giros que su consorte le enviaba y que debía cobrar en el Banco de Venezuela. Sólo que el acta o partida de matrimonio redactada en papel sellado nacional y los mensajes telegráficos fechados de Washington jamás prosperaron en la taquilla del Banco.
Antolina, siempre locuaz y animosa, discutía  con buenos argumento a quienes pretendían con sorna poner en duda sus asuntos de viuda del Presidente de una de las potencias del mundo.  Lo que nunca nadie le discutió ni puso en duda fue la muerte de su esposo ocurrida el 12 de abril de 1945. Allí estaba la foto y la reseña en el periódico que mostró a uno de los cajeros del banco cuando hizo cola y presentó por enésima vez el telegrama del giro en dólares que nunca pudo cobrar. Entonces, Antolina, en un sólo lamento se iba todos lo días al Terminal de Pasajeros a preguntar que autobús pasaba por los Estados Unidos. Al fin de tanto fastidio dio con uno que jamás pudo hacer escala en el norteño país, pues según las prodigas lenguas de este pueblo, se quedó seriamente accidentado en Bárbula.


Vorágine
Antolina que fue por vino y quebró el vaso en el camino, se lamentaba pero difícilmente soltaba una grosería como sí en de­masía las largaba Vorágine. Nunca en esta ciudad hubo tantas groserías juntas. Sus labios eran la boca de un volcán dormido bajo la sombra de los portales y, por allí, cuando lo jorungaban y despertaba, salía la violenta tufarada restregando humo y ceniza ardiente sobre la piel de pecadores y desprevenidos.
De alguna parte oculta gritaban !Vorágine! y el torbellino de malas palabras alcanzaba a vecinos y transeúntes cercanos de aquella figura a quien algunas madres querían hacerle ver a sus hijos incorregibles que era "El Coco" y, en definitiva, a quien el vulgo creía loco hasta el punto de esgrimir con frecuencia la bur­lona admonición de "ese está más loco que Vorágine".


Pecheche
Hoy cuando se ha desatado la fiebre de caminar, trotar, co­rrer, más por motivos de salud que por deporte, siguiendo la con­signa de Penzini Fleury "correr es vivir", los bolivarenses recuer­dan cómo Pecheche devoraba la distancia, ida y vuelta sin cesar, que separa a Ciudad Bolívar de la acogedora San Antonio de Upata.
Carretera polvorienta durante la canícula del verano y fan­gosa durante la estación lluviosa, el incansable Pecheche la cu­bría a paso raudo con un abultado guayare de minero terciado a la espalda, divirtiéndose con los cocuyos y aguaitacaminos de la no­che y los pájaros cantores de la aurora.
Pecheche apenas descansaba de su interminable jornada y cuando lo hacía era bajo la anchurosa sombra de alguna Ceiba del camino. Luego reanudaba su paso apresurado, como quien iba por algo que siempre estaba infinitamente fuera de su alcance.




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