lunes, 24 de junio de 2013

El periodista en la anécdota



¿Guerrillas en el Esequibo?
Del periodista se ha dicho y escrito que es lingüista, geopolítico, andarín, actor, sabelotodo, comodín.  Perito en relaciones exteriores, experto en la bolsa de valores.  Conocedor de economía y estadística, al tanto de la fisión y la balística.  Bien, de él se dice y, se han dicho tantas cosas que, al final ¿a quién le interesa si vive o si agoniza?  Creo que ni a él mismo porque para ese sujeto a quien también llaman, por bien o mal, reportero, corresponsal, cronista,  foliculario,  gacetillero,  panfletista, lo más importante es, por sobre todas las cosas,   conseguir al instante la noticia.
            Y cuando se propone  la consigue de verdad y, al padecerla en la yema de los dedos, se aventura  a publicarla con la emoción propia de quien cree frotar en sus manos una primicia, pero a veces ocurre lo que a muchos, que se frustran como  en el caso del colega Eduardo Santana Quevedo.
            Eduardo Santana era reportero de Radio Orinoco, emisora dirigida en tiempo de las guerrillas por Juan Parra Tovar, quien lo mandó a buscar a su casa, expresamente en un taxi, para  ponerlo  al tanto de la noticia de un suceso trascendente que se estaría gestando en el seno de un grupo guerrillero llegado al Estado Bolívar.
            “La noticia del año aquí en nuestras narices y tú jugando ajedrez con Adelaida”, lo increpó el director de la emisora al tiempo que lo enteraba de la inminencia de una invasión a la reclamada Zona del Esquibo por parte de guerrilleros del Oriente.
            Luego le ordenó buscara el grabador y fuera de inmediato a la Plaza Bolívar, cuidándose de la competencia, donde lo esperaba el Comandante Pablo y su ayudante Olga para el anuncio respectivo. 
            El Comandante Pablo se había fugado de La Pica días antes, de manera que al colega le cuadraba la información, acentuada además por el hecho de que Parra Tovar, quien tenía fama de tacaño, lo había mandado a buscar en taxi.
             Armado de valor, grabador y micrófono, Santana subió tres cuadras hasta la Plaza Bolívar y vibró de emoción al ver a un hombre de gorra, camisa verde oscura, botines, y una mujer, ambos muy juntos sentados en un banco.
            Inquieto y nervioso, dio en torno a la pareja una y otra vuelta.  La pareja se hizo la desentendida y no le paró al comienzo, pero luego lo miró fijamente y se tornó recelosa, en el momento preciso en que  Santana, micrófono en mano,  se arriesgó y le lanzó  a la volandera la primera pregunta:
            - Buenas tardes, mucho gusto, yo soy Santana, el reportero de Radio Orinoco ¿Para cuándo entonces  es la cosa?
            El tipo con su chama, sonrió ingenuamente y por quitarse al intruso o seguirle la corriente, respondió:
            - Eso es hierro y hierro.
            - ¿Qué día y a qué hora?
            - Al amanecer
            - ¿Están bien armados, entonces?
            - Claro, con todos los hierros, y que lo confirme ella.
            Santana miró sonriente a la dama, le tendió la mano, y al sentir un tanto áspera la de ella, imaginó lo agreste de la montaña y el manejo constante del fusil, pero, bueno, no había tiempo que perder. Cortó la entrevista un tanto bloqueado por la emoción y voló a lanzar con fanfarria la primicia del año.
            El Gobernador Carlos Eduardo Oxford Arias se afeitaba en la Barbería Madrid cuando Santana, bajando casi a brincos la empinada calle Bolívar del Casco Histórico, le hizo señas para que sintonizara la radio y escuchara la noticia que minutos después, adobada por su imaginación, salía al aire sacudiendo a toda la población.
            Concluido su trabajo, Santana volvió a subir, esta vez para compartir la primicia con el diario El Bolivarense en la persona de su director, Andrés Bello Bilancieri.  El Gobernador al verlo salió a la calle con pechera blanca y rostro enjabonado:
            - Santana,  ¿qué loqueras son esas?
            - Ningunas loqueras, doctor.  Mañana usted lo confirma o lo niega.  
El director de El Bolivarense le pidió redactara tres cuartillas para abrir a página completa y Santana escribió una novela.
            La noche de ese día, Eduardo durmió en la Radio para no perderse detalle de las posibles repercusiones de su noticia.  Se levantó más temprano que nunca y a las seis de la mañana salió a comprar la prensa, pero su noticia no apareció por ningún lado ¡Qué frustre!  A esa misma hora despertó a Bello Bilancieri y éste respondió: “Qué lavativa, Santana, mañana hablamos” y trancó el teléfono.  Todo había sido una imperdonable  broma, una más del colega Enrique Aristeguieta, que Parra Tovar se tragó completa y de paso embarcó a un veterano de fuste, ruedo y tablero, como Eduardo Santana Quevedo.


El Circo de Aguilera Ordaz
En tiempo de feria y a falta de módulo policial, la PTJ solía montar una tienda de campaña en el Mirador  Angostura y un día, ya tarde de la noche y con una mona, Gabriel Aguilera Ordaz, director de Radio Bolívar, prorrumpió en la carpa, inquiriendo: “¿Este es el Circo de los Hermanos Razzore?”  Y de adentro le respondió una voz autoritaria: “No señor, esta es la PTJ” 
            - ¡Ah, la pendejota!
            - ¡Mire, señor, respete, y siéntase preso ya!
            Inmediatamente lo sometieron  y por un radiotransmisor el policía de guardia enteró al comisario Cirilo Perdomo y éste alarmado ordenó: “Suelten a ese hombre o, mejor, métanlo en una patrulla y llévenlo a su casa, porque si no quién aguanta mañana a esa  fanfarria!!!


Guillermo Segundo (Soto)
Al periodista Guillermo Segundo Croes, corresponsal de El Universal y jefe de Prensa del Ejecutivo, le tocó cubrir una visita del Gobernador a Upata en aquellos días en que la prensa nacional y local hablaba  frecuentemente del pintor Jesús Soto, del arte cinético y la donación de su pinacoteca parisina para la creación de un Museo de Arte Moderno en Ciudad Bolívar.  Soto aparecía fotografiado en la prensa con  melena y bigotes semejante al periodista Croes, de manera que la confusión para muchos fue evidente y se puso de manifiesto cuando durante las caminatas del Gobernador por las calles del Yocoima, los upatenses abordaban a su jefe de prensa con inusual curiosidad,  le sonreían admirados  y le pedían le firmara o hiciera rayas en cualquier papelito.

El Maestro Prieto
El Maestro Luis Beltrán Prieto Figueroa en plena tribuna accedió a una rueda de prensa con los periodistas, antes de clausurar el mitin programado para clausurar la campaña electoral del MEP en el propio Aeropuerto de Ciudad Bolívar.  Todo parecía bien hasta que el periodista Víctor Mendoza Yajure se alarmó al constatar que su grabadora le había fallado.  “No grabó, Maestro, ¿podría usted, por favor, repetirme lo que dijo durante la rueda de prensa?”  El Maestro casi le da un manotazo, pero prefirió contar hasta diez y lo despachó con esta frase: “Si el grabador no sirve, pare la oreja, cajaro!”  (El cajaro es un bagre del Orinoco).


Otra del Guaro Mendoza
El guaro Víctor Mendoza  servía de corresponsal al Diario de Oriente de Puerto La Cruz cuando mandó a Pablo Thomas, reportero gráfico antes de licenciarse en comunicación social, a cubrir la fiesta de los toros en la Manga de Coleo de Soledad que por cierto lleva el nombre del periodista José Antonio Fernández.  Al siguiente día, Thomas llevó las gráficas a Mendoza que, por lo visto,  sabía mucho de doma y muy poco de coleo, pues disgustado rechazó las fotos porque los toros se veían en el suelo, desmayados y con el rabo torcido.


Blasco y Ney al desnudo
Los reporteros gráficos José Luis Blasco,  Armando Ney y Anita Marchese, fueron los primeros en llegar a la Gran Sabana para cubrir el trágico accidente de un avión DC-3 de Aeropostal fletado por turistas del centro del país. Pero debieron caminar un trecho largo hasta el lugar del siniestro y antes atravesar desnudos una laguna para mantener la ropa seca.  La única que resistió a desvestirse fue Anita por lo que no le quedó más alternativa que arriesgar sus prendas de manufactura italiana y atravesar la laguna con las manos bien pegadas en la cara, pero inesperadamente cayó en un hoyo y tuvo que ver lo que no quería ver. 

Naranjo se quedó sin chamba
En diciembre de 1973 cuando Nicaragua fue trágicamente sacudida por un terremoto, Gustavo Naranjo júnior dirigía El Bolivarense y él, siempre fogoso y por el prurito de tubear a la competencia era capaz de llegar hasta Pequín.  Pero esa vez sólo fue hasta Centro América.  Aprovechó una flotilla francesa que hizo escala en el Aeropuerto Tomás de Heres de Ciudad Bolívar antes de continuar rumbo a Nicaragua.  Se las ingenió como pudo y logró pasaje en una de las unidades.  Era un 24 de diciembre, sin equipaje y con sólo una cámara fotográfica, llegó a Nicaragua y permaneció allí hasta el 31 que pudo de retorno conseguir una cola.  Cuando se presentó en los talleres de El Bolivarense donde desde hacía una semana lo esperaban intranquilos pues  había prácticamente abandonado el periódico sin decir nada a nadie, dijo: “Pónganse alegres muchachos, porque  aquí traigo material para tubear durante varios días a la competencia”, pero al  oírlo, el doctor  Álvaro Natera, salió impetuoso de su oficina levantando la voz: “Tú sabes como es la cosa, Naranjo, el tubazo te lo voy a dar yo.  ¡Estás despedido!

Pregunta más que Pedro Estada
Entre 1956 y 57 cuando circuló el diario La Calle, dirigido por don Luis García Cartaya, amigo del Presidente Marcos Pérez Jiménez, el colega Gustavo Naranjo era su periodista estrella para cubrir la fuente de Miraflores.
Los periodistas cotidianamente esperaban, a raya en cierto punto del Palacio, la salida del Presidente para caerle a preguntas, pero Naranjo casi no le daba chance a sus colegas y como una metralla largaba sus ráfagas a un Presidente tan parco con la prensa como el gordo de Michelena.  Un día Naranjo hizo tantas preguntas que el general Marcos Pérez Jiménez llamó al director de La Calle y le dijo: “Caramba, amigo García, ese reportero tuyo pregunta más que Pedro Estrada”.  A Naranjo, por supuesto, le cambiaron la fuente.

Al suelo que mugió la vaca
Cuando se corrió la noticia de que William Frank Niehous había sido visto en el hato Dividive, tras varios años de secuestro por grupos guerrilleros, los periodistas Marcos Dinelli, Roberto Rojas, Armando Ney  y Rafael Gámez Martínez (Ragan), se fueron tras las compañías de la V División de Infantería de Selva como improvisados reporteros de guerra.
Cada vez  que entraba una compañía a sitio boscoso y de peligro, disparaba una sonora ráfaga de metralla y los periodistas con los nervios en punta se tiraban al suelo.  Estaban tan traumados que después de un largo silencio en horas de la tarde se oyó el mugido sostenido de una vaca y los muchachos asustados se lanzaron contra el suelo.


Alacayo y su caña de pescar
Santiago Alacayo, un periodista agudo y de hablar pausado que se firmaba con el seudónimo “Don Plinio”  estaba  mejor dotado que Armando Buendía, según las  amigas vecinas de la Vuelta del Cacho del barrio La Sabanita donde vivía, y ello lo constató el  reportero gráfico, Roberto Rojas, el día que entró al sanitario de una Cervecería y vio un hombre semi-calvo, con lentes negros, que orinaba en la poceta.  ¡Caramba, si es Don Plinio! exclamó y le preguntó  ¿Y eso que es, amigo, una caña de pescar?

¡Atención, firme!
Ismael Morales Pérez, periodista y caricaturista de mucha chispa, se desplazaba en su camioneta ranchera, muy despacio por la calle Bolívar del Casco Histórico cuando un loco que tiene la manía de creerse soldado del Batallón Urdaneta, se  le acercó agresivo con un palo, pero Morales que bien lo conocía no perdió la compostura y entre chusco y susto lo enfrentó:
-¿Usted es militar?
- Sí.
- Entonces   ¡Atención... firme! ¡Media... vuelta!... ¡Marche!
Y el loco obedeció como un soldado a la voz de  firme, dio la media vuelta y se puso en marcha por el medio de la calle.


Sin Perro y sin nevera
El reportero gráfico, Víctor Bayola Díaz, hostigado por los malandros de su barrio que le dejaban la nevera vacía cada vez que de su casa se ausentaba, decidió comprar un perro que le ofrecieron y que se hizo “bravo” de tanto alimentarlo con ají y papelón.
            Cada vez que salía, Bayola encadenaba el perro muy cerca de la nevera, pero sucedió que un mal día cuando regresó tras rociar el hastío con cerveza del bar-restaurant “My-Hay-Hy”, casi desmaya de la sorpresa: no estaban el perro ni la nevera.
            Bayola que hasta entonces se había abstenido de llevar el asunto a conocimiento de la policía, acudió a ella para denunciar el reiterado agravio y cuando se hallaba dando las características del can ante el agente de guardia éste le preguntó:
            - ¿Cómo dice, usted, que es el perro?
            - Negro, totalmente negro como una pantera, ojos color del azabache, orejas caídas, de nombre “Guardián” y con un tic en el ojo izquierdo.

- ¡Caramba! - explotó el agente- ese es mi perro. Usted como que se me queda...!



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