jueves, 27 de junio de 2013

ANÉCDOTAS DE GUAYANESES PROMINENTES


El anecdotario guayanés es muy rico y abundoso y aunque permanece inédito por falta de recopilación intelectual, es posible una manera como ésta que nos atrevemos  sin licencia insertar en este libro de mitos, cuentos, leyendas y realidades.

Soto y su museo
Jesús Soto, fue monaguillo de la iglesia Santa Ana, ubicada en dirección diagonal a su antigua casa.  En cierta ocasión el párroco Rafael María Villamil, consciente de la situación económica de su familia le propuso a Emma Soto, madre del artista, que lo enviara al seminario. Pero Soto se puso muy triste porque según contaba, “no me imaginaba cura porque me gustaban mucho las mujeres”.
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Cuenta Ariel Jiménez en su libro “Conversaciones con Jesús Soto” que en el curso de una entrevista, el Maestro recordó  la alucinación visual que tuvo  a causa de unas fiebres muy altas que le hacía percibir “algo muy extraño, pero que me fascinaba y me producía un gran placer, hasta el punto de que no quería que mi mamá me curara, para poder verlo".   El artista confesó que "la visión consistía en que, observando a una persona, de repente la veía reducirse rápidamente hasta convertirse en un pequeño punto luminoso. Ese punto crecía luego hasta restituir la imagen de la persona. Eso lo veo claramente como si fuera hoy".
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En una de sus frecuentes viajes a Ciudad Bolívar, Soto visitó la Panadería “Deli-Pan” donde se encontraban desde temprano varios paisanos, entre ellos, Antonio López Escalona y el Morocho Porras, con los cuales entabló una amena conversación en la que no faltó el tema de la muerte, lo cual permitió a Soto decir que había pedido a su esposa e hijos que si moría en Francia fueran sus restos  trasladados e inhumados en el Cementerio Centurión de Ciudad Bolívar.   “Ni se le ocurra, Maestro, porque seguro que los malandros no vacilarían en violar la tumba para subastar sus huesos”, le atajó el Morocho Porras.
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Y no estaba el Morocho Porras lejos de la verdad, pues en otro viaje de Soto a Ciudad Bolívar junto con el pintor Víctor Valera y el poeta Luis Pastori se le ocurrió al trío ir a una fiesta por los lados de Vista Hermosa, pero luego por cierto imprevisto se dispersaron y cada quien trató de regresar a su hotel.  Luis Pastori se extravió y preguntó a un individuo por las inmediaciones de una Estación de Servicio ¿Cuál vía tomaba para llegar a su hotel?  El hombre le respondió que mejor preguntara a un agente del orden público. “Pero, señor es que no he visto a ninguno a 300 metros a la redonda”.  “Ah, pues entonces dame la cartera” dijo amenazándolo con un revólver.
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Soto estuvo siempre arraigado a las costumbres culinarias de su tierra, tanto que cuando llegaba a Venezuela procedente de Paris, tomaba la cola en cualquier aeronave de Avensa hasta Ciudad Bolívar a comprar casabe de Guasipati y queso de San Antonio de Upata, en el negocio de la Señora D´Pace y en el mismo avión, en cuestión de minutos, regresaba a Caracas.
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Era Soto un enamorado de las Ceibas que ahora la mano siniestra de los depredadores ha ido desapareciendo de Ciudad Bolívar.  Una tarde mientras con Juvenal Herrera tomaba vino Don Periñon, sentados en el quicio de la puerta del Yoraco de Cardozo Nilo, le sugirió a Américo Fernández, quien formaba parte del trío, que trasplantara una Ceiba que estaba naciendo en el solar de enfrente al patio de la casa de su madre Doña Enma.
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Un día de esos preferidos por el maestro Jesús Soto para visitar Ciudad Bolívar, se hallaba ante una de sus obras en el Museo,  explicándole ciertos aspectos a varios artistas jóvenes de la localidad, mientras en la misma sala formando otro grupo, en tertulia muy familiar aderezada con ciertas jocosidades, se hallaban los poetas Mimina Rodríguez Lezama, José Sánchez Negrón y Elías Inaty.  De repente se les acercó Soto nada amable y los sorprendió: “El día que ustedes interpreten esta obra mía, escribirán mejor poesía”.  Todos se quedaron boquiabiertos hasta que el poeta Sánchez Negròn exclamó a la chita callando: “Contrataré al mejor crítico de arte moderno, sólo para mi, los demás que se resuelvan”.
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Leopoldo Sucre Figarella, recién nombrado Presidente de la CVG, resolvió visitar, sin previo aviso, los trabajos de ampliación del Museo Soto y, en traje de faena, calzando botas altas, subió los escalones  pulidos de madera y entró en la amplia oficina administrativa sorprendiendo a la directora del Museo, Gloria Carnevali y su asistente la periodista Silvia Jastran, quienes casi se desmayan al sentir las zancadas estruendosas de Leopoldo estremeciendo las obras de Kandinski, Vasarelli y Paúl Klee.
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 Al periodista Guillermo Segundo Croes, Corresponsal de El Universal y Jefe de Prensa del Ejecutivo, le tocó cubrir una visita del Gobernador Oxford Arias a Upata en aquellos días en que la prensa nacional y local hablaban frecuentemente del pintor Jesús Soto, de sus estructuras cinéticas y la donación de su pinacoteca parisina para la creación de un Museo de Arte Moderno en Ciudad Bolívar.  Soto aparecía en las gráficas periodísticas con melena y bigotes, esbozando un parecido con el periodista Guillermo Segundo Croes, de suerte que la confusión para muchos fue evidente y se puso de manifiesto durante las caminatas del Gobernador por las calles del Yocoima, pues los upatenses abordaban a su jefe de prensa con inusual curiosidad, le sonreían admirados y le pedían firmara o trazara rayas en cualquier papelito.
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Soto, amigo de Alfredo Sadel, lo invitó para que lo acompañara a Ciudad Bolívar y estando ambos de visita en la casa del doctor Elías Inatti, a Sadel se le presentó un percance:  No podía cantar porque sentía un oído tapado.  Inmediatamente Elías lo llevó al consultorio de su colega Vinicio Grillet y éste los recibió con una botella de güisqui.  Sadel reaccionó, “Doctor, yo no vine a tomar güisqui sino a ver que tengo en el oído”.  “No se preocupe que lo va a necesitar” respondió Grillet y le aplicó el scopio.  Ven a ver Elías y Elías dijo que veía una nube azulada.  A lo que de seguida pensó en voz alta Sadel: “Debe ser el jabón azul con el cual me baño”.


Leoni, el Presidente bueno                    
Con el fin de solicitar la liberación Gustavo Machado, quien aun se encontraba detenido en el cuartel San Carlos, los grupos de izquierda designaron una comisión de Notables, de la cual formaban parte Miguel Otero Silva, Miguel Zúñiga Cisneros, Joaquín Gabaldón Márquez,  Reinaldo Cervini y José Agustín Catalá. A este último le toco pedir la audiencia al presidente de la República, Raúl Leoni, quien le preguntó. ¿Que vienes hacer para acá con esa gente?  ‘’Bueno’ chico -respondió Catalá-, a saludarte, a felicitarte’’. ‘’Entonces vengan esta noche  -prosiguió Leoni- pero eso si, a las 8.00 de la noche, no me vengan antes’’.  Cátala se comunicó con el resto de los notables y se puso de acuerdo para llegar a Miraflores a la hora acordada. Gabaldón Márquez fue el primero en hablar, y le dio una explicación del caso de Gustavo, el tiempo que tenía preso. Leoni dijo. ‘’Ustedes están haciendo una historia de Gustavo Machado y yo la conozco más que ustedes. Han terminado elogiándolo y no han terminado de decirme lo que quieren. ¡Quieren la libertad de Gustavo Machado! En vez de comenzar por ahí. Bueno, esta concedida’’. ¿Y para cuando? , preguntó Cátala. Eso ya esta listo –dijo Leoni- ya lo mandé para la casa, vayan a verlo allá’’.


Bolívar habla por teléfono
En Miraflores había un mesonero de apellido Bolívar. Era uno de esos viejos adecos, cascarrabias, pero muy apreciado por el presidente Raúl Leoni.
Era el año 65, dicen que a las ocho de la noche, el Presidente, que ya se había retirado de Palacio, llamo desde la casona al secretario general de la Presidencia, doctor Manuel Mantilla.
-El está en la cocina -respondió el Edecán de guardia.
-Entonces páseme a la cocina.
Tomó el teléfono Bolívar:
-¿Quién habla? - pregunta Leoni.
El mesonero parece que no reconoció la voz y respondió:
-Es Bolívar señor.
-¿Bolívar, el mesonero? - preguntó Leoni.
-¡No, el Libertador, pendejo! y colgó.
Leoni volvió a llamar. Ya Mantilla había regresado a su despacho. El presidente le contó el gracioso incidente. Fue tan gracioso que Bolívar siguió en Palacio, hasta que Caldera cambió el personal doméstico.


Estamos en democracia 
Raúl Leoni quería mucho a la abuela de la esposa del escritor Eduardo Casanova, así que no era extraño que la visitara. Ya elegido Presidente de le Republica,  pero antes de asumir su cargo, Leoni- con toda su comitiva presidencial- se presenta en la casa de la dama y se encuentra con que Casanova había estacionado su vehiculo justo en la entrada. ‘’De repente -explica Casanova- se baja un militarcito, así muy, muy…. eficiente. ¡El dueño del automóvil que esta afuera que lo retire. Y por detrás viene Leoni, me de un abrazo y dice. ‘’No, no, déjalo ahí, que estamos en democracia” (Tomado del Semanario Quinto Día)

La primera mujer del pintor Otero
Alejandro Otero, el creador plástico guayanés, a quien el poeta Palo Neruda exaltó como el más importante de América, tuvo su primer sexo, según propia confesión, con una criada de su Mamá. El tenía catorce años y ella un año menos,  Una noche de torrencial aguacero mientras su Mamá visitaba una amistad vecina aprovechó su ausencia y a la luz de una vela tuvo su primer acto sexual de la manera más instintiva e inocente.  Después de ese febril y emocionante momento, la relación se hizo frecuente hasta que su Mamá decidió mandar la niña al catecismo para que hiciera la primera comunión.  Cuando se tuvo que confesar contó al sacerdote lo que pasaba entre ellos y éste no solamente le impuso una severa penitencia, sino que la alertó sobre la posibilidad de un inminente embarazo.  Esto la aterró y aunque tuviera razón, Alejandro no le perdoné jamás a ese cura que lo privase por siempre de mi primera mujer.

La tortura de los mandados

Había cosas que definitivamente no le gustaban a Alejandro Otero, por ejemplo, hacer mandados de cualquier tipo.  Le parecía que había en ello mucho de compulsivo y arbitrario, de violatorio del libre albedrío.  Siempre andaba en algo, y el mandado, sin que cupiera réplica ninguna, tenía que ser llevado a cabo al término de la distancia.
            El que menos le gustaba era el comprar leña pero tener que  cargar agua era peor.  A veces los peroles demasiado llenos pesaban mucho, y el viaje se convertía en una verdadera tortura.
            El más ridículo de todos era cuando lo mandaban, a través de todo el pueblo, a buscar un poquito de “Tente allá”.  Era angustioso, pues había que esperar angustiado algo que al final de le entregaban jamás. 

El Pataruco de Luisa Bártoli
Cuenta Alejandro Otero que en la Pensión de Luisa Bártoli allá en Upata había  un traspatio que se  perdía de vista, en el que se criaba toda clase de animales: pavos, patos, gallinas cochinos y un hermoso gallo Pataruco ciego de un ojo, pero en lugar del ojo, era un profundo e informe agujero, en el qu manaba un líquido viscoso de color negruzco.
            El pintor que estaba de visita contemplando el gallo muy de cerca y tratando de imaginar las causas de su defecto visual, saltó cuando el Pataruco se sacudió y una gota de aquel humor le cayó en la rodilla de la pierna izquierda.  Como pudo se lavó y todo el trayecto de regreso hasta su casa lo hizo obsesionado por ese olor que se desprendía de su rodilla.
            Al llegar a su casa, Alejandro no dijo nada, se desvistió y lavó a fondo con jabón, pero nada todavía.  Cada vez que se agachaba y acercaba a la cara al sitio de su preocupación, el mismo olor.  Se puso alcohol, yodo, agua, colonia, y nada.  Terminó por hacerse una llega en la rodilla que seguía oliendo tan mal como antes, hasta que se dio cuenta, el cabo de alguno días de silenciosa tortura mental, de que ese olor provenía de la suela de sus alpargatas, que o estaban suficientemente curtidas.


Antonio Lauro y Mangoré
Antonio Lauro, bolivarense compositor y ejecutor de la guitarra clásica, cuyas creaciones difícilmente que falten en el repertorio de los consagrados del mundo, cuenta la anécdota de su llegada a ese instrumento legendario de seis cuerdas.
            No ocurrió de primer momento.  Su destino parecía ser el piano y en ese ejercicio y estudio andaba cuando afinó el oído y sintió que por la radio interpretaban “Recuerdos de Alhambra” de una manera tan mágica y virtuosa que lo dejó fascinado, pero sin que por su mente pasara jamás que fuese el guitarrista paraguayo Agustín Barrios Mangoré que para 1932 era todo un acontecimiento musical en ciudades de Venezuela como Ciudad Bolívar contratado por la “Ecos del Orinoco”.  He aquí las propias palabras de Lauro:  “El anuncio de este personaje era tan pintoresco, tan de circo,  que no me entusiasmó mucho oírlo.  Días después escuché por radio un instrumento que me cautivó y pregunté cuál era, pues no era piano ni clavecín, y un amigo me dijo que era Agustín Barrio Mangoré, el que yo había visto anunciado días antes.  Me entusiasmó de tal manera, que hice contacto con él y me decidí a quitarle el polvo a una guitarra que perteneció a mi padre y me inscribí en la cátedra de música clásica a cargo del maestro Raúl Borges”.

La premonición del guitarrista
Después del 24 de julio de 1983, fecha bolivariana bicentenaria, en la que el gobernador Alcides Sánchez Negrón le impuso la “Orden Congreso de Angostura”, Antonio Lauro volvió a la ciudad a reunirse  privadamente con sus amigos y  ya libre del protocolo oficial ofreció una serenata a la madre del poeta Luis Garcías Morales y al día siguiente, su amigo Salomón Martínez, alquiló una avioneta y lo llevo a Canaíma, parque del que mucho había oído hablar, pero que desconocía no obstante su abolengo bolivarense, nacido nada menos que en la casa diagonal a la Plaza Bolívar. Al regreso exclamo ante el periodista: “Ahora me puedo morir porque he visto la octava maravilla del mundo”.  El Salto Ángel y la inconmensurable Gran Sabana tapizada de Tepuyes, lo dejó hondamente impresionado y colmado de regocijo espiritual.  No estaba tan distante de la verdad, en julio de 2009, el Salto Ángel, la caída de agua más alta del mundo, fue incluido por la Unesco entre los 28 monumentos naturales que podrían estar en la lista de las 7 Nuevas Maravillas Naturales del Mundo.


El carácter impredecible de Leopoldo



El extinto Leopoldo Sucre Figarella tenía fama de “querrequerre” y hermético. Para complemento, se buscó de piloto oficial a Ángel Dionisio López, profesional de pocas palabras y arrechucho como el entonces Presidente-Ministro de la CVG. Durante tres años piloteándole el avión presidencial, solo una vez le habló en vuelo y ocurrió un día de tiempo muy nubloso y cerrado que le impedía llegar a  La Carlota, su destino. “Ministro, que hacemos, nos desviamos a Maiquetía?”. Era lo más visible y viable, alternar en Maiquetía, pero el Ministro, impredecible, ordenó  sorpresivamente lo contrario: retornar a Ciudad Bolívar.

MAR, abogado arrepentido
Manuel Alfredo Rodríguez, historiador, político, escritor y elocuente tribuno guayanés, Nunca pudo escribir cuentos ni novelas, Intentó hacerlo, pero siempre le salía el historiador al preocuparse por al veracidad del dato, lo cual choca con el desbordamiento fantasioso que es propio de la literatura de imaginación. Y aunque se graduó de abogado, jamás quiso ejercer la abogacía. Para él era un oficio que no armonizaba con su manera de ser y se justificaba diciendo que había estudiado derecho porque era lo que más se parecía a humanidades, pues para entonces la universidad prácticamente había acabado con los estudios humanísticos.
En cierta ocasión me comentó: “Después que uno aprende esa construcción lógica de la filosofía del Derecho, por ejemplo, o la teoría de las obligaciones que es una maravilla de razonamiento puro, cómo va a embargarle el mostrador a un portugués, cómo uno después de aprender eso va a embargar un televisor con reserva de dominio o embargarle el sueldo al marido que no quiere pagarle la pensión a su mujer”.

Una Escalera grande y otra chiquita
El Colegio Federal de Guayana contaba con una suerte de Paraninfo para los actos solemnes de la institución, integrado con púlpito, una pulida y espigada sombrerera de madera pulida y varios bustos de los prohombres de la cultura griega como Jenofonte, Aristóteles, Sócrates, Platón, Licurgo, colocados en fila en parte alta inalcanzable de pie con las manos en alto.

            Pues bien, varios alumnos traviesos preguntaron y se preguntaron ¿Qué pasaría si  colocaban los sombreros de los profesores sobre la mera testa de los bustos?  Lo que tenía que pasar, que la gracia ocurrió y suscitó la irascibilidad de los profesores que buscaron por todos los rincones al autor o autores de tal irreverencia que no fueron otros que los estudiantes Manuel Alfredo Rodríguez el más tarajallo de la clase que  montó sobre sus hombros al más chiquito del aula: Luis Camilo Perfetti.

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