miércoles, 31 de julio de 2013

En 1536 comenzó la historia del mito de El Dorado


Sebastián Belalcazar
De Quito nos vino El Dorado en la imaginación de Benalcazar y es que hasta los años treinta y seis (1536)  no se supo, ni se había inventado este nombre del Dorado, porque ese año lo impuso el teniente general Sebastián Belalcázar  y sus soldados en la provincia y ciudad de Quito (Fray Pedro Simón).

Belalcázar es un pueblo de la provincia de Córdoba, España.  Allí, en el seno de una familia de labriegos, nació Santiago Moyano y, a la edad de quince años, se fugó de su casa  y andando y andando llegó a Sevilla, donde Pedrarias Dávila, un osado navegante de ultramar, preparaba una expedición.  En ella, hacia Panamá, se alistó Santiago y adoptó como apellido el nombre de su pueblo y con ese nombre de Santiago de Belalcázar inició su carrera hasta los confines del Dorado.
         Muy temprano obtuvo el grado de capitán.  Bastó con demostrar su arrojo moneando hasta la copa de un gigantesco árbol, desde donde pudo divisar un punto habitado en medio de la confusión de una selva intrincada en la que los expedicionarios se hallaban atrapados.
         Después, acompañó a Diego de Almagro y Francisco Pizarro en una excursión por el istmo.  De aquí pasó a Nicaragua, asistió a la conquista de León y fue nombrado su primer Alcalde.  Más tarde, desde el Perú, fue requerido por Pizarro para incursionar en San Miguel de Piura y, siendo gobernador de esta villa, supo que Pedro de Alvarado intentaba conquistar el reino de Quito, por lo que se le adelantó junto con Diego de Almagro, pues estaba enterado de que había surgido una coyuntura favorable para tal empresa en virtud de la rivalidad existente que consumía a Atahualpa y Huáscar, entre quienes el soberano inca Huayna Cápac había dividido su reino.  Al final, Atahualpa hizo ejecutar a su hermano Huascar para quedarse con todo, pero el reino le duró poco pues a pesar de la gran resistencia de Rumiñahui, uno de los mayores guerreros del inca, Quito cayó en manos de Belalcázar y Almagro, quienes aparecen como los fundadores de San Francisco de Quito, 6 de diciembre de 1534, sobre el mismo valle donde estaba la ciudad indígena.
         Especulaciones históricas sostienen que la orden dada por Atahualpa para eliminar a su hermano Huáscar, nunca fue cumplida y que éste, con su gran tesoro, huyó internándose  en las mansiones verdes del norte siguiendo el curso del Marañón y la Orinoquia e instalándose con su corte en un misterioso punto geográfico entre la sierra andina y Guayana.  Ese punto, llamado Manoa por los conquistadores, trascendió como una ciudad dorada.  Dorada por su Rey o Señor que se empolvaba de oro mezclado con resina (trementina) extraída de una conífera.
         Lo cierto es que siendo Sebastián de Belalcázar  gobernador de Quito y deseando conquistar nuevos territorios, se orientaba interrogando a indios venidos de otros lugares.  Así, interrogó a uno que le contó lo del Dorado.  El misionero Pedro Simón, cronista de Indias, en “Noticias Historiales de Venezuela”, escrita entre 1604 y 1623, cita la versión del indio forastero en estos términos.  ¨ Que un señor entraba en una laguna, que estaba entre unas sierras, con unas balsas y el cuerpo todo desnudo y untado con trementina, y sobre ella, por todo el cuerpo cuajado de polvos de oro, con que relumbraba mucho ¨
         Hasta entonces (1536), dice el misionero franciscano, no se conocía el vocablo  ¨ ni se había inventado el nombre del Dorado porque este año lo impuso el teniente general Sebastián Belalcázar y sus soldados en la provincia de Quito ¨ y suponiendo que se trataba de un lugar territorialmente definido, lo identificó como Provincia de El Dorado.  Desde ese momento, tanto el nombre como la leyenda  aguijonearon el espíritu aventurero y codicioso de los hombres que arribaban al Nuevo Mundo.
         Belalcázar no perdió tiempo e inmediatamente organizó una expedición de 300 hombres a su mando en busca de la misteriosa ciudad y así andando penetró  en Colombia y colonizó la región meridional, exploró parte del valle de Cauca y creó las ciudades de Cali y Popayán (1536), atravesó la cordillera central, llegó al valle del Magdalena y luego subió a la conquista de la meseta de los chibchas donde ya se había adelantado Gonzalo Jiménez de Quesada y fundado Santa Fe de Bogotá el 6 de agosto de 1538.  Posteriormente llegó Nicolás Federman y en reunión de los tres, Belalcázar informó  de lo realizado en el curso de  su expedición y de cómo su propósito fundamental consistía en poder dar con el rico reino de El Dorado. 
Después de la fundación de Bogotá, Federman, Jiménez de Quesada y Belalcázar decidieron marcharse a España, para dar cuenta de sus expediciones y conseguir del Consejo de Indias la delimitación de sus respectivas provincias.  Desde entonces, puede afirmarse, que comenzó a rodar por el mundo el mito de El Dorado. 
        


martes, 30 de julio de 2013

El Mito de El Dorado en Venezuela comenzó por Coro


La noticia de la presunta existencia del fabuloso Dorado llegó por primera vez a la hoy ciudad falconiana de Coro en el año 1540 y de allí se extendió a todas las demás provincias hermanas.  El portador de la fantástica noticia la trajo de Santa Fe de Bogotá el capitán Pedro de Limpias, lugarteniente de Federman, quien se había marchado a España junto con Jiménez de Quesada y Belalcázar.

         En España, Belalcázar obtuvo del Emperador Carlos V el título de adelantado y capitán general de las tierras conquistadas por él.  De vuelta al Cauca (1541) intervino en varias luchas intestinas que le valieron un proceso.  Condenado a muerte, se le concedió apelación ante el rey.  Salió de la cárcel para Cartagena con la intención de embarcar para España, pero en aquella ciudad lo sorprendió la muerte.  A raíz de su viaje a España, Francisco Pizarro había nombrado a su hermano Gonzalo Pizarro Gobernador de Quito (diciembre de 1539) y éste que ya estaba fascinado por lo que se decía de la ciudad dorada, organizó una expedición junto con Francisco Orellana en busca del mítico lugar y en ese afán, atravesó los Andes hasta llegar a los bosques vírgenes de la canela, a orillas del Amazonas.
         Nicolás Federman tampoco tuvo suerte.  Tanto los Welser, sus jefes, como el Consejo de Indias, le exigieron cuenta de su gestión y al no satisfacerlos,  fue encarcelado; sin embargo, continuó su pleito, inútilmente, pues lo alcanzó la muerte antes de ser liberado en su deseo de restaurar sus sueños doradistas. Su lugarteniente, Pedro de Limpias, como sus soldados, al retornar a Coro, entusiasmaron  a sus superiores y pronto organizaron también expediciones por los Llanos de Venezuela y Nueva Granada, donde Federman como Limpias, presumían la situación del Reino de El Dorado.  Así en esa dirección exploraron Felipe de  Hutten, Martín de Poveda y Pedro de Ursúa.
         En cuanto a Gonzalo Jiménez de Quesada, permaneció largo tiempo en España y tras recorrer Francia e Italia, retornó a Bogotá, donde fue recibido de manera jubilosa toda vez que lo admiraban como descubridor y fundador del reino de Nueva Granada.  Obsesionado por el cuento de Belalcázar, tanto él como su pariente Fernán Pérez de Quesada,  salió  en busca de los misteriosos tesoros, explorando los contrafuertes  de la cordillera oriental de los Andes colombianos, llegando hasta los bosques que se encuentran entre el Meta y el Caquetá.
Vale decir que los Quesada no estaban muy desorientados y hoy se ha comprobado que en la meseta de Colombia existía una comunidad chibcha con muchos objetos de oro labrado y esmeraldas, semejantes a los buscados por los conquistadores.  Allí el rey o gran sacerdote de los Chibchas, en ciertas ceremonias, se embadurnaban el cuerpo con una resina dorífera, a la que cubrían de polvo de oro, y luego se bañaban en el lago.  Estos indios igualmente tenían la costumbre de arrojar presentes en figurillas de oro y piedras preciosas a las lagunas sagradas que, como la de Guatavita, han sido recientemente exploradas por arqueólogos y hallado muchos de esos objetos de oro.
Sin embargo, Gonzalo Jiménez de Quesada nunca dio con esas  lagunas sagradas de los chibchas en tres años seguidos de penosas jornadas.  Es posible que si hubiera alargado la expedición habría dado con ellas, pero se le agotaron los recursos y enfermó de lepra.  Terminó refugiándose en  Mariquita donde murió en 1598.  Su cadáver fue embalsamado y sepultado en la Catedral de Bogotá.
         Su  sobrino político Antonio de Berrío, el sucesor a través de su esposa María de Oruña, sobrina de Gonzalo Jiménez de Quesada y única heredera, asumió, por legado testamentario, el compromiso de continuar buscando el fabuloso Dorado y para ello atravesó el continente de Este a Oeste.
         Antonio de Berrío, heredero por dos vidas de las capitulaciones de su tío político, realizó tres expediciones: la primera por el río Casanare y el Meta hasta llegar al Orinoco, pero sin pasar el raudal de Atures; la segunda, cruzando los Llanos de Casanare y Meta hasta la banda oriental del Orinoco; más la tercera, y definitiva, cubriendo toda la trayectoria del Orinoco hasta acampar en la desembocadura del Caroní.
         Este segoviano, luego de once años de expediciones y un gasto de cien mil pesos de oro que nunca pudo resarcir, tomó posesión de Guayana el 23 de abril de 1593, donde las últimas versiones terminaron por situar El Dorado.  El 21 de diciembre de 1595 fundó su capital Santo Tomás de la Guayana, corolario, al menos feliz, de su afán por dar con la remota como inaccesible y riquísima  ciudad del  Dorado.
         Sir Walter Raleigh al creer  que Antonio de Berrío había realmente situado la ciudad dorada, organizó dos expediciones sobre Guayana.  Durante la primera secuestró al  gobernador hispano obligándolo a una revelación que al final no le deparó más que una suerte patibularia.



lunes, 29 de julio de 2013

La guillotina costó a Raleigh la ilusión de El Dorado

Sir Walter Raleigh, durante los ocho años que estuvo preso en las normandas Torres de Londres, escribió un libro sobre el hermoso y rico imperio de Guayana en el cual, entre otros afirmaciones, señala que “me han asegurado aquellos españoles que han visto y conocido a Manoa, la ciudad imperial de Guayana que ellos llaman El Dorado, que por la magnitud de sus riquezas y por su asiento excelente sobrepasa cualquier otra ciudad del mundo, por lo menos del mundo que conocen los de la nación española.  Está fundada sobre un lago de agua salada de 200 leguas de largo y a manera del Mar Caspio”

         Ese libro conmovió y convenció a casi todo el imperio y logró con él lo que buscaba atraído por la añagaza de El Dorado. El 12 de junio de 1616 Sir Walter Raleigh obtuvo permiso del gobierno de Inglaterra para una nueva expedición hasta el nuevo mundo al encuentro promisorio de tierras y riquezas para su Rey.
         Sobre la marcha y emocionado por su idea de otra aventura acariciada al calor de las noticias que del nuevo mundo tenía y llegaban al viejo continente, organizó una expedición de catorce buques con mil doscientas quince toneladas y unos mil hombres.
         Comandando la expedición iba él a bordo del buque “Destiny”, rumbo a las Bocas del Orinoco, por donde decían se podía entrar hacia la dorada Manoa.  Su viaje hasta Trinidad fue expedito pues ya el 6 de febrero de 1595 había arribado, quemado a San José de Oruña y hecho preso al gobernador Antonio de  Berrío.
         Al llegar a Trinidad donde tuvo que combatir para posesionarse nuevamente de la isla, enfermó gravemente y adelantó hacia Santo Tomás de la Guayana a su hijo Wat y al Capitán Keymes con una fuerza de 600 hombres y cinco navíos.
         Diego Palomeque de Acuña, gobernador de la provincia de Guayana, con sólo 57 hombres, enfrentó a los corsarios, pero murió en el combate al igual que la totalidad de los defensores de la ciudad.  También del lado de los corsarios murieron el hijo de Walter Raleigh y cuatro oficiales.  El capitán Keymes se suicidaría después por la muerte del hijo más querido de su jefe. 
Sir Walter Raleigh, como se ve, fracasó en esta segunda expedición y su comportamiento deterioró las relaciones de su país con España, causando serios disgustos al rey  Jacobo Primero y a la reina Isabel, su protectora.  Por lo tanto, en aras de la paz entre ambas naciones.  Raleigh fue preso y decapitado al regresar a su país.  Antes de ir a la guillotina escribió este su epitafio:  “Tal es el tiempo depositario de nuestra juventud, dicha y demás/ y no devuelve sino tierra y polvo/ el que en la tumba muda y triste/ cuando terminó nuestro camino/ la historia encierra de la vida nuestra/ de esta tumba, polvo y tierra/ me librará nuestro señor, según confío”.
         El fraile Antonio Caulin, cronista de las Misiones y uno de los tres capellanes de la Expedición de Límites, parecía ser el único que no creía en la realidad de El Dorado  ¨ Si fuera cierto esta magnífica ciudad y sus decantados tesoros –decía- ya estuviera descubierta, y quizás poseída por los holandeses de Surinam, para quienes no hay rincón accesible donde no pretendan instalar su comercio, como lo hacen frecuentemente en las riberas del Orinoco y otros parajes más distantes, que penetran guiados por los mismos indios que para ellos no tienen secreto oculto ¨.
         Tanto para Caulin, como para los demás expedicionarios de límites, El Dorado era otra cosa que no alcanzaban  ver los ilusos, vale decir, la realidad de los ingentes recursos naturales de Guayana que debían explotarse con la ciencia, la tecnología adecuada y el trabajo productivo.
         Sin embargo, la fábula de El Dorado sirvió para fundar muchos pueblos y descifrar la complicada geografía continental. Es más, como mito prodigioso y perdurable ha servido de alimento permanente a las artes literarias y al ensayo histórico.  Bastaría, citar lo más próximo: Los Pasos Perdidos, de Alejo Carpentier y El Dorado Revisitado, de Catherunbe Ales, del Centro National de la Recher che Scientifique, Paris, y Michel Pouyllau, del Centro National de la Recherche Scientifiquye de Bourdeux, traducido por Jacqueline Clarac.
         Este último trabajo es realmente muy interesante, pues a través del mito del Dorado que se perpetúa bajo diversas formas,  Ales y Pouyllau, lo analizan  en referencia a la historia de las ideas, al avance de la cartografía y a la permanencia literaria de sus geografías imaginarias.  Por cierto, que Jacqueline Clarac, la traductora del trabajo, lo dedica a un bolivarense ya olvidado, Vicente Pupio, antropólogo, a quien su colega Jorge Armand quiso homenajear fundando un Museo Etnográfico con su nombre, pero la UDO, donde prestaba servicio, no le dio jamás el apoyo que tanto le demandaba.  Frustrado en su aspiración, aprovechó una coyuntura internacional y se fue a la India a poner en práctica cuando había aprendido en la Escuela de Antropología de la Universidad Central de Venezuela.  Se fue en busca de un dorado distinto al que deslumbró a Walter Raleigh: el dorado del hombre y su origen.


domingo, 28 de julio de 2013

La mala racha de Berrío

El 21 de diciembre de 1595 se registra como fecha de la fundación de la capital de la Provincia de Guayana  por el Capitán Antonio de Berrio, frustrado  buscador de El Dorado, que  siguiendo las huellas del Adelantado Gonzalo Jiménez de Quesada,  se internó en tierras del Orinoco para posesionarse de ellas a nombre de su Rey Felipe II.
         Entonces el fundador ostentaba unos cuantos laureles obtenidos como soldado del Rey  en Europa así como en las luchas que los hispanos sostuvieron en Granada contra los moros. Laureles que invirtió junto con su fortuna y la de su familia en las expediciones doradistas de Guayana, de la que fue Gobernador hasta su muerte.
         Berrío fue el primero en descender el río Meta descubierto por Diego de  Ordaz en 1531 y  acampó  junto con sus expedicionarios durante muchos meses y en tres ocasiones, en los llanos de Casanare.  Lo atraía y dábale seguridad aquel ambiente donde  los caballos podían  alimentarse bien, donde había sal,  plantas medicinales, madera para construir balsas, curiaras, más una comunicación relativamente favorable con su esposa que se hallaba en Cartagena desde 1581.  Pero nunca la diosa Fortuna no favoreció  sus empresas, ya tratando de acertar los caminos dorados barruntados por el cacique Morequito o haciendo que perduraran los pueblos y  los nombres de su gestión expedicionaria.
         Ninguno de los hombres que le inspiraron paisajes y lugares, permanecieron.  Quiso que el río Meta se llamara Candelaria, pero Meta se quedó desde que nace en territorio colombiano hasta fluir sus aguas en el Orinoco.
         Fundó un pueblo con el nombre  de San José de Oruña en la Isla de Trinidad, donde fue a parar durante la tercera  expedición que le permitió  descender el Orinoco, pero tampoco tuvo suerte.  Pueblo y nombre desaparecerían con el tiempo del mapa trinitario cuando  la isla cayó en poder de los ingleses. Concibió el nombre de San José de Oruña para  testimoniar la admiración que sentía por el santo carpintero y su mujer María, quien le dio  diez hijos, entre ellos dos varones tan arrogados como él: Fernando, dos veces Gobernador de Guayana, y Francisco, Gobernador de Caracas.  Ambos desaparecieron, uno ahogado y el otro durante un secuestro.
         Colón tuvo mejor suerte con los nombres, incluso con el de  Trinidad que perduró sobre el de Cairl  o tierra de los colibries, como los aborígenes entendían que se llamaba la isla.  Tenía que haber muchos pájaros-moscas para que la llamaran así.  Pero el Almirante, en su Tercer Viaje, nunca vio esas “joyas aladas de la naturaleza”  sino tres picos orográficos que su espíritu religioso asoció  con la Santísima Trinidad.
         La suerte de Berrio fue aun más paupérrima con  Santo Tomás, pueblo fundado en la orilla derecha del Orinoco, justo donde moran  desde hace más de cuatro siglos  los  Castillos San Francisco y el Padrastro.  Este pueblo o ciudad fue seis veces saqueado  y quemado por corsarios y piratas de países enemigos de España y terminó  mudado con el nombre de Angostura, hoy Ciudad Bolívar,  que en vez del Apóstol tiene como patrón o patrona a Nuestra Señora de las Nieves.  Para colmo, los administradores contemporáneos de esta provincia fundada por él, nada o casi nada le han reconocido a la hora de erigir  nuevos pueblos, en cambio, no ha  ocurrido lo mismo con Diego de Ordaz (Puerto Ordaz) que fue tan bárbaro y cruel con nuestros indios.  Berrío por antítesis, aun cuando se le carga la muerte de Morequito, era todo un “valiente caballero”, por lo menos así  lo reconoció  su enemigo Sri Walter Raleigh.
Definitivamente que Santo Tomás de  no fue afortunada en el Bajo Orinoco ni tampoco su fundador. Antonio de Berrío, quien malgastó en la ilusión de El Dorado la fortuna de su esposa y de sus hijos.  Murió arruinado y recriminado. Una hispana de armas tomar, indignada por los desaciertos y poca suerte de la ciudad en ciernes, se fue al despacho de Berrío donde se hallaba reunido con varios capitanes, y vaciando en el suelo un zurrón con 150 doblones, lo increpó de esta manera: “Tirano, si buscas oro en esta tierra miserable, donde nos has traído a morir; de las viñas, tierras y casas me dieron esto y lo que he gastado para venirte a conocer, aquí está, tómalo”. 
Y los doblones lanzados contra el piso de piedra sonaron como preaviso de los dobles de las campanas del santuario religioso días después por la muerte de don Antonio, quien ejercía la Gobernación por dos vidas, de manera que le sucedió su primogénito hijo Fernando de Berrío y Oruña, demasiado joven, apenas veinte años, pero astuto y atrevido puesto que para poder sostener la ciudad burló mandatos reales que prohibían el comercio de contrabando y el tráfico de indios capturados por mercaderes holandeses en Barima.  Por ello fue enjuiciado y destituido.  La ciudad continuó dando tumbos hasta que después de la Expedición de Límites, recomendaron su reubicación mucho más arriba de la confluencia del Orinoco con el Caroni, justamente donde el río angosta sus aguas ente dos rocosas colinas y una Piedra en el medio.



sábado, 27 de julio de 2013

Un Guayanés en busca de El Dorado

El 13 de abril de 1749 nació en Guayana don Antonio Santos de la Puente, uno de los tantos exploradores que desde la conquista buscaron las fuentes del Río Orinoco creyendo que allí podía estar el misterioso y recóndito Dorado.
         Antonio Santos de la Puente nació específicamente en el ya inexistente poblado de Amaruca que se ubicaba al Este de los Castillos de Guayana la Vieja.  Era hijo de don Luis Santos  López de la Puente y doña Rosa Filgueira y Barcia.
         En su libro “Orinoco Río de Libertad” el escritor colombiano Rafael Gómez Picón habla de este personaje guayanés utilizado por el Gobernador de la Provincia, don Manuel Centurión, para remontar el Orinoco hasta su propio origen en la creencia todavía de que podría ser allí donde se encontraba la fabulosa ciudad dorada de Manoa donde reinaba el Rey rodeado de grandes tesoros.
         Antonio Santos de la Puente conocía el terreno y tenía experiencia pues siendo cadete había acompañado a Díaz de la Fuente y a los capitanes Antonio Bonalde, fundando poblados y levantando fortificaciones.  Además, era un hombre de gran coraje y mucha tenacidad, dominaba la mayoría  de las lenguas indígenas, conocía y sabía compartir sus costumbres.  Era pues un hombre excepcional para la ingente empresa que no pudo ni pudieron  cumplir  muchos adelantados sino a mediados del siglo veinte una expedición franco - venezolana.
         En 1770 y 1771 Antonio Santos de la Puente remontó el Paragua, atravesó la serranía Pacaraima y se aventuró hasta Río Branco en donde los portugueses lo apresaron.  En la cárcel del Gran Pará permaneció cautivo durante tres años y luego de liberado regreso a Angostura por la vía de Río Negro Caciqueare y Orinoco.  En 1774 y 1775 se unió al Capitán Antonio Barreto para remontar el Río Caura y el Erevato  y después de atravesar la sierra Maigualida cayó al Ventuari y prosiguió por tierra hasta la Esmeralda, en el Alto Orinoco.  Durante ese recorrido ambos fundaron con la ayuda de los indios, diecinueve fortificaciones que pronto desaparecieron.  Antonio Santos de la Puente murió en 1796, a la edad de 47 años.
         Celestino Perraza seguramente fabricó una leyenda en torno a este personaje o superpuso una mal contada leyenda indígena sobre la aventura histórica de Antonio Santos de la Puente que el escritor simplemente asume en su libro “Leyendas del Caroní” como Capitán Antonio Santos.
         La leyenda la titula “El Trono de Amalivac”.  Amalivac, Amalivacá o Amalivaca, según el misionero italiano jesuita Felipe Salvador Gilij, es el dios de los Tamanacos que él ubica al norte del actual municipio Cedeño cuya cabecera es Caicara del Orinoco.  Pero Celestino Peraza lo describe como el dios o héroe de toda la raza indígena que se extiende desde y hasta más allá  de Guayana y que no era otro que el inca Coro-Capac también llamado “El Dorado”.   Pero históricamente no existió ningún Cora-Cápac sino Huayna Cápac, emperador del imperio Inca desde Chile hasta Colombia.  Al morir, el imperio quedó divido entre sus hijos Huáscar y Atahualpa.  Huáscar huyendo de la persecución mortal de su hermano se habría refugiado con todo su tesoro en  predios de Guayana colindantes con parte del imperio incaico y que Celestino Peraza ubica en la cima de la sierra Paracambo de  más de 2.500 metros de altura.
         Tal vez Peraza con el nombre de Cora-Cápac quería referirse a Huáscar Cápac. Lo cierto es que hasta allá se aventuró el Capitán Antonio Santos no obstante la oposición del cacique de los Arecunas, Macapú, alegando por experiencia que quién se atrevió hacerlo jamás regresó.
         Santos junto con cinco acompañantes hispanos corrió con suerte al ingresar a la ciudad dorada a través de una caverna larga y profunda colmada de esqueletos humanos.  El trono de Amalivac estaba custodiado por tres tipos de humanos: gigantes un ojo en la frente, Rayas sin labios y sin boca y enanos con cabeza de perros.  El mayordomo y médico del palacio de nombre Tocoroima recibió a los visitantes y antes de conducirlo a Amalivac los sometió a un interrogatorio que terminó con la siguiente sentencia: “Pues bien, estáis en el Dorado, en el Imperio del Inca Cora-Cápac  llamado Amalivac por los aborígenes de América, mas el mortal que llega al Dorado no vuelve a su país.  Preparaos a vivir aquí o a morir sin remisión, cualquiera de vosotros que intente escaparse”. Por supuesto, se resignaron a vivir en aquella extraña ciudad neblinosa.  A Santos le asignaron de compañera y esposa a una mujer muy bella y escultural, pero ciega y sordomuda para que pudiera como lo deseaba, librarse de los celos que poseyeron a sus dos esposas anteriores, pero tan pronto tuvo oportunidad escapó cuando haciéndose el muerto fue arrojado a la caverna por donde había ingresado.  No aguantaba a su esposa –es la anécdota-, tenía el olfato y el tacto muy desarrollados, lo husmeaba certeramente por todas partes y los arañazos lo estaban dejando sin pellejo.

         

viernes, 26 de julio de 2013

Las Sirenas del Orinoco

Pescadores ribereños sustentan la creencia de que en el Orinoco hay Sirenas. En la desembocadura del río Caris en el Orinoco, cerca de Soledad, existe una de esas sirenas conocida como la Carona y en el Alto Orinoco son las toninas que se transforman en Sirenas para seducir a los navegantes
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A los pescadores que les caen en gracia, La Carona los obsequia con una buena pesca y los que no, los espanta con borbollones y batiéndoles la curiara. Un pescador de apellido Tortoledo murió del susto que le dio La Carona cuando lanzó su canoa desde el Orinoco hasta la garganta del Caris.
Vicente Reyes, quien vive en La Encaramada, contó haber mejorado su suerte con la Carona al descubrir que a esta nereida del Orinoco le gustaba el Anís, licor muy dulce. De manera que cada vez que iba de pesca le rociaba su traguito. Entonces la pesca de lau-lau y morocoto se le daba de maravilla.
En el Alto Orinoco creen que en las profundidades de ríos y lagunas de la región del Amazonas existen ciudades encantadas que los autóctonos distinguen con el nombre de Temendagui, perteneciente al reino de Máwari y que cuando un pescador llega a los lugares de pesca y no puede apartar de su mente a la mujer amada, lo más probable es que una tonina se transfigure en ella, lo seduzca y lo lleve hasta la ciudad encantada.
         José de la Cruz Tillero, un marino de Pampatar abordo de una goleta que en sus viajes de cabotaje solía hacer escala en Ciudad Bolívar, contaba haber visto una Sirena del Orinoco sentada sobre una de las rocas ribereñas, peinándose su larga cabellera mientras trataba de ver su imagen reflejada en el remanso que se hacia alredor de la piedra.
         El patrón del barco, enterado, le aconsejó que si la volvía a ver no se le acercara porque lo iba a seducir con su encanto y su canto para arrastrarlo hasta el fondo del río y devorarlo o transformarlo en su amante bajo el agua., pero que si lograba resistirla le otorgaría poderes sobrenaturales.
         Estas Sirenas del Orinoco son parecidas a las existentes en el mundo de la mitología y el folclore, criatura con cabeza y torso de mujer y cola de pez, aunque en la mitología clásica tenía cuerpo de ave, y así aparece en numerosos vasos griegos.
         Existen paralelismos entre las historias que se cuentan de ellas y las que aparecen en la mitología griega. Es un personaje muy ligado a la literatura clásica. En la Odisea de Homero, Circe, una hechicera dueña de la isla donde hacen escala las barcas de Ulises cuando va de regreso después de la Batalla de Troya al encuentro de su esposa Penélope, lo previene del dulce y sugestivo canto de las sirenas y le da consejos para sustraerse de sus tentadores atractivos.  Los tripulantes se tapan los oídos con cera y Ulises se hace amarrar en el mástil del barco para oír las canciones sin peligro, de esta manera las Sirenas quedan petrificadas.
En otra leyenda, los Argonautas escaparon de las sirenas porque Orfeo, que estaba a bordo de la nave Argo, cantó tan dulcemente que consiguió anular el efecto de la canción de las ninfas. Según leyendas posteriores, las sirenas, avergonzadas por la huida de Odiseo o por la victoria de Orfeo, se arrojaron al mar y perecieron.
Platón, en La República, sitúa a ocho sirenas en las esferas que separan el mundo de los espacios celestes; Ovidio en las Metamorfosis, hace que estos seres  acompañen a Perséfone en sus viajes al Hades.
El tritón, como contrapartida masculina, es una criatura semejante a la sirena que aparece en las mitologías babilónica, semítica y pre-griega. La misma idea se reproduce en la sirena japonesa Ningyo y en Vatea, el dios creador polinesio.
En los últimos años han aparecido esqueletos en la orilla de mares y lagos atribuidos a sirenas. En la ciudad del Carmen, Capeche, México, apareció uno de esos esqueletos que las autoridades locales en principio tomaron con mucha reserva para dejar constancia de que no se trataba de un truco o una mala especulación.  Luego informaron que el esqueleto correspondía a un Sirenio que son mamíferos marinos que tienen el cuerpo pisciforme y terminado en una aleta caudal horizontal, con extremidades torácicas en forma de aletas y sin extremidades abdominales, las aberturas nasales en el extremo del hocico y mamas pectorales como el Manatí.
En mayo de 2007 fue dada a conocer la fotografía de un cadáver que parecía ser el de una sirena.  Fue encontrado por pescadores en los manglares de la zona de Los Olivitos al Norte del Estado Zulia, Lago de Maracaibo.  Fue trasladado bajo estrictas medidas de seguridad y hermetismo por las autoridades locales sin que se diera a conocer el lugar.  El esqueleto medía 1,70 metros de largo.
La leyenda de las sirenas se inició probablemente en los relatos de los marineros que tomaron como tales a mamíferos marinos, como manatíes, vacas marinas y focas. En la civilización occidental, se continuaron registrando avistamientos hasta el siglo XVIII, cuando el racionalismo empezó a echar abajo la superstición y la fantasía.



jueves, 25 de julio de 2013

Canaima, enemigo irreconciliable de los Arecunas

El mito de Canaima, divinidad del mal, enemigo irreconciliable de los Arecunas,  pese a que Gallegos lo hace trascender a través de su novela del mismo nombre, es otro novelista, José Berti, quien mejor conoció del mito por haber convivido con la etnia durante casi toda su existencia.  Gallegos apenas estuvo trece días en Guayana y supo de ese mito, ¿por boca de quién?, del mismo Berti o del Conde Cattáneo, quien llevaba buenas relaciones de amistad con el novelista tovareño.  Ambos convivieron en una empresa de explotación minera.

            Lo cierto es que Gallegos cuando vino a Guayana en febrero de 1931 fue atraído por la explotación del Balatá para que le sirviera como eje en su aspiración de escribir una novela de la selva, pero se encontró con ese mito tan sugestivo de Canaima alrededor del cual dio a luz la novela de su nombre que empezó a escribir en Nueva York y terminó en España.
            Allá mismo en España la publicó en 1935 y los primeros ejemplares ingresados a Venezuela fueron decomisados por aquel pasaje de la obra surgido de un diálogo entre Marcos Vargas y Manuel Ladera que lastimaba la susceptibilidad de los censores del Gomecismo:
            -Ahí tiene la historia de Venezuela un toro bravo, tapaojeado y nariceado,  conducido al matadero por un burrito bellaco.
            Sin embargo, la explotación del Balatá la abarca la novela aunque su centro social y sicológicamente  neurálgico es Canaima “dios frenético, principio del mal y causa de todos los males que disputa el mundo a Cajuña el bueno”.
            Escribiendo sobre la obra de Gallegos, el escritor Fernando Aisa señala que Canaima encarna el mito de la selva como deidad maléfica cuyo espíritu deambula sembrando destrucción y muerte.  Como enemigo del ser humano “desata la tempestad, las fieras, los animales venenosos y todo peligro oculto en la selva”.  Canaima invade el espíritu del hombre, inyecta en él la fiebre del oro, la ira y la locura.  Contra él lucha Cajuña, el dios bueno, que siempre sale derrotado.    Este mito aborigen rescatado por Gallegos expresa la eterna lucha entre el bien y el mal.
            En la novela de Berti, “Hacía el Oeste corre el Antabare” la figura de Canaima no obstante ser un mito es más objetiva,  es como el leitmotiv de todos los relatos de la selva allí contenidos y en los cuales son protagonistas miembros del pueblo Arecuna diseminado en tribus entre el Caroní, el Antabare y su principal afluente el Río Paragua.
            Los Arecunas se creen inmortales, pero consciente de que esa inmoralidad tiene un enemigo constante e irreconciliable del cual tendrán que cuidarse en cada paso de su vida.  De manera que la etnia  no cree en la muerte accidentalmente trágica o naturalmente biológica sino en la muerte causada en cualquier forma por un ser extraño, misteriosamente vengativo, diabólico, y que personifican con un sustantivo único: Canaima.  Canaima siempre anda al acecho, calibrando sus andanzas hasta cortarlas.  Canaima los persigue inagotablemente sin cesar.  Es, a decir de Berti “un ser poliforme  que toma  nombres diferentes según el sitio que habite, bajo las aguas, en la cúspide de los montes o en lo profundo de las cañadas; su ubicuidad es portentosa, no hay refugio ni lugar agreste o solitario donde no se esté al alcance de su guadaña impía.  Si un indio enferma de pulmonía, dice que Canaima le dio un golpe en el pecho; si le duele el estómago, dice que Canaima le echó veneno en la comida; si el paludismo endémico en toda la región, le ataca, lo atribuye también a maleficios de Canaima; de manera que Canaima, o sea la muerte, es su implacable y eterno enemigo. Dicen que es un Indio muy feo, negro, desnudo que habita en lóbregas cavernas, en lo más recóndito de la selva y que sólo vieja de noche; sus armas son: un garrote de tres filos y una tapara de veneno”.
            Lo cierto es que este mito de Canaima que subyuga y atormenta a los Arecunas, ha sido constante fuente de inspiración para los creadores literarios, plásticos y musicales que encuentra poesía en los maléfico e incluso ha servido para identificar al Parque y la Laguna de su nombre donde se alza un campamento turístico desde que en los años cincuenta fue dado a conocer por el Capitán aeronáutico Charles Baugham.
            Juan Ramón Suárez Zambrano, profesor de letras y literatura de los Andes merideños en su trabajo “Telurismo Narrativo en José Berti”, habla sobre el inconsciente colectivo de Jung y lo atractivo misterioso de las historias míticas.  Cita también a Frazer sobre la validez del mito y su retención en la memoria como fuente de atracción sobre la imaginación creativa.  De esta manera,  dice,  José Berti participa en su posición individual en aquel inconsciente colectivo comunitario (en este caso de los Arecunas) con la pretensión  de enaltecer y proyectar lo vernáculo, la raíz de lo autóctono venezolano y latinoamericano.          
           

            

miércoles, 24 de julio de 2013

La Presa de Guri, presagio arecuna

Podríamos imaginar que la Gran Presa de Guri es un presagio de la etnia Arecuna revelada a través de una leyenda –La  Muralla del Colibrí- que recoge muy bien el novelista tovareño José Berti.

         La Presa de Guri sobre el Caño Necuima del Río Caroní hace posible y real una fuerza electromagnética no sólo capaz de romper la oscuridad de la noche y dinamizar las máquinas fabriles más portentosas, sino de fulminar con sus descargas a seres vivientes  expuestos a su alcance.
         Los arecunas imaginaron en su tiempo más primitivo un ser extraño con una fuerza letal descomunal que sentado en el centro de una curiara remontaba el río disparando rayo fulminantes.  Paradójicamente el Colibrí, el más diminuto de los miembros de la avifauna del planeta, pero dotado de una gran fuerza impulsiva,  de una notable velocidad de aleteo, con capacidad para la suspensión y el vuelo hacia delante o atrás con precisión increíble.
         Para dar objetivamente una sensación plástica de su fuerza lo concibieron hiperbólicamente como un Colibrí gigante con su corte de remeros igualmente gigantes, y tan gigantes que en vez de remos utilizaban sus propios brazos hendidos en el agua para remar o impulsar la navegación de su nave río arriba.
         Pero ese Colibrí tenía que ser controlado para que su fuerza electrizante y letal no los fulminara, es decir, había que impedir que subiera hasta el pueblo para lo cual  concibieron la construcción de una muralla (Tucuy Endaquená) entre una ribera y otra del río para que los rayos del Colibrí se reflejaran allí.
Refiere la leyenda que los arecunas fueron sorprendidos por la presencia de bogadores gigantes de una inmensa canoa remando con largos y fuertes brazos y en el centro un colibrí descomunalmente grande que “se volvió hacia la cima del collado donde se hallaban los indios y brotaron de sus ígneos ojos dos líneas de luz que deslumbraron a los pasmados espectadores; los que tuvieron la desgracia de ser envueltos por la luz letal cayeron retorciéndose, gritando, con horribles convulsiones que terminaban con la muerte”.
Los sobrevivientes requirieron el apoyo voluntario y material de  los moradores del Carao, Antabare y Chivao y comenzaron a construir una gran presa sobre el río para protegerse del misterioso enemigo.  Sin embargo, cuando se hallaban en plena faena fueron nuevamente atacados por el misterioso colibrí de ojos fulminantes.
-¡Tucuy Yepui (Viene el colibrí)
Narra José Berti en la página 234 de su novela “Espejismo de la selva” que “sobre la quieta superficie del río, impulsada por los remeros silenciosos, la temida canoa se acercaba lentamente, con el inmóvil colibrí en el centro, erguida la cabeza, coronada de luminosa diadema; fue tan grande el estupor, el pánico se apoderó de los indios, que ni siquiera intentaron escapar. Paralizados, se  reconvirtieron en piedra bajo el intenso fulgor de la mirada”
El profesor Juan Ramón Suárez Zambrano, en su ensayo sobre la obra de Berti, señala que ese mito arecuna es similar en gran manera al mito grecolatino de la gorgona Medusa.
Medusa tuvo dos hijas, ambas criaturas terroríficas, parecidas a dragones, cubiertas de escamas doradas y con serpientes en lugar de cabellos. Tenían alas fuertes, rostros redondos y horribles, dientes como colmillos y siempre llevaban la lengua fuera. Vivían en lo más lejano del océano occidental, temidas por las gentes, ya que volvían de piedra a todo el que las miraba.
Dos de las gorgonas, Esteno y Euríale, eran inmortales, mientras que Medusa era mortal. El héroe Perseo, joven galante pero insensato, se ofreció a matarla y volver con su cabeza, lo que hizo con la ayuda de Hermes y Atenea. De la sangre de Medusa surgió Pegaso, el caballo alado engendrado por Poseidón.
Suárez Zambrano considera que los dos relatos míticos, el Arecuna y el Grecolatino, refuerzan el carácter narrativo de la obra de José Berti y brindan una riqueza cultural – informativa al lector.  Ficción con esencia en lo verídico.  Patrimonio de una cultura con simbología a lo representativo regional  y nacional.  Folclore aborigen que permite a Berti establecer una empatía entre el pasado histórico con el presente histórico vivido.
Supone Suárez Zambrano que los personajes que actúan en “Espejismo de la selva” son seres fabulados por la imaginación de Berti, pero que seguramente no escapan de los prototipos de una realidad.  Mestizaje de culturas contrapuestas aparecen en sus escenarios; los civilizados habitantes de la selva venidos de las urbes con fines de enriquecimiento, y los incivilizados aborígenes, raza débil, siempre subyugada por el blanco.  Etnia dominante y dominada, cuyos valores morales contrastan en torno a  la naturaleza.  Es decir, la tesis civilización barbarie continúa vigente.


martes, 23 de julio de 2013

El vuelo mágico del Chamán

El Chaman es el arbitro moral de la comunidad, “encarna la concepción del mundo del grupo y ejerce funciones de control social.” 

Su formación esta pautada dentro de normas institucionales y generalmente son voluntarios quienes se inician en la práctica del chamanismo bajo la supervisión de un maestro que durante años los va formando e imponiéndoles restricciones dietéticas, sexuales y sociales indispensables para llegar a consumar lo que ellos llaman “el vuelo mágico” lo cual alcanzan mediante el uso de sustancias psicotrópicas, esencialmente el Yopo y Tabaco.
         El Yopo se prepara con las semillas o habas negras de la vaina del árbol del mismo nombre.  Estas se tuestan y trituradas se convierten en un poderoso alucinógeno natural.  Los indios Piaroa entre canción y canción, todo un ritual, preparan el famoso polvo.  Otras tribus lo humedecen, fermentan y  mezclan con limaduras de caparazones de caracol. Una vez seca la mezcla, se pulveriza finamente y se administra mediante un tubo largo introducido a una fosa nasal en cuyo otro extremo otra persona sopla fuertemente para hacer llegar el polvo a la nariz.  Otra manera consiste en  esnifar el Yopo ya preparado a través de una pipa que no es más que dos huesos huecos que se colocan en la nariz para esnifar.
         Algunas tribus  utilizan tabaco como aditivo del Yopo y otros utilizan plantas de la familia Virola. Sus efectos se presentan casi instantáneamente después de la primera aspiración y duran 15 minutos como máximo.
El Tabaco que cultivan, parte de su uso cotidiano, es un elemento propio del ritual Chamanístico Panare o E¨ñapa. La consunción del jugo del tabaco verde es una de las pruebas a la que se somete el neófito durante el proceso de iniciación, mientras que el humo del tabaco fumado constituye uno de los instrumentos empleados por un Chamán consumado para diagnosticar males y emprender su curación.
A un Chaman propiamente dicho se le atribuyen poderes para controlar los elementos ambientales y las fuerzas sobrenaturales, convertirse en intermediario ante el amo de los animales, transmigrar, diagnosticar y curar enfermedades así como causarles y llegar a generar la muerte.
El Chamanismo de la etnia Panare es una institución respetable que trasciende sus fronteras. Es según la antropóloga María Eugenia Villalón, un punto de articulación fundamental entre la sociedad indígena y el mundo criollo que le rodea.  En efecto, recalca ella, el Chamanismo es quizá la única práctica indígena que el criollo respeta, utiliza y teme y ante la cual reconoce abiertamente su inferioridad y desventaja. Recíprocamente, es a través del Chamanismo (y del temor que este despierta) que el Panare puede conservar cierta ascendencia en esa sorda pugna donde dos mundos opuestos y altamente dispares se encuentran y miden fuerzas: la superioridad material de uno mitigada por la superioridad mágica del otro. La relativa ventaja que el conocimiento chamánico le otorga al Panare es un elemento fundamental al proceso de definir identidad y equilibrar valoraciones sociales: refuerza la autoestima del Chamán y su grupo, incrementa el prestigio de la profesión y perpetúa el monopolio indígena sobre las fuerzas  arcanas.
         Según la antropólogo Villalón, los Panare bajo el adoctrinamiento de los misioneros de las Nuevas Tribus han terminado por identificar la figura del Cristo y sus poderes con la figura del Chamán. Se entiende que hay un proceso para hacer que un indio como el panare termine rompiendo con su cultura religiosa ancestral para asimilarse a otra.  Los misioneros de las nuevas tribus ejecutan una estrategia de adoctrinamiento en dos direcciones simultáneamente: el desprestigio de chamanismo y la agresiva introducción de la mitología cristiana.
La antropóloga sostiene en un trabajo de investigación que aunque la labor del misionero es efectiva en cuanto lograr que el panare abandone la cultura ancestral del chamanismo, en el fondo aun con la religión de cristo encima, el chamanismo continúa funcionando. Explicado gráficamente diríamos que el árbol ideológico del chamanismo no queda afectado en sus raíces sino en su fronda, cree entender que verdaderamente solo se produce una sólida e irreductible asociación entre la figura de dios y del Chaman.
Entre los indio Panare la satanización del chamanismo por parte de las Nuevas Tribus se centra en el desprestigio chamán, más que en la negación de sus poderes, de cuya existencia los evangélicos están convencidos salvo que los definen como manifestación satánica.
Pero los Panare podrían negar tal perversidad aduciendo que el Chaman al igual que Cristo o dios cura enfermedades y castiga a quienes hacen mal. Evidentemente que al Panare frente al persistente discurso evangélico se le presenta un conflicto que determina en el un nuevo comportamiento.


lunes, 22 de julio de 2013

Ewaipanomas, guardianes de las riquezas de Guayana

Después de Walter Raleight, nadie más ha dado cuenta de los fenomenales  Ewaipanomas desplazándose por parajes umbríos del sur de la Guayana, con sus potentes arcos y haz de flechas a la espalda.  Nadie más los ha visto caminar de un lado a otro de la intrincada selva del Caura, donde los ubicó  con pelos y señales el mimado caballero de las Reina Virgen de Inglaterra.

         Nadie más los ha visto ni siquiera en  los transes de invocación espiritista intentados por el ya desaparecido Antonio Graterol, alarife invidente desde que se desplomó de un andamio, aficionado desde entonces a provocar el alma de los difuntos patriotas y abuelos aborígenes para interrogarlos sobre arcanos como esos de los Ewaipanomas.
         Los Ewaipanomas fueron descritos y  dibujados por Walter Raleight como seres descabezados, con el sólo tronco y extremidades.  La caja torácica  con los componentes vitales de la cabeza: ojos, nariz, boca, oídos, y una especie de cúpula donde posiblemente se localizaba el cerebro.  La cabellera larga desprendida de los hombros y la complexión  de estos increíbles seres, eran tan atlética como la de cualquier expedicionario de la época del siglo diecisiete.
         Que sepamos, ningún otro  aventurero del oro y de tierras promisorias, distinto al señor Raleight, vio a los Ewaipanomas.  Por consiguiente, se tiene a él como único que escribió sobre  esta etnia aborigen en su libro dedicado al “Vasto, hermoso y rico imperio de Guayana”.
         Pero, ¿A qué se dedicaban los   fantásticos pobladores de las cuencas del Caura, del Aro y del Erebato, moradores de las simas de Jaua y Sarisariñama?  Según la leyenda, se dedicaban preferentemente a custodiar las inmensas riquezas de la región, traducida en oro y otros minerales que todavía se buscan con  avidez desbordada.
         Reforzando  la humana barrera de los  Ewaipanomas  estaban unas  bellas y esculturales mujeres semidesnudas cabalgando siempre sobre caballos de vistosa alzada.  Amazonas sin maridos que vivían en permanente celibato para sublimar su cultura de intocables e inexorables guardianas de los arcanos tesoros de la selva.
         Los Ewaipanomas y Amazonas conocían de los secretos del oro, de las piedras preciosas y de las aguas de los ríos. Aguas de la eterna juventud. Aguas que ingeridas en determinadas horas podían dar la muerte como la eterna vida, sin tener como Dorian Gray que venderle el alma al Diablo.
Pero el caballero inglés no tenía como prioridad de su expedición la fuente de la eterna juventud sino El Dorado.  Encontrando al Dorado, todo después sería más expedito.  El no estaba enfermo ni impaciente como Juan Ponce de León por hallar el manantial de agua cristalina con poderes mágicos que se suponía estaba situado “más allá de donde se pone el sol”. Circulaba como moneda corriente a principios del siglo dieciséis que cualquier persona herida o enferma que se sumergiera en sus aguas no sólo se reponía, sino que podía recuperar el vigor de la juventud.
Cuando Ponce de León, enfermo y ya de avanzada edad, sintió que le flaqueaban sus fuerzas, pidió al rey de España, Carlos I, permiso para explorar y descubrir la Fuente de la Eterna Juventud. Sin embargo, el día de Pascua Florida de 1513, se encontró con un territorio al que le dio el nombre de Florida y en el que no encontró la apreciada fuente. Siguió persiguiéndola sin resultados y, herido y maltrecho, sus hombres le llevaron a Cuba, donde murió anhelando la fuente de la juventud. Otros muchos exploradores siguieron buscándola por Guayana y las Antillas.
Son muchos quienes creen que los misteriosos Ewaipanomas deben andar por allí, por algún  lugar muy inescrutable de la selva, eludiendo la incesante penetración de los buscadores de riquezas, de los doradistas de ayer como Gonzalo Jiménez de Quesada, Antonio de Berrío, el mismo Sir  Walter Raleight y de los de hoy armados de batea y suruca y hasta de los vecinos Garimpeiros, muy provistos no de mosquetes, lanzas y armaduras como los antiguos buscadores de El Dorado, sino con helicópteros, poderosas sierras eléctricas para deforestar y máquinas hidráulicas, para horadar el suelo hasta donde se ocultan las vetas confundidas con las poderosas raíces de árboles  gigantes y robustos.
         Otros, contrariamente,  imaginan que aquellos seres misteriosos, que  parecían venidos de otros planetas se auto eliminaron ingiriendo las aguas de la vida y de la muerte, porque ocultarse como topos debajo de la tierra aguardando  que pase el peligro de los doradistas, no tiene justificación toda vez que el peligro cesaría cuando se hayan agotado las riquezas.
         Ocultarse para salir cuando se hayan agotado las riquezas no tendría explicación lógica porque nada podrían  hacer toda vez que encontrarían los bosques depredados, los suelos erosionados y las aguas contaminadas, a menos que se estén  preparando para una última batalla, confiados que desde muchas partes vendrían a reforzarlos como aliados los grupos ecologistas y conservacionistas del mundo, los mismos  que hoy elevan su voz de protesta y de angustia contra la explotación de los bosques y riquezas minerales  de la Sierra Imataca.



domingo, 21 de julio de 2013

El fuego de Prometeo entre los indios

El hombres desde que de alguna manera apareció sobre la faz de la Tierra, experimentó la necesidad vital del agua y del fuego, no tanto el agua porque la tuvo a su alcance, pero si el fuego que lo sentía tan próximo en la claridad del Sol, la reflexión luminosa de la Luna y en los fucilazos de las tempestades, sin poderlo atrapar y controlar para reemplazar a la Luna en las noches de su ausencia y al mismo Sol durante el invierno inclemente.

         Socorrido por el arquetipo de su propia naturaleza, ingenió la manera de atrapar el fuego y esa proeza virtualmente imposible que terminó haciéndose realidad, fue trasmitida a sus descendientes y asumida por éstos a través de las edades con agregados y variantes imaginarias muchas veces hiperbólicos.
         Los griegos, por ejemplo, atribuyeron la proeza a un prototipo de hombre llamado Prometeo, quien era hijo de un titán y una ninfa; por lo tanto, dotado de una fuerza extraordinaria aunque sin llegar a la naturaleza de un Dios.  Sin embargo, tuvo la osadía de enfrentarse al Dios Zeus  sin medir las consecuencia del suplicio al que fue sometido y todo por sentirse aliado de lo mortales que soñaban con una vida mejor si alguna vez pudieran atrapar el fuego.  Prometeo con la astucia de un pícaro, tal vez, sustrajo el fuego del terrible rayo de Zeus y lo entregó a los mortales.  Enterado el protector de los dioses del Olimpo, procedió a encadenar sobre una roca al gran Prometeo y lo condenó a sufrir el desgarramiento de su hígado atacado por un águila durante el día.  Por la noche, un misterioso mecanismo biológico hacía que Prometeo recuperara su hígado, pero nuevamente al salir el sol, el águila sobrevolaba la roca y afincaba su encorvado pico de acero sobre la víscera del titán en condena.
         Conmovido Hércules por la trágica agonía de Prometeo, prometió salvarlo como realmente lo hizo matando al águila de un disparo con su flecha.  Su padre Zeus no lo amonestó por el avicidio, pero indignado todavía por la osadía de Prometeo quiso contrarrestar degradar los laureles popularmente ganados por bendición que significaba el fuego para los mortales habitantes de la Tierra enviándoles una caja adornada como regalo, con la advertencia prácticamente piadosa sin embargo, de que jamás cayera en la tentación de abrirla.  Para ello, comisionó a Pandora, una mujer muy hermosa, realmente bella y atractiva, pero picada de curiosidad. La ingenua Pandora abrió la caja que por sorpresa inaudita encerraba todos los males y tormentos que asedian a la humanidad.
         Los  indígenas de Guayana, particularmente  Sanema y Yanomami, abrigan una creencia distinta a la de los antiguos griegos.  Ellos atribuyen la posesión del fuego a Iwá o Iwaramé, el bien blindado y voraz caimán del Orinoco.  “Un día, un joven cazador llegó por casualidad a la casa del dueño del fuego  y encontró que éste lo mantenía escondido dentro de su boca.  Para robarlo, el padre del cazador organizó una gran fiesta  en la que todos los indios y animales tenían que hacer chistes y piruetas  para hacer reír. Todos los invitados estaban de  muy buen humor y se desternillaban de la risa. Iwá, sin embargo, se mantenía serio con la boca cerrada hasta que  jiomonikoshwan, el astuto pájaro montañero, realizó un baile en que levantaba la cola y le ponía el ano frente a la cara de los presentes.  Cuando pasó frente a Iwá, le echó un pequeño chorro de heces sobre las fauces, lo que hizo reír finalmente al Caimán.  Al soltar éste una fuerte carcajada, el pájaro tijereta voló, entró rápidamente en la boca de Iwá y le robo el fuego”.
         El fuego es desde entonces sagrado por indispensable para la humanidad y está simbolizado en el “Pájaro de fuego”, el mismo que inspiró a Igor Stravinski para componer en 1910 su ballet sobre el ave mágica de brillo intenso, tanto una bendición como una maldición para su captor.
         Para muchas tribus aborígenes americanas, el fuego es un elemento fundamental  pues de él depende el trueno considerado como voz del Gran Espíritu que habla desde las nubes. El trueno puede venir de los ojos del pájaro de fuego o de su pico. Al atraer las tormentas el pájaro de fuego cumple su compromiso de regar la vegetación y evitar la sequía. Se le relaciona con el ave fénix, pájaro legendario que vivía en Arabia. Según la tradición, se consumía por acción del fuego cada 500 años, y una nueva y joven surgía de sus cenizas. En la mitología egipcia, el ave fénix representaba el Sol, que muere por la noche y renace por la mañana. La tradición cristiana primitiva adoptaba al ave fénix como símbolo a la vez de la inmortalidad y de la resurrección.


sábado, 20 de julio de 2013

Los Indígenas jugaban pelota antes de la llegada de Colón

En las bocas del Apure los otomanos se divertían jugando pelota un poco al estilo del voleibol de nuestros días. Asimismo, mayas de Centro América y aztecas mexicanos, al igual que griegos y romanos de la antigüedad.

Los romanos eran muy aficionados al juego de pelota y los soldados del Imperio lo llevaron a todos los pueblos dominados por Roma, entre ellos España, donde se asentaron seis siglos antes que los moros.
De suerte, cuando Cristóbal Colon llegó a la America ya nuestros indígenas jugaban pelota, por lo que seria falso afirmar que esta manisfectacion deportiva de los pueblos americanos forma parte de nuestra herencia hispana. De ninguna manera, ya nuestro indígena, por ingenio propio, se divertía jugando con una pelota elástica que elaboraban con el látex extraído del caucho o de otros árboles de la misma familia, que tanto abundaban bajo el arco sur orinoquense.
En Chichén-Itzá, Yucatán, todavía es posible ver las ruinas del estadio donde los mayas se recreaban con la pelota. Jugaban en un estadio oblongo y de vastas dimensiones, limitado por muros de piedra, con templetes de bella arquitectura en su parte superior, decorados con esculturas y relieves. En las dos paredes mayores, una frente a la otra, se fijaban en el centro. El juego, entre dos grupos rivales, consistía en hacer pasar pelota por el agujero del disco del bando contrario. Pero no con las manos sino con las rodillas y la parte posterior del cuerpo, para lo cual se requería gran destreza, rapidez y agilidad. Un juego realmente difícil. El que más se le parece de los modernos es el baloncesto, pero nadie hasta ahora se ha atrevido a considerarlo como su antecedente. El baloncesto, al igual que el voleibol, data de fines del siglo pasado y ambos son atribuidos a profesores de Educación física de la Asociación Cristiana de los Estados Unidos. Y nos preguntamos si serian misioneros cristianos tan estudiosos y metidos en el pasado de la cultura indígena quienes los copiaron variándolos con las técnicas conocidas desde entonces por el mundo civilizado. 
Lo cierto es que el juego con pelotas se inicio históricamente en la Época del Renacimiento entre los siglos XV y XVI y con el, el criquet (Inglaterra), el golf  (Escocia), el tenis (Francia) y un deporte llamado soule, en el que ha querido ver un antecedente del futbol. Hasta entonces, el deporte de competencia se circunscribía a ciertas pruebas atléticas heredadas de la antigua Grecia. Al estallar la Revolución Francesa (1789) subsistía una docena de frontones de pelota, entre ellos la popular pelota vasca. Cuarenta años después, los ingleses invitaron el rugby y su variante más universal, el futbol asimismo, en 1839, los norteamericanos idearon el béisbol o baseball, popular hasta el extremo de tenerlo como su deporte nacional, muy extendido por lo demás a México, Venezuela, Cuba, Nicaragua y Puerto Rico. Hoy lo juegan hasta lo japoneses.
Pero ¿sabrán los deportistas venezolanos de la pelota moderna, venida en el bagaje cultural de otras naciones, que los indígenas del Orinoco y Apure la jugaban trinquetes dignos de ser  revividos si fuésemos más auténticos?
El sacerdote José Gumilla, historiador y lingüista, misionero de la Compañía de Jesús, quien trabajo en la restauración de las misiones de los Llanos y Orinoco, dedico en su libro El Orinoco Ilustrado y Defendiendo un capitulo a los indios Otomacos, ya desaparecidos al igual que los Tamanacos de Caicara, pero que para mediados  del siglo XVIII habitaban una zona inmediata a la desembocadura del río Apure en el Orinoco.
Gumilla describe a los Otomacos como indios de buen talante, de humor y singularísimo genio, vecinos de los Guamos que se distinguían porque eran encantadores juglares y bailarines, muy desnudos, apenas con un ceñidor ancho de algodón, tan sutilmente hilado, que los españoles se desvivían por conseguir esta prenda, que transformaban luego en flamante y vistosa corbata.
Los Otomacos tenían otras cualidades: bueno gourmet, pero de vez en cuando se sometía a una dieta de tierra y no es de extrañar porque el sedimento de los ríos es rico en proteínas y si no, pregúntale a la sapoara que se alimenta de microorganismos que absorbe de los sedimentos fangosos del río.
Y realidad insólita: amanecían llorando la ausencia de sus difuntos. Todos los días de Dios y, luego que aclaraba el día, la alegría se apoderaba de ellos hasta la media noche que extenuados de bailar se echaban a dormir. Dormían poco. Gumilla dice que no más de tres horas, cazar, ir de pesca y divertirse danzando durante la noche y jugando pelotas hombres y mujeres, durante las horas de asueto.
         El trabajo de siembra, recolección, caza y pesca era comunitario y cotidianamente alterado entre los Otomacos aptos para labores de subsistencia. Quienes laboraban un día tenían derecho a descansar al día siguiente, pero no era descanso propiamente sino recreación, mediante el juego de pelota.
El juego de pelota, según el padre Gumilla, se escenificaba en la cercanía del pueblo, algo apartado de las casas, entre dos equipos de doce jugadores cada uno y de mayor numero cuando se incorporaban las mujeres. Como cualquier competencia de nuestros días tenia sus reglas, sus jueces y menudeaban las apuestas.
He aquí lo que escribe Gumilla: hay sus jueces viejos, señalados para declarar si hay faltas, si ganó o perdió raya, y para resolver las dudas y porfías ocurrentes. Fuera de los que juegan en los partidos, las demás gente, dividida en bandos, apuestan unos a otros a favor del otro partido; tienen su saque de pelota y su rechace con tanta formalidad y destreza que ni los mas diestros navarros les harán ventaja. Lo singular es así la pelota como el modo de jugarla: la pelota es grande, como una bola de jugar el mayo, formada de una resina que llaman caucho, que a leve impulso rebota tan alto como la estatura de un hombre; el saque y rechazo ha de ser con solo el hombro derecho, y si toca la pelota en cualquier parte del cuerpo, pierde una raya. Causa maravilla ver  ir y venir, rechazar y volver la pelota, diez, doce y más veces, sin dejarla tocar el suelo. Es otra cosa de mayor admiración, al venir una pelota arrastrando, ver arrojarse aquel indio contra ella con todo el cuerpo, al modo con que suelen arrojarse al agua para nadar, del mismo modo dando con todo el cuerpo contra el suelo, y con el aire levantan por esos aires otra vez, la pelota; y de este repetido ejercicio crean callos durísimos en el hombro derecho, juntamente una singular destreza en el juego. Jamás pensé que entre tales gentes cupiera tal divertimiento con tanta regularidad”.
Al juego de los hombres se incorporaban las mujeres Otomacas a la hora del mediodía, una vez concluida sus labores hogareñas. Lo hacían provistas de una pala redonda en su extremidad “de una tercia de ancho de bordo a bordo, con su garrote recio, de tres palmos de largo, con el cual, con ambas manos juntas, rechazan la pelota con tal violencia, que no hay indio que se atreva a meter el hombro a repararla; por lo cual, desde que entran las mujeres con sus palos, hay facultad para que todas las pelotas rebatidas con palas se rechacen con toda la  espalda; y raro del día hay que no salga algún indio deslomado de los pelotazos furiosos de las Otomacas, que celebran con risa estas averías. Desde que llegan las indias, empiezan a jugar aquel ellas cuyos maridos están en los partidos, poniéndose doce de ellas en cada lado, según dijimos de los hombres; con que ya sobretarde juegan veinticuatro en cada partido, sin confusión, porque cada cual guarda su puesto, y nadie quita pelota que va otro; y durante el juego guardan gran silencio.
Este juego de pelota de los Otomacos, Gumilla lo encontraba parecido al de los indios mejicanos y centroamericanos que rebatían la esfera con el cuadril. Pero el juego de los Otomacos tenía su parte cruel. Gumilla la califica de “carnicería” pues prácticamente en la cumbre del evento, sobre todo cuando apretaba el sol y eran afectados por una fiebre ardiente a causa de la agitación y la insolación, acudían al sangramiento, hiriéndose las extremidades con afilados dientes de pescado. Al cesar el juego se lanzaban al río para restañarse las heridas con la arena.
El fraile Francisco Ramón Bueno, misionero en Guayana durante dieciocho años, entre el Caura y La Urbana, escribió un diario entre 1800 y 1804 en el que narra las costumbres y creencias  de varias naciones de indios y en el mismo da cuenta así de un juego de pelota que presenció entre los Otomacos: “Hoy, 28, los indios tuvieron un juego de pelota, desafiados con los Otomacos de Cunaviche; duró desde la mañana hasta metido el sol, se sangraban repetidas veces ya en las muñecas, brazos, codos y piernas con una puya de raya, atravesando la carne con ella, y mayormente la lengua, con cuyo derramamiento ungían todo el cuerpo. Esta fiesta estuvo algo contemplativa y nada profana.
La circunstancia sangratoria la practican en todas las ocasiones que forman dicho juego, y dice n es para poner liviano el cuerpo, descargándolo algo de la masa sanguínea. Juegan con la cabeza, codos, hombros y nalgas, jamás con las palmas de las manos.
Lo importante de todo es que nuestros indios de las cuencas del Orinoco y el Caribe, muy a su modo cultural, conocieron y practicaron el juego de pelota, no porque lo hayan traído los hispanos durante el proceso colonizador, sino porque surgieron aquí con partida de nacimiento legítima y acaso como antecedente histórico ¿Por qué no? De los modernos deportes propios de América, como lo son el baloncesto, el voleibol y el béisbol.


viernes, 19 de julio de 2013

Un pueblo sólo de mujeres

Como ocurrió en la antigua Grecia con Las Amazonas, Guayana tuvo una tribu formada solamente por mujeres que a lo largo de sus vidas llegaron a ser arqueros aguerridas para sobrevivir  al acoso de los varones que pretendían poseerla o raptarlas.

         Esa tribu que Eduardo Oxford López ubica en las inmediaciones del Kukenán, tepuy de donde se desprende el segundo salto de agua más elevado de Venezuela después del Salto Ángel en la meseta del Auyantepuy, estaba integrada por mujeres Arekunas que es una rama proveniente de Guayanos confundidos con Pariagotos.  Los Guayanos a su vez provenientes de la familia lingüística  Arukas que según Lino Duarte Level fueron los primeros en llegar a la cuenca del Orinoco, venidos del Sur del continente,  mucho antes que los Caribes.
         Los Arekunas, lo mismo que los Guayanos, eran de carácter manso y con disposición a la vida de familia, muy hospitalarios y de buena índole.  Recibieron generosamente a los europeos, pero a causa del mal trato se les rebelaron muchas veces.        
         Uno de esos europeos, solitario, extraviado, o seguramente alejado del conjunto de su expedición por cualquier circunstancia o motivo personal, llegó y pidió cobijo en la gran familia de los Arekunas y como generalmente sucede en la historia de las relaciones en cultivo, se enamoró de una atractiva Arekuna que al parecer le correspondió a primera vista. Ambos se casaron conforme al ritual cultural de la etnia y levantaron tienda aparte, pero cercana a la churuata mayor de la numerosa familia.
         Más temprano que tarde, el europeo se aburrió de Mareselva como se llamaba su esposa y comenzó a seducir a otras adolescentes suscitando celos que activaron los instintos primitivos de su mujer un día en que inexplicablemente amaneció imitando el canto del pájaro Cristofué.
         Cuando iba dispuesto a zambullirse ese día en un remanso del río donde retozaban bulliciosas y alegres las adolescentes parientes de su mujer, cayó mortalmente herido de un flechazo disparado de alguna parte umbrosa del bosque.
         Mareselva se hizo responsable ante el anciano mayor de la tribu y debió aislarse muy lejos de la comunidad.  Lo hizo respaldada y acompañada  por casi todas las mujeres coetáneas de su generación.  Se internó en las inmediaciones del Kukenán y allí levantó lo que la leyenda recogida por Oxford López identifica como “El pueblo de las mujeres”.
         Se cuenta que las mujeres se hicieron aguerridas arqueras que domesticaban y montaban caballos, caballos  extraviados de los españoles que se habían multiplicado en la selva.  Esto hizo que surgieran especulaciones,  interrogantes en el sentido si acaso no serían las Amazonas que dijo el capitán Francisco de Orellana haber visto cuando exploraba el Río Grande, también llamado Marañón.  Dice la historia que el 3 de junio de 1542 Orellana encontró Río Negro y, tras abandonar la desembocadura del Madeira y, poco después, la del Tapajós, llegó a finales del mes de junio al legendario señorío de las amazonas, que dio nombre al curso fluvial, el llamado río Grande de las Amazonas. Los expedicionarios prosiguieron el viaje hasta su llegada al Atlántico en agosto del mismo año. Desde allí Orellana se dirigió con sus hombres al golfo de Paria, en tierras venezolanas, y tras una breve estancia en Cubagua y Santo Domingo, partió hacia España para comunicar a la Corona el descubrimiento de estas tierras..”
Algunas autoridades creen que el río recibió el  nombre Amazonas en recordación de las mujeres guerreras de la mitología griega que se creía que existían en la región.
En la mitología griega, las Amazonas eran una raza de mujeres guerreras que excluían a los hombres de su sociedad. Las amazonas tenían ocasionalmente relaciones sexuales con hombres de los estados vecinos, y mataban o enviaban a vivir con sus padres a los hijos varones que parían. Las niñas eran entrenadas como arqueras para la guerra.
La leyenda divulgada por Oxford López afirma que la gran tribu de mujeres Arekuna no aceptaban hombres en su comunidad sino tres días seguidos una vez en el año, suficiente según su filosofía de vida para cumplir con el instinto de la maternidad.  Sólo criaturas de su género tenían vida y permanencia en la tribu, los varones eran devueltos a sus padres y en todo caso entregados la suerte del abandono y la muerte.
Al final, el pueblo único de mujeres de la Guayana se extinguió de la faz del Kukenán debido a las zoonosis  posiblemente y a las guerras en que se veía comprometido contra los caribes que pretendían someter a las mujeres  a los placeres de la carne.
Esta leyenda atribuida a los Arekunas y de la cual nunca hizo mención el novelista José Berti, tan estudioso y divulgador de es cultura indígena, tiene parecido sustancioso con la mitología griega de las Amazonas.