sábado, 29 de junio de 2013

PERSONAJES DE LA PICARESCA ANGOSTUREÑA




Personajes picarescos nunca han faltado en los pueblos.  Y si nos ponemos en plan de alistarlos para revivirlos en su espacio y tiempo, difícilmente podrían caber todos en el escenario con sus propias y divertidas circunstancias.


Sheesssss po! Po!
 “Sheesssss po! po! repetían burlones los muchachos que bajaban por la calle Bolívar y “El Viejo Gutiérrez” se hacia el desentendido, pero por dentro estaba que se mordía de la rabia frente a la sonrisa contenidamente cómplice de Leopoldo Sucre Figarella y Jorge Huncal Ramírez, cada quien en su mesa del Bar Victoria identificado con su cerveza de botellón y media-jarra.
“Sheesssss po! po!” volvía el disparo y el hombre, con la testa de cohete a punto de estallar, respiraba consuelo cuando veía que por la misma calle subía “Manana” a colocar en la Plaza Bolívar los atriles de la Banda Dalla-Costa para la retreta y acaparaba la atención con su aspecto de oligofrénico. Pero él, en todo caso, no era diversión manifiesta para la cuerdita de estudiantes que salía del Liceo Peñalver a jorungarle los defectos a los demás, como podía ser ese otro personaje llamado “Termómetro” también flaquito, aunque no con la cabeza tubular como un cohete.


Termómetro, La  Vejuca y Tarzan Peludo
Andaba “termómetro” debido a su edad, ayudando con un bastón que habría gustoso batido contra el lomo de uno de los zaga-letones cuando le gritaban: “Termómetro ¿En cuanto esta hoy la temperatura?” , pero pudiendo, se resignaba a balbucear en forma repetitiva y poniéndose rojito como hilo de mercurio, aquel sicalíptico “coñoemadre-coñoemadre-coñoemadre”, también muy propio de Mercedes cuando le clavaban para ella el inaceptable apodo de “Vejuca” que era así como banderillazo del cual se reponía acurrucándose en los peldaños del portal de la casa esquina con Orinoco y calle Igualdad, por donde también solía pasar  a veces José Pacífico cuando descendía de su abasto al río ípara hacer alguna transacción en la playa de la Cocuyera. Su abasto estaba frente al altozano de la catedral y desee allí la muchachada le gritaba: ¡Tarzán Peludo! Y Joseíto que de veras tenía cuerpo atlético pero velludo, se hacía el indiferente, visto lo cual los muchachos le advertían: “Es contigo, Joseíto Pacífico” y él entonces reaccionaba: “Eso es lo que más me arrecha”.

Pata de palo
En la Ciudad Bolívar de los años cincuenta hubo dos porteros famosos y que indudablemente formaban parte de la picaresca angostureña.  Tales eran Cachimbo, portero de los cines y espectáculos públicos y Pata de Palo, sempiterno portero municipal.  Ambos eran arrechuchos, es decir, tenían arranques coléricos, sobremanera cuando la muchachada de la parroquia los jorungaban.
Más que por Rafael González, su nombre de pila, era más bien conocido como “Pata de Palo”, pues sufría de una canilla casi en el hueso a causa de una infección que los médicos le descarnaron.
Estuvo de portero en el Concejo Municipal durante 35 años, pero antes trabajó en la Aduana y en el primer Hipódromo, el de Santa Lucía, que tuvo la ciudad.  Se caso con una mujer –María Vallenilla- que tenía siete hijos y a todos los crió como si fuesen propios, incluyendo a Carmen Josefina, la artesana del Casco Histórico.
Excelente padre, pero tomaba casi todos los días y se volvía un arrechucho de cólera cuando los muchachos le recordaban su canilla tiesa, siempre a la vista  puesto que usaba  alpargatas y unos pantalones, ni largos ni cortos, con el ruedo por la mitad de la espinilla. “Pata ‘e Palo” le gritaban y el respondía tirando unas piedras de esas que no sólo dejan el morado sino que fracturan.
            Era la década los cincuenta  y la gente mal hablada decía que “Pata e’ Palo” se metía en el archivo y le birlaba el trago a Silvita,  que de cierto le gustaba. Era quizás su único defecto porque, por lo demás, era hombre culto y honestísimo. Acostumbrado a decir: “Yo le tengo miedo solo a dos cosas en la vida: a la fuerzas desatadas de la naturaleza y a una gran escasez de aguardientes”.
Un humorista local que escribía con el seudónimo “Lechero” en el diario El Luchador de los años 50 le hizo esta silueta: “¿Quién será? / El Trabaja en el Concejo / Sempiterno guardián, fiel y obediente / partidario tenaz del aguardiente/y tiene cara de perico viejo / cuando se rasca baja la cabeza / y la menea como una coctelera / mientras habla quedito con la acera / y le pide a media legua una cerveza / cuando no toma es una maravilla / en sus labores se vuelve mantequilla / pero cuando bebe ahí está lo malo…/ de calzón brinca pozo y alpargata / el tercio tiene falla en una pata / y por eso le dicen “Pata ‘e Palo”.

Ramón Guillén (a) “Cachimbo”
En cuanto al célebre “Cachimbo”.  Su verdadero nombre era Ramón Gullén.  Se duda si el remoquete se lo endilgaron por lo acachimbado de su figura o porque los humos de su oficio, tan estricto y severamente cumplido, se le habían ido a la cabeza. Si estuviésemos en Perú quizá habría tenido mayor justificación porque Cachimbo le dicen allá a los gendarmes y el Cachimbo  angostureño era todo un guardián  montado en la puerta. Lo cierto es que “Cachimbo” se quedó para institucionalizar la portería como un oficio que no admitía más entrada sino aquella que tuviese como contrapartida el valor realmente estipulado para poder disfrutar el espectáculo de cine, circo, teatro, boxeo, béisbol, hipismo o fiesta bailable, pues en todos parecía estar Cachimbo toda vez que para control de los pícaros juveniles, los empresarios del espectáculo, se lo disputaban con ofertas que hacían de Cachimbo el portero mejor cotizado de Venezuela.
Cachimbo significaba garantía absoluta de un balance real entre lo que ingresaba por taquilla y pasaba por la puerta. No había  por qué preocuparse si el espectáculo era gratuito o de otra condición, sólo entraba quien debía, como le ocurrió a un estudiante de apellido Carvajal cuando llegó al Estadio a la lección de gimnasia escolar. Se vio obligado a quitarse pantalón y camisa en la puerta para que Cachimbo se convenciera de que el short y la camiseta deportivas que llevaba correspondían a la escuela de turno.  


 La Loca Antolina
 Antolina era una doña rolliza, perturbadamente ingenua, activa y cargada de abalorios, a quien era fácil convencer de que ella era nada menos que la esposa viuda de Franklin Delano Rooselvelt, artífice junto con Churchill de la victoria de la Segunda Guerra Mundial. A la pobre los cuchufleros la programaban tempranito y le decían cosas por el estilo de: “Acabo de ver en el Telégrafo un mensaje donde tu esposo te hace heredera de la casa Boccardo y le ponían en las manos unos presuntos papeles de propiedad y con ellos iba y se instalaba en la Casa Boccardo, con el tema: “Esta Vaina es mía” “Esta Vaina es mía, Boccardo, dame mi vaina”.

Leticia
Leticia, una loca agradable y pintoresca, tenía su casa en la calle del Puerto de las Chalanas, de donde salía muy temprano con un ramita a castigar a los viandantes y a los carros.
A ella, de buena pinta y delgada, también la programaban los políticos para que voceara ¡Abajo Pérez Jiménez! Y cuando lo hacía la gente se ponía seria, especialmente si se veía muy cerca algún policía o militante del “Frente Electoral Independiente” (FEI) como lo fue el diputado Luis Alberto Arreaza Flores, cultivador de una pintoresca crónica en el vespertino “El Luchador” que firmaba con en el anagrama “Iztozares”. La columna periodística, siguiendo el anagrama, se llamaba “Iztosoriando”. De ella era asiduo lector Mario Jiménez Gambús y Robertico Liccioni, quien a nadie jamás  perdonó el mote de “Robespierre” porque cuando tenía copas de más no hacía sino hablar del gran tribuno francés de la época del terror. Tampoco se perdían una crónica del “Istozoriador”, el colega Jorge Romero, apodado no sabemos porqué de “Licenciado Gallináceo”, ni Víctor Inojosa, en cuya sastrería se cosía y se cortaba con tijeras de doble filo.

El Chingo Granado
Quien nunca pasó las columnas de Istozares fue el “Chingo Granado”, cantador de milongas al estilo de Carlos Gardel. El Chingo admiraba tanto a Carlitos que marcando su labio leporino, señalaba: “De aquí pa’rriba, Carlos Gardel. De aquí pa’bajo, maldito sea, el Chingo Granado.
La anécdota nos la cuenta el doctor Camilo Perfetti a quien, según información de sus compañeros de colegio, llamaban “Periche” por estar ciegamente enamorado de una de las nueve hermanas de Periche que vivían cerca del Hospital. José Luis Machado (Machadito), quien era su compañero de flirteo, siempre lo dejaba esperando pues entonces era más placentero irse en noches de luna a patillar por las costas del Orinoco.
En los primeros meses del año islas y playones se colmaban de buena cosecha de patilla y “patillando” con su grupo se hallaba un día Manolo Cisneros, arrellanado sobre la arena, llevando en el bolsillo de su chaquetón un pichón de alcaraván que había sorprendido en el camino. Pero cuando asomaba la boca en la sandía, una muchacha del grupo lo previno: “manolo, se te sale el pájaro!” y manolo olvidado del pichón de alcaraván se llevó automáticamente las manos a la bragueta.


Rafael y Manuelito Luna
En fin, una reacción bastante graciosa, pero de ninguna manera comparable con la situación vivida por el “Flaco Rojas” cuando su gran amigo Rafael, al pronunciar un discurso luctuoso en el umbral del Cementerio, olvidó que el sepelio no era de un hombre sino de una mujer: “Ha Caído un samán centenario de la selva Guayanesa….” Comenzó Rafael a tiempo que por la espalda el “Flaco Rojas: a sotto voce le aclaraba: “Rafael, Rafel, el cadáver es hembra” y entonces, con aquella solemnidad sepulcral, Rafael, engolando la voz con una inflexión quejumbrosa, rectificaba: “Rectifico, señores. Ha caído una Ceiba centenaria de la selva guayanesa…” y por allí se iba Rafael, siempre solicitado para esas penosas despedidas a las que él tan generoso nunca pudo negarse ni hilvanar sobre la marcha un discurso para cada ocasión, como tal vez, si se lo hubiera propuesto, habría podido hacerlo Manuelito Luna, intelectual y poeta a quien muchos bolivarenses de la ciudad tradicional recuerdan, sobremanera por sus salidas tan humorísticas cuando se hallaba pasado de tragos. De él se cuenta que achispado y tambaleante, cruzaba la plaza Bolívar un viernes santo, y al observarlo en ese estado, Monseñor Mejía se le acercó y lo amonestó: “Como es posible, Manuelito, que hoy día de la muerte de cristo tu andes en ese estado?” A lo que el Poeta, hipando, respondió: “Usted sabe lo que pasa, Monseñor, que cuando Cristo muere, la humanidad se tambalea”.

Félix Mejías y  Sacarías Lira
Otro que se tambaleaba en sus frecuentes raptos de bohemia era el violinista Félix Mejías, chusco y humorista como el anterior, obsesivamente enamorado de la bella María de Lourdes, a quien dedicó su nostálgico vals “El Lirio”. Achispado pero ágil de piernas estaba ese día. Todavía no había llegado al estado de tambalearse cuando allá en Soledad le presentaron al General de montonera Sacarías Lira, a quien todo el mundo respetaba y temía, sobremanera porque era hombre de armas tomar. “Mucho gusto amigo, yo soy Sacarías Lira”. A lo que respondió Félix con su violín apretado bajo el brazo: “El gusto es mío General, yo me llamo, Meterías Bandola” y se perdió antes que el hombre reaccionará y le pusiera la mano al hierro.


El Maestro Juan Mil
Juan Mil tenía su escuela en la calle Dalla Costa 14 del casco urbano de Ciudad Bolívar y de allí, al parecer, salían los niños derechitos, gracias a la forma como el maestro aplicaba su pedagogía, general en todos los planteles públicos y privados, pero que allí, era realmente más severa y opuesta a todo arte y ciencia modernos de la enseñanza.
            “Te voy a poner en la Escuela de Juan Mil” era la peor admonición contra un muchacho  díscolo, pues la especie que entonces se corría era que Juan Mil, durante los dos primeros días de ingresado, se portaba amable y generoso con el matriculado, pero al tercero, a la hora de salida y sin mediar falta alguna, cogía al alumno, lo colocaba boca abajo sobre el escritorio y le propinaba veinte latigazo, al cabo de los cuales, el niño todo lloroso se quejaba  “¿pero maestro que he hecho yo?”.  Y sonriendo Juan Mil respondía  “Si esto es sin hacer nada, imagínate cuando me hagas algo?
            El castigo humillante, el uso de la palmeta, el culto a la memoria como facultad superior de la inteligencia, eran los principales componentes de la pedagogía del pasado, no sólo en Guayana, sino en Venezuela toda y el resto del mundo, desde los tiempos medievales posiblemente.
            En Europa, por ejemplo, los únicos que no recibían castigo eran los hijos de las familias nobles porque sus faltas las pagaban otros inferiores a ellos desde el punto de vista de la sangre.  Algo parecido a “las paga peos” de las señoras encopetadas de Ciudad Bolívar y de otras ciudades importantes de Venezuela, sobremanera las  caraqueñas de alto linaje que iban a misa o  cualquier otra reunión acompañada de una negrita y cuando soltaban la ventosidad le daban un coscorrón  a la niña.
            En las cortes alemanas fueron famosos  “los niños de azote”.  Eran niños de familias nobles, compañeros de juego de los jóvenes príncipes, y cuando estos últimos se portaban mal “los niños de azote” recibían el castigo correspondiente.
            Enrique IV, quien restauró la autoridad real en Francia, dio instrucciones especiales al tutor de su hijo para que le aplicara una buena azotaina cuando el niño se portara mal.  En una carta fechada el 14 de noviembre de 1607 escribe lo siguiente:  “Deseo y ordeno que el Delfín sea castigado siempre que se muestre obstinado o culpable de inconducta; por experiencia personal sé que nada aprovecha tanto a un niño como una buena paliza” , práctica esta que hasta muy avanzado el siglo veinte sentimos en carne propia.
            Los jalones de oreja, el coscorrón, la palmeta sobre las manos abiertas, las hincadas sobre piedritas o granos de maíz o de rodillas con los brazos estirados y sendas piedras en las manos, eran castigos pautados en las escuelas primarias cuando el alumno cometía alguna travesura o no se aprendía la lección porque según el principio pedagógico de esos tiempos “la letra con sangre entra”.  En algunos casos parecía así, pero en la mayoría provocaba la deserción o la rebeldía.
            Pero, bueno, eran costumbres, reglas que no se quedaban en la mera escuela sino que iban más allá en el convencimiento de que enderezaban el comportamiento de las personas en una sociedad y cuya violación tenía como consecuencia una gran desaprobación o un castigo. La violación de las costumbres conllevaba la imposición de sanciones, tales como el aislamiento o el castigo físico. A finales del siglo XX, y especialmente, en sociedades como la nuestra, las costumbres tradicionales han pasado a ocupar un lugar menos destacado al adquirir las libertades personales una mayor relevancia.


Héctor Roldán (Doble Feo)
La gente del casco urbano de Ciudad Bolívar corre la voz en el ambiente picaresco de la tertulia: “Doble Feo se metió a brujo”.  “Doble Feo” es Héctor Roldán, hijo expósito del difunto Pancho Lusinchi, pariente cercano del ex presidente de la República, Jaime Lucinchi.
Pancho estuvo en 1930 por estas tierras de Angostura. Vivió un romance con doña Ángela Roldán y nació Héctor, suerte de Teofrasto Renaudo, padre de la prensa francesa, de quien se cuenta era el hombre más feo de su tiempo, muy poco favorecido por la naturaleza, pero compensando con relevante talento y profesionalismo en el campo del periodismo y la medicina. Roldán tampoco fue favorecido por Natura y de allí su popular cognomento de “Doble Feo” con el cual ha cargado sin complejos toda la vida.
“Doble Feo” nunca aprendió a leer ni escribir, pero lo favorece una inteligencia despierta y tan vivaz como mordaz, capaz de arrinconar al más pintado. Franco e incisivo, hubo un tiempo en que los políticos de cualquier color preferían tenerlo a su lado a pesar de que “Doble Feo” voceaba las bondades del perezjimenismo, tanto que en las elecciones del 68 salió electo concejal suplente de la Cruzada Cívica Nacionalista. Pero antes, en tiempos de Rómulo Betancourt, estuvo ganado por los sectores de la oposición radical hasta el punto de ser detenido político junto con José Díaz, Amín Inaty, Enrique Aristeguieta, Gregorio Naranjo Díaz, Teofilo Rodríguez, Fernando Marcovich, Francisco Cermeño, Cilio Montaño, Luis Alberto Gruber y Juan José Peraza.
La lengua de “Doble Feo” era implacable contra sus adversarios, especialmente cuando le tocaba pregonar, como excelente pregonero que fue, las denuncias de Tribuna Popular, Clarín, La Pava Macha  y de todo periódico de la oposición.
Tan explosivo e irreverente era el verbo de Doble Feo que hasta el temido José Antonio Grimnaldi, siendo presidente municipal, lo nombró fiscal del alumbrado público para ver si lo aplacaba y el chino Lima Ostos, enfant terrible de los adecos, lo nombró su chofer cuando comenzó a ejercer la presidencia de la Asamblea Legislativa. Pero muy poco tiempo duró como chofer, pues Doble Feo no conducía sino a 40 kilómetros por hora y hay que ver lo larga que son las carreteras del interior.
Pero el terrible Doble Feo sólo estuvo activo y fogoso hasta los 70 años, ya entonces no estaba para esos ajetreos ni para servir de pregonero ni de pulidor de carros que de esta tarea vivió un tiempo. Ya no estaba a esa edad para cuadrarse con la mejor oposición ni echar sapos y culebras contra la Electricidad porque alguna que otra calle estaba como boca de lobo. Doble Feo se replegó aunque la picaresca citadina solía decir que “se metió a brujo” y para verificarlo fuimos a su casa de la calle Las Mercedes, cercana a una funeraria. Doble Feo seguía allí con su voz alterada, casi invidente. No quería saber nada ni de nadie, pero aclaró lo de brujo.
El rumor venía porque un buen o mal día le prestó la casa a un señor venido de Amazonas que supuestamente hacía milagros con ritos, raíces, yerbas, cortezas y ungüentos de animales utilizados por los chamanes. De manera que la cola de gente, por algunos días, se hizo interminable como interminable la especie según la cual “Doble Feo se metió a brujo”. Pero Roldán la verdad es que estaba solo, enfermo de la vista y deprimido por los ofrecimientos de una pensión que nunca llegó.

El cieguito Graterol
Antonio Graterol era un viejo alarife angostureño que no obstante su ceguera y lo avanzado de su edad, transitaba sin necesidad de lazarillo, las empinadas calles del Casco Histórico de Ciudad Bolívar.
Graterol confesaba conocer  puntos de Guayana donde los colonizadores dejaron tesoros, pero con tan mala suerte que jamás pudo dar con ninguno de ellos, no por falta de voluntad pues siempre la tuvo, sino porque perdió el sentido de la vista al caerse del techo de la Casa de la Cultura cuando reparaba varias tejas rodadas que producían goteras inmensas en tiempo de lluvias.
Confesaba conocer los lingotes de oro guardados bajo siete puertas en las subterráneas galerías de El Cuño de Curiapo. Ramón Alcocer, dueño del hato San José, decía que podía dar fe de lo que afirmaba.
“En la isla El Degredo del Orinoco igualmente hay cinco cajas de morocotas enterradas por el general Vicente La Rosa y en Real Corona, al Sur de Moítaco y a 70 Kilómetros del cerro El Trueno, es más grandiosa la fortuna”.
Graterol que practicaba el espiritismo e invocaba el alma de los difuntos, informaba haber tenido del más allá la información relativa a esos tesoros y si no había podido encontrarlos era porque siempre que viajó en procura de ellos, tuvo algún inconveniente grave como, por ejemplo, el de la invidencia que le cortó de tajo toda posibilidad.

Carlos José  Barreto (Chivo Negro)
Su apodo de “Chivo Negro” tenía más fuerza que su legítimo nombre de Carlos José Barreto. Igual que lo sucedido al periodista anecdotólogo Oscar Yanez, quien coincidencialmente calzaba el mismo cognomento. Pero Barreto estaba distante de ser un macho cabrío con la pelambre de la noche, mejor quizá una cabra tirando siempre al monte, vale decir, obrando de acuerdo a su naturaleza y su naturaleza truncada a comienzos del 97 era la de un personaje con mucha gracia, con mucho ritmo, espontáneo y servicial.
Lo conocí más de cerca cuando siendo David Natera presidente de la Asamblea Legislativa me pidió acompañara a la restauradora Lourdes Tosta Zamora, quien iba a hacer un diagnóstico del cuadro de Miranda pintado a fines del siglo pasado por Arturo Michelena y el cual se halla en la alcaldía de El Callao. Chivo Negro era el conductor del carro presidencial de la Asamblea Legislativa y la gracia interminable de su conversación y de sus respuestas me hizo pensar que en carretera larga no podía haber pasajero que se durmiera con Chivo Negro al lado. Era un conversador con exquisito dominio del entorno y una forma muy popular y coloquial de expresarlo. Lourdes, cada vez que me llamaba desde su residencia en Caracas, lo primero que hacía era preguntarme por dos personajes: Doble Feo y Chivo Negro como que eran ellos dos la mejor representación de la picaresca citadina.
De baja estatura, podía distinguirse sumido en una multitud, por el sonido peculiar de su voz o el de su música acosando al ritmo del bongó.
Carlos José Barreto, de los predios de Puente Gómez, cuando accidentalmente encontró la muerte, hacía tiempo se había mudado hacía las afueras de la ciudad buscando para su mujer e hijos la tranquilidad bucólica que ya no podía ofrecerle el San Rafael estancado y contaminado por el crecimiento urbano de la ciudad.


Paulina La Rosa
Paulina era hija única del general Vicente La Rosa, quien se distinguió en la Batalla de Ciudad Bolívar en 1903 por haber tomado el Fortín de El Zamuro con catorce hombres descamisados.
Este General ciprianista era el dueño de la Isla El Degredo y luego de su muerte, quedó allí Paulina, íngrima, cuidando presumiblemente el tesoro que según el cieguito Graterol se hallaba enterrado. En ese islote del Orinoco vivió solitaria durante cuatro decenios rodeadas de animales domésticos, atendiendo a pescadores, turistas y bañistas que llegaban a recrearse.  Poseía una curiara a bordo de la cual, canaleteando ella misma, iba a la ciudad a hacer mercado o a disfrutar por las noches una buena película en el Cine Royal de Perro Seco. 
El único día que la abandonó El Degreso, casi obligada, fue cuando Bolívar Film quedó autorizada para rodar la escena de un tigre cazando un venado y el cual, debidamente enjaulado, había sido traído de la selva. El felino al final tuvo que ser acribillado por carabineros de la Guardia Nacional debido a que se enfureció y amago con atacar a los cineastas Leo Azol y Paco Ortega.


Mojón de Tigre
Sebastián Torres, nacido en 1904, se le olvidó su nombre de pila porque durante medio siglo lo obligaron a responder por “Mojón de Tigre”. El apodo se lo endilgó un ganadero conocedor del ambiente felino y la muchachada lo encontró tan divertido y placentero como las barquillas que él lograba de manera artesanal antes que a Ciudad Bolívar llegaran las máquinas que utilizan heladerías, cafés y establecimientos que fabrican comercialmente los helados.
Sebastián preparaba su alimento de consistencia pastosa con leche, crema, azúcar y jugos de frutas criollas en un recipiente o sorbetera de madera de forma cilíndrica. Este recipiente dentro de otro mayor con una mezcla frigorífica de hielo comercial y sal gruesa, facilitaba la congelación de la mezcla uniforme y bien batida.
Su promedio de venta era de 200 barquillas diarias, a locha, y luego a medio, en el umbral del Colegión y finalmente del Liceo Tomás de Heres, muy cerca de donde vivía y quedó eclipsado por la invidencia y sin haber visto jamás un tigre menos su excremento con el cual le encontraron parecido.

Otros personajes
Las generaciones de los últimos cincuenta o sesenta años posiblemente no conocen o conocen muy poco de personajes populares tipos vinculados a la peculiar sociología bolivarense.  Generalmente las actuales generaciones recuerdan y dan cuenta y hasta tributan de alguna manera homenajes a los personajes populares que conocieron a partir de su infancia, pero los que van quedando muy atrás de ellos, lamentablemente, nadie o muy poco se acuerdan.  Pero aquí están algunos otros extraídos de las amarillentas páginas de publicaciones que desde hace rato perdieron vigencia en la ciudad.
Personajes populares de otros tiempos en Angostura del Orinoco (Ciudad Bolívar) fueron el guitarrista y cantador Luis Tovar Guerra, quien significó para los guayaneses lo que después fue don Alejandro Vargas. Merced Ramón Mediavilla, capitán de comparsas y bailes folclóricos como El Sebucán (El tejer el Sebucán / es una facilidá / pero para destejerlo / ahí está la dificultad), el Pájaro Guarandol (En las calles de Angostura / mataron al Guarandol / y del buche le sacaron / la bandera tricolor), la burriquita joropera, calle arriba y calle abajo en tiempos de carnaval cuando Perro Seco jugaba con maicena y agua de olor y la clase media de Santa Ana asomaba por las mil ventanas para ver desfilar a los diablos armados de tridentes, a la muerte pintada de cal y a la Colombina con su careta intocable procedente de la Alamedala Ciudad Perdida.
Roseliano, el insigne maraquero que venía de Loma del Viento todos los años a pagarle promesa a la Cruz de Mayo igual que  de Barlovento Facundo Bello, insuperable con la bandola.  La Negra Cristina con su cofia y bucles de miel quemada, vendedora de granjerías como suspiro, tirones, gofio y “marialuisas”.
            Entre esos personajes destaca también Rosa Verne con su perfil de rezandera, humanitaria, enfermera de todos los males, con un corazón muy blando, pero dotada de un torrente vozarrón que callaba al más pintado. La llamaban “Lengua de pimienta brava”.  Sabía herir pero también sabía curar.  En Cerro Azul vivía un General de apellido Basalto a quien la Rosa embistió con sus espinas en medio de un escándalo general. Fue confidente del Capitán Ramón Cecilio Farreras, del Caribe Vidal y su casa fue escondite de muchos perseguidos políticos.
            La negra Melitona armada siempre de tambor, aguja y dedal, sentada sobre el quicio de alguna casa importante de la ciudad, tejiendo o bordando su vestido de novia rosa. Como Penélope a la espera de Odiseo que nunca llegaba.  Lo que tejía de día los deshacía por la noche. 
            La Guaniquera Ramona, negra de respuestas rápidas, con su canasta de frutas muy cerca de la algarada escolar ofreciendo ciruelas, nísperos, mamones,  anones, mangos, mereyes y pomarosas. 
Rafaelito, el moralista, retaco, vivara­cho, entrometido, hablador de las mujeres in­fieles, de las que practicaban el amor libre y se hacían pasar por puritanas. Den­tro de su menuda humanidad encerraba un mar de reproches contra la moralidad mal habida. Era terco y porfiado como el que más y en cada esquina domina­da por algún grupo era el anima­dor de la tertulia. No era un vulgar charlatán sino un pícaro travieso, sin vicios y sin pen­dencias, que sabía hacer amistad con todo el mundo. Siempre, fue "Rafaelito" para todos los de la ciudad. Por eso cuando se corrió la noticia de que Daniel Rafael Morante lo había arrollado moralmente un sutomotor, pasó ca­si inadvertida. Después se cons­tató que era "Rafaelito", el in­quieto Daniel de La Alameda que alternaba su buen juicio de diligente trabajador con el de la broma, el chascarrillo y la picardihuela.



2 comentarios:

  1. Muy buenos articulo megusto el de doble feo, que en paz descanse. Tuve la oportunidad de conocerlo y era un señor de mucha ética y educado aunque se ponía de mal humor si le decías doble feo

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  2. Muy buenos articulo megusto el de doble feo, que en paz descanse. Tuve la oportunidad de conocerlo y era un señor de mucha ética y educado aunque se ponía de mal humor si le decías doble feo

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