sábado, 3 de agosto de 2013

La deidad del mal en la mitología indígena


El Pemón, así como se siente hijo y protegido por su Dios, cree que oculto en las sombras existe una deidad del mal que los acecha. Acaso Ahrinán, principio del mal, opuesto a Ormuz, principio del bien, en la religión de Zoroastro, pero que ellos llaman Canaíma.

En su novela del mismo nombre, Gallegos dice que Canaima es “la sombría divinidad de los guaicas y makiritares, el dios frenético, principio del mal y causa de todos los males que disputa el mundo a Cajuña el bueno”.
Canaima, según las situaciones, suele transformarse y tomar la forma de una bestia o de un mamífero alado como el murciélago y de hecho al murciélago descomunal que habitaba en una cueva de Guaquinima solían confundirlo con Canaima.
         A la imponente Meseta Guaquinima, en la cabecera del Carapo, afluente del río Paragua, hito que marca la frontera de sus predios, los Pemón la conocen como Maripa-Tepuy y los Yecuana o Maquiritare como Dede-Jidi que en su lengua significa lo mismo:  ”Meseta del Murciélago”.   
         “Meseta del Murciélago” porque según leyenda publicada por el explorador Charles Brewer Carías, allí existe una enorme cueva o galería donde residía un Murciélago descomunalmente inmenso acompañado de toda su familia alada y al que las comunidades indígenas de la región guardaban un respeto tenebroso que los obligaba, por temor, a hacerle frecuentes ofrendas humanas con las cuales se alimentaba. 
         Un joven guerrero deseoso de acabar con ese miedo, ató un tizón a la pierna de la víctima escogida en la ocasión para el sacrificio y cuando el Murciélago vino de noche por su tributo, el tizón se avivó durante del curso del vuelo y generó una estela de humo incandescente que señaló la ruta hacia la guarida o cueva hasta entonces desconocida. Siguiendo esa ruta toda la noche hasta el amanecer, el ingenioso y valiente joven guerrero sorprendió al membranoso individuo y le dio muerte de un solo y certero disparo con su flecha envenenada.
         Desde entonces se agotó el miedo entre las etnias aborígenes y la Meseta del Guaquinima quedó con el cognomento de Maripa-tepuy para los Pemón y Dede-jidi para los Yecuana. El nombre de Maripa, capital actual del Municipio Sucre, lo adoptó el doctrinero Ramón Espinoza al fundarla en 1842 con un grupo de indígenas que moraban en la zona.
         El escritor José Berti, en su novela “Hacia el Oeste corre el Antabare”, hace mención de una leyenda de los Arecunas, habitantes de ese afluente del Caroní y dice que como muchas otras tribus, no creen en la muerte natural y para explicarse su eterna desaparición, concibieron a Canaima, divinidad del mal que ellos imaginan como un extraño indio vestido de noche sin luna, que habita los recónditos parajes de la selva y aparece en todas partes con diferentes nombres, siempre armado de un garrote de tres filos y una tapara de yare para golpear o envenenar a sus víctimas.
         Los arecunas tienen un dios, provisto de dos cabezas como Jano. La de la derecha con el nombre de Atictó, representa al bien y la de la izquierda con el nombre de Ueue, representa el mal. Cada representante del bien y del mal tiene adelantados que habitan sobre  las cumbres de los Tepuyes y hacia los cuales debe intervenir el Piatsan, especie de mensajero pendiente siempre de los problemas del pueblo. Cuando un arekuna se enferma el Piatsan transmite el mensaje a esos espíritus del bien y del mal que habitan sobre los Tepuyes. Estos, los Mabaritón, y los Canaimatón alzan su vuelo y se posan sobre las cabezas del Dios. Si se inclinan primero Ataictó, el enfermo se salvará, si por el contrario lo hace primero Ueue, el paciente morirá.
         Y a propósito del Guaquinima que es una meseta o tepuy, los Yecuana o Maquiritare tienen su propia teoría mitológica que contaremos en la próxima edición, pero antes nos referimos a los ríos de Guayana.
         Sucedió que al comienzo todo era tierra desolada y los habitantes no disponían de otro alimento que la misma tierra, el agua que le proporcionaba en sus mandíbula la hormiga Yak transportada desde una laguna ignota del cielo y el casabe que les traía desde el mismo cielo o Kajuña un espíritu bondadoso llamado Demodene. Así rutinariamente transcurría la vida en la tierra hasta que Odosha, un espíritu maligno, se apareció y espantó a la Yak y al Demodene haciendo la vida más penosa y difícil.
         Cuando ello ocurrió se presentó el Vencejo, un pájaro grandioso que los indios llaman Dariche y les prometió hacer un esfuerzo alado por llegar hasta el Lago Aku-Ena del cielo y hacer que el agua llegara de algún modo hasta la tierra. Así ocurrió y surgió el Casiquiare, pero las aguas confusas no sabían hacia donde dirigirse y a los primitivos habitantes se les hacía harto difícil de proveerse del precioso líquido. Ante esa situación, Kush (el Cuchicuchi) confesó haber descubierto el camino del Demodede para llegar hasta el lugar del cielo de la yuca y el casabe y con la ayuda de todos comenzó a trepar por un árbol cuya copa se perdía en las nubes


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