jueves, 1 de agosto de 2013

La Leyenda de El Dorado

Dorado era el nombre de un cacique fabuloso, de un señor algo así como Midas, el legendario rey de Frigia, que había obtenido de Baco la facultad de convertir en oro todo cuanto tocara. Dorado no necesitaba de esa facultad porque ya el oro existía en su comarca  por la gracia de un dios que había pasado por allí y dejado a su tribu esa herencia. Allí todo el metal incorruptible resplandecía a la luz del sol o de la luna.

         Según los aborígenes esa ciudad era Manoa con un gran lago, al que los conquistadores llamaron Guatavita, de lecho y arenas doradas. Cada vez que moría el cacique y había que iniciar al sucesor se llevaba a ese lago en medio de un rito en que desnudo el cuerpo del señor se le ungía con polvo aurífero obtenido del propio lago.
         Lo cierto es que de la existencia de esa ciudad fabulosa supieron por boca de los indios los conquistadores hispanos, alemanes e ingleses, quienes hicieron esfuerzos heroicos y gastaron tiempo, fortuna y vidas tratando de localizarla, pero siempre fue inútil. Y mientras más ignota y remota se hacía Manoa o el lago de Guatavita, más fabulosa se hacía la imaginación de quienes ansiaban apoderarse de ella para sí o para su reino. Se llegó a especular, incluso, que ese lugar era así de rico porque allí se habría refugiado con todos sus increíbles tesoros el perseguido hijo menor del inca Huayna-Capác, padre de Manco-Capac, último soberano del gran imperio Inca que tenía como capital el Cuzco y que se extendía desde Colombia hasta las tierras meridionales de Chile.
         Otro Dorado existía en la parte sur-occidental de Guayana, no porque el Rey o Jefe de las tribus así se llamara y cumpliera los mismos ritos, sino porque  las montañas y bosques estaban cruzados por simas profundas y galerías  subterráneas llenas de tesoros custodiados por seres sorprendentemente extraños llamados  Ewaipanomas y de los cuales da cuenta Sir Walter Raleigh en su libro “El Descubrimiento del grande, rico y bello imperio de Guayana”,  Esos seres habitaban las cabeceras del Caura y las profundas cuevas de Jaua y Sarisariñama, custodiando como gnomos los tesoros de la tierra. Hombres sin cabeza propiamente, con la cara en el pecho y el cabello cayendo sobre los hombros. Por la misma intrincada región de los Ewaipanomas da cuenta de misteriosos ríos de magnéticas ondas que dan vida o muerte según la hora en que se beban sus aguas: vivificantes a la media noche y mortales antes o después.
La mitología primitiva no sólo era capaz de concebir seres humanos de esas formas inauditas sino dentro de la zoología, dragones o culebras de múltiples cabezas. La piedra del Medio, por ejemplo,  entre Ciudad Bolívar y Soledad, y la cual utilizan los ribereños para medir el nivel del Orinoco, como Escila y Caribdis de las famosas Rocas Erráticas que estremecieron las naves de Ulises mientras navegaba de regreso a su lejana y amada Itaca, también tiene su monstruo guardando posibles tesoros escondidos en las siete colinas que como Roma circundan a la vieja Angostura.
Según la leyenda indígena, esa descomunal culebra se siete cabezas, una para casa colina, succiona el agua del río dando lugar a peligrosos estiajes o reflujos. Ese succionar cuando el monstruo está my sediento, según la creencia, es capaz de absorber como tromba todo cuanto se acerque por las inmediaciones de la Piedra, bajo cuya base el monstruo tendría su guarida. Ello explicaría la desaparición de curiaras, nadadores, pescadores, y hasta de una chalana llamada “La Múcura” que cargada de vehículos pesados se hundió el 27 de febrero de 1952. Tales accidentes han reforzado la creencia y servido de pábulo a la imaginación popular tan sensible a las homéricas fantasías de la Odisea.
         Atraído por la leyenda, años atrás, llegó hasta aquí un barco del Instituto Oceánico de la UDO a detectar con sus ondas ultrasónicas lo que de verdad pudiera existir por los alrededores de la Piedra del Medio y localizó una depresión en forma de embudo que alcanza a la increíble profundidad de 150 metros bajo el nivel del mar. En esa fosa donde se arremolinan las aguas del Orinoco en crecida pudiera estar la clave del reptil de siete cabezas que atormenta y devora a los desprevenidos.
Los misioneros jesuitas establecidos en el siglo dieciocho por la región del Alto Orinoco próxima a los raudales de Atures y Maipure, captaron de los habitantes autóctonos del lugar la existencia de un saurio con todas las señales de un Dragón. Ese dragón sería como en el Jardín de las Hespérides, el guardián de los tesoros sumergidos en aquellos bosques, manifestado a través de la violencia de los raudales para impedir su acceso.
Los expedicionarios que desde la época de la Conquista se afanaron en buscar las fuentes u origen del Orinoco, se encogían de temor ante ese innavegable obstáculo de los Raudales de Atures y Maipures. José Solano, comisionado de límites en 1756, pudo remontarlo.  El Padre Superior de los Jesuitas, al conocer la noticia, dijo a Solano: “Me alegro que haya Ud. sujetado al dragón mientras estaba dormido, que al despertar con las crecientes ha de bramar por hallarse burlado”.



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