sábado, 22 de junio de 2013

El Caballo de tres patas y otros cuentos



       Lo del caballo de tres patas era más trágico porque quien intentara verlo luego de sentirlo galopar a la media noche, seguro que sucumbía al pánico pasando a mejor vida. Era lo que le contaba su padre Zenón Ortiz, quien suponía al animal dotado de tres patas porque eran tres los golpes de cascos que se sentían seguidos de un silencio entre pisadas. Media hora después, un ruido estrepitoso de cadenas arrastradas llenaba de terror el ambiente.
       Era la época de la ciudad alumbrada con faroles y de ese tiempo es también el relato del carpintero Pedro Alcaraván, amante furtivo de la mujer de un oficial de la dictadura de Juan Vicente Gómez. Alcaraván fue misteriosamente prevenido y salvado de la muerte a lanza limpia que con premeditación y alevosía le tenía preparada el oficial.
       Cuando en noche avanzada, Alcaraván se dirigía a la cita en la creencia de que el oficial se hallaba en comisión, se encontró con dos hombres que cargaban en eslinga dentro de un chinchorro a un paciente envuelto en sábanas blancas. Preguntó de quién se trataba y los cargadores respondieron: “Pedro Alcaraván que está muy enfermo”. Sin darle mayor importancia a la confusa respuesta, continuó su camino y ya próximo a la casa de la cita de la casada infiel, se reencontró con la misma escena y preguntando de nuevo le respondieron: “Pedro Alcaraván que se está muriendo”. Muerto de susto desistió de su aventura y al siguiente día se enteró por mensaje de la propia amante, que el militar sospechando lo aguardaba lanza en ristre tras la puerta.
       Héctor Roldán, el famoso “Doble Feo” de la calle Las Mercedes, oyó muchas veces a su madre ese cuento del caballo de tres patas y de lo sucedido al carpintero Alcaraván. A él mismo le ocurrió algo parecido pasando de noche por un Tamarindo contiguo al muro Oeste del Cementerio de la Plaza Centurión donde asegura haber visto un espectro tan informe que lo desvaneció del susto y sólo supo de él al otro  día gracias al auxilio a tiempo de un vecino llamado Martín Pérez.
        En torno a ese Tamarindo que hasta hace poco se veía seco y ruinoso, existen otras leyendas de duendes y fantasmas.
       Los duendes y fantasmas no sólo se veían en los parajes oscuros y solitarios de la ciudad sino en vetustas casas solariegas del casco angostureño. En una de ellas, ahora depósito del diario “EL Bolivarense”, su cuidador el extinto Julio Saramacual, solía ver con luz de luna de cuarto menguante un chivo negro con barba rizada y cornamenta de fuego que berrocheaba durante un minuto y luego desaparecía al ver una Boa o algo parecido que luego de arrastrarse por el patio desaparecía por la boca de una cloaca.


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